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1939 – 1941 · San Fernando, Cádiz

Capítulo Segundo

La Escuela Naval

Los primeros días en la Escuela Naval los recuerdo como algo traumatizante y creo que no fui yo solo el que alimentó tal sentimiento. Sin embargo mi situación era aún peor que la del resto de mis compañeros debido al hecho de que ellos ingresaron todos juntos mientras que yo lo hice unos diez días después, encontrándome con un centenar de compañeros que ya sabían por dónde se andaban en un mundo que era absolutamente nuevo para mí.

Los toques de corneta que anunciaban los diferentes acontecimientos diarios, me cogían de sorpresa. De pronto observaba cómo todos mis compañeros se empezaban a quitar la ropa y vestían el mono de ejercicios militares. Otras veces era el toque de clases y había que salir del estudio a toda velocidad para el aula que tenía asignada cada grupo, cuando aún yo no sabía bien cuál era el mío. Más de una vez tuve que recorrer, a velocidades increíbles, los largos pasillos del Edificio “A”, para enmendar un comprensible error que me había conducido a un aula equivocada.

Un querido compañero me dijo, uno de aquellos primeros días del Curso, que había estado a punto de solicitar el cese en la Escuela, pues todo aquello estaba agravado por el hecho de que teníamos instructores alemanes que no nos pasaban una. En cuanto nos tenían a su mando, comenzaba una algarabía de órdenes y gritos en un logrado matiz germano de nuestra castellana lengua, que tenía como resultado unas enormes galopadas, con el armamento a cuestas, a través y a lo largo del campo de instrucción.

El arsenal de La Carraca, en San Fernando, a comienzos de siglo. En este entorno de piedra vieja y salitre funcionaba la Escuela Naval de sus años de cadete. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

El equipo instructor constaba de nueve brigadas al mando de un comandante que parecían extraídos de un álbum de fotografías del Ejército del Tercer Reich. Siempre impecables en su presentación, sus taconazos destrozaban nuestros tímpanos, mientras sus órdenes en el descrito idioma germano-español penetraban, a través de lo que quedaba de ellos, hasta nuestros nervios donde estallaban como cohetes de feria obligándonos a actuar como auténticos autómatas.

El que me tocó en suerte era un hombre bajito, rubio y mal encarado, al que llamábamos “el tarrito de veneno”. Su nombre era Otto Reise y me parece estar viendo aún sus piernas, arqueadas como las de un jinete, enfundadas en rutilantes polainas y siempre en una académica posición de firmes disparando sin cesar órdenes y más órdenes, salpicadas de ¡carrera mar!

Era alucinante.

En mi grupo estaba un muy querido compañero, cuyo nombre voy a omitir, que tenía la virtud de excitar el celo perfeccionista de nuestro brigada pues hay que reconocer que su estado de policía dejaba mucho que desear. Cierto día, en el que estábamos en instrucción militar, ensayando el movimiento de rendir armas, el brigada acertó a pasar por detrás de mi amigo el cual, al estar con el arma rendida, enseñaba la suela de su bota derecha, cuya puntera se confundía con el tacón por haberse descosido momentos antes. Tampoco su mono de instrucción brillaba por su impecabilidad y el “lepanto” parecía haber sobrevivido a un accidente de automóvil por lo deformado y sucio. Aquello fue la gota que colmó el vaso. Después de mandar firmes, con la punta de los dedos índice y pulgar cogió a “C” por el cuello del mono y lo paseó por delante de todos nosotros, mientras decía con infinito asco: “Así viene un soldado al servicio”.

Por lo que a mí respecta, también fui objeto de su especial predilección por varias razones pues mi innata facilidad para los saltos de trampolín me hicieron destacar en aquel aspecto deportivo.

Ocurrió que el Oficial de mi sección, T. de N. Gilberto de la Riva, muy deportista de alma y cuerpo, había descollado en los saltos de trampolín y tenía una especial facilidad para descubrir, de entre todos los que le correspondimos en su sección, a los que podían ganar para ella algún trofeo de los muchos que, cada semestre, se ponían en juego entre los alumnos de la Escuela Naval. Así pues, nos obligaba, una y otra vez, a subir al trampolín que, montado sobre uno de los bombos del Puente de La Carraca, constituía la instalación deportiva veraniega, en la que tenían lugar las competiciones intercursos. Ignoro por qué razón pensó que yo podría servir para los saltos, pero lo cierto es que se dedicó con particular interés a prepararme para la prueba final que, con gran sorpresa por mi parte, se decantó en mi favor, quedando así proclamado Campeón de Saltos de trampolín de la Escuela Naval. Verano de 1939.

Bueno, pues resultó que el Brigada Otto Reise, también se entusiasmó con mis proezas trampolineras y empecé a caerle bien, hasta el extremo de que solía premiar mis saltos de entrenamiento con un expresivo gesto. Juntaba sus dedos pulgar, índice y corazón y los llevaba a la boca, de la que se sacaba un imaginario chicle, que estiraba unos cuarenta centímetros al tiempo que producía una especie de mugido vacuno, síntoma de su extrema apreciación por mi pirueta. A partir de aquellos días empecé a ser algo paniaguado suyo, a pesar de que, como consecuencia de los apresurados cambios de vestuario, a veces sin poder secarnos adecuadamente, se nos producían en las ingles unos eccemas que, en mi caso, motivaron mi rebaja de la instrucción militar por largos periodos.

Recuerdo que Reise, un día de aquellos en que estaba rebajado, me dijo: “Gómez, usted ya casi paisano”. No obstante me fue bastante bien con él, a diferencia de los que, lejos de contar con su simpatía, despertaban en su interior instintos homicidas.

Esos pobres iban de orza.

La labor de este equipo de instructores y el espíritu que nos animaba a todos los alumnos, junto al hecho de que la mayor parte procedíamos de unidades que habían tomado parte en la Guerra, hizo que el Batallón de Alumnos de la E.N.M. alcanzase un grado de perfección en la ejecución de toda clase de ejercicios militares que jamás se ha vuelto a lograr. Los golpes de las palmas de las manos contra la culata del fusil se oían a gran distancia. Esos golpes hacían exclamar a Otto Reise: “eso es música para mis orejas”. También se debió a este equipo de alemanes, la generalización de la práctica del balonmano, jugado por once componentes, en campo de fútbol. La pasión que este juego despertó entre nosotros fue extraordinaria, especialmente entre promociones que por muchas razones éramos rivales. Llegó a ser tan notoria esa rivalidad que, en alguna ocasión llegó a jugarse un partido a puerta cerrada... por si las moscas.

En el campo intelectual las cosas no iban tan bien. Teníamos clases de Matemáticas con profesores pertenecientes a los cuerpos de Astrónomos y Artillería de la Armada, personas que recuerdo de bastante edad y muy buenos sentimientos, con gran dominio de la rama de Matemáticas que explicaban y muy comprensivos con los que, como yo, no teníamos una base sólida. Entre ellos y perteneciente al Cuerpo de Artillería de la Armada (hoy Ingenieros de Armas Navales), estaba el Comandante D. Manuel Acedo que nos explicaba Aritmética y que bien pronto se percató del verdadero estado de mis conocimientos. Como él era canario, o estaba muy vinculado a Canarias, se preocupaba mucho de mí por aquello del paisanaje y tengo que reconocer que su ayuda fue definitiva para pasar con calificaciones mínimas los exámenes finales del semestre, en los que cayeron unos cuarenta de los ciento y pico que constituíamos mi promoción al ingresar. De aquel Curso Preparatorio pasamos a Aspirantes de Primero unos cien escasos, que formamos la tercera promoción de después de la guerra.

Al término del semestre se nos concedía un permiso de un mes que, para los que vivíamos en Canarias tenía un aliciente especial: el viaje en el correo de la Trasmediterránea, que salía de Cádiz los lunes a mediodía y llegaba a Canarias los miércoles al atardecer. Aquellos viajes los recuerdo como una especie de sueños maravillosos en los que los tres compañeros que veníamos a Canarias, no hacíamos otra cosa que comer y dormir. Sobre todo, comer. Había que ver la diferencia entre el delicioso pan blanco de los correos, señorialmente servidos por elegantes camareros, en almidonados manteles del regio comedor de Primera Clase y lo que, jocosamente, nos acostumbramos a llamar pan en la E.N.M.

Hay que comprender que España acababa de sufrir una tremenda guerra civil de tres años, a la que siguió, sin tregua alguna, el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Ello motivó que alimentar a doscientos hombres de una edad media de veinte años y una intensísima vida, con jornadas de dieciséis horas, fuera una tarea muy difícil de cumplir. Lo que más abundantemente nos servían era carne de tiburón de los que nos comimos centenares a lo largo de los cuatro años que duró nuestra formación. Lo del pan merece párrafo aparte.

Aún hoy sigue siendo un misterio cómo y de qué estaba constituido, pero lo recuerdo claramente a pesar de los años transcurridos. Se podría definir como un paquete de algo que parecía serrín, envuelto en una delgada tela que hacía las veces de corteza. La miga-serrín estaba tan bien lograda que sus componentes se mantenían sueltos como los granos de arroz en una paella bien condimentada. Por eso, el partir el pan había que hacerlo sobre el tazón del líquido que hacía las veces de café con leche para que no se perdiera una gran parte del contenido del bollo que ingeríamos untado con manteca de cerdo coloreada, de la que se usa para conservar chorizos y otros embutidos.

Quiero, desde aquí, rendir un homenaje de agradecimiento y admiración a los que tuvieron la nada grata tarea de darnos de comer en un país esquilmado y rodeado por naciones en guerra de las que nada podíamos esperar. Y volviendo al tema del viaje en los correos de Canarias, por la breve descripción que antecede, el que esto lea comprenderá por qué cuando sonaba el gong llamando al comedor al pasaje de Primera, Tomás Clavijo, Pepín Bernal y yo estábamos ya sentados en nuestra mesa, con la servilleta al cuello y los cubiertos en la mano, aguardando la llegada de las viandas. Era un placer de dioses que se repetía cuatro veces al día, a saber: desayuno hasta las nueve de la mañana, almuerzo a eso de la una, merienda a las cinco y cena a las ocho. En cada ocasión los camareros vestían diferentes prendas que variaban desde la clásica chaqueta blanca hasta la elegante chupa con corbata de pajarita y camisa de pechera dura que usaban para servir la cena. ¡Lástima que se perdieran tan bellas costumbres...!

Aquella línea Barcelona-Cádiz-Canarias, estaba servida por los mejores buques que tenía la Compañía entonces y que eran las motonaves “Ciudad de Cádiz”, “Ciudad de Sevilla”, “Villa de Madrid”, “Dómine” y “Ernesto Anastasio”, pero en honor a la verdad, hay que decir que el trato, las comidas y la calidad de estas variaban muy poco cuando el buque que nos tocó en suerte era otro de inferior categoría, tales como el “Capitán Segarra”, “Río Francolí” o “Aragón” que podían muy bien alargar la travesía entre cuatro o cinco días, si el tiempo no ayudaba. Como una vez nos recomendó un camarero canario en uno de estos buques últimamente mencionados, “hay que tener paciencia”. Y claro está que la teníamos. ¡A ver!

La ciudad de Las Palmas por aquellos años, era un pueblo grande, en el cual nos conocíamos todos y en la que los alumnos de las Academias Militares con nuestros uniformes, cordones y sable, estábamos muy bien vistos y teníamos muy buen cartel con las niñas de moda, aunque me esté mal el decirlo. Pero era verdad. Aquellas fiestas decembrinas que, tradicionalmente celebraban el Hotel Metrópoli, el Club Náutico, el Gabinete Literario o el Círculo Mercantil, eran el marco de nuestras glorias sociales, hoy recordadas por viejas fotografías en las que no es difícil encontrar personas absolutamente desconocidas compartiendo con el que esto escribe aquellos felices momentos.

Igual ocurría en el mes de julio, que era el que nos correspondía de vacaciones de verano. Las verbenas del Carmen en el Club Náutico y barrios populares, procesiones y algún que otro acto militar, al que asistíamos de uniforme de gala nos hacían sentir protagonistas importantes de tales eventos, aunque no faltaron momentos en los que mi propia estimación se sintió ofendida. Fue un día en el que, a poco de llegar de la Escuela, me dijo Papá que fuese a recoger mi cartilla de racionamiento, para poder retirar lo que me correspondía, que era un decilitro de aceite de oliva, unos gramos de azúcar y alguna otra cosa más. Pero era la época del racionamiento y todo era poco, especialmente en casa de mis padres en la que todos teníamos un apetito envidiable.

El caso es que me planté, con mi uniforme de guardiamarina en la oficina correspondiente y solicité del funcionario de turno mi cartilla. Él me miró de arriba abajo y me preguntó “Usted, ¿qué es?”. Yo respondí que era guardiamarina y el plumífero se vuelve a un compañero que tenía detrás de él y le dice: “Oye, Fulano, a los guardias, ¿qué cartilla les toca?”.

Me dejó hecho polvo.

Desde aquella época data mi gran cariño hacia San Fernando y su gente, personas todas ellas, dotadas de una innata gracia y enorme simpatía, que se manifestaba en todas partes y circunstancias.

Había que oír los comentarios de los sufridos pasajeros del tranvía que cubría la línea Cádiz-San Fernando-Carraca, cada vez que se tenía que parar por falta de energía eléctrica, que era cada rato debido al difícil contacto entre la línea aérea y el trole del “coshe” que se negaba a cumplir su cometido. Me parece estar viendo las cárdenas luces desprendidas del anormal contacto entre el cuerpo del trole y la línea conductora, acompañadas por sincronizados apagones y encendidos de las lámparas interiores, peripecia esta que terminaba por la completa inmovilidad y absoluta carencia de iluminación. Todo ello acompañado por las profundas reflexiones de los pacientes viajeros que decían, una y otra vez: “Ojú, s’a ío er fluío”.

¡Todo un curso de filosofía popular!

El incidente acababa por el descenso del conductor que, tomando en sus manos la cuerda correspondiente, restablecía el correcto funcionamiento del sistema. Si mal no recuerdo, el viaje a La Carraca desde San Fernando, duraba unos treinta minutos, mientras que ir a Cádiz no bajaba nunca de los cinco cuartos de hora.

Los más ricos, entre los que yo no me contaba, hacían uso del autobús de la Compañía COMES, comúnmente designado “la carterilla” —no sé por qué—, que permitía ahorrar unos tres cuartos de hora en cada trayecto. Pero costaba nada más y nada menos que ¡tres pesetas! cada viaje, mientras que el tranvía te llevaba por solo una modesta pesetilla, con lo que siempre quedaba algo para gastos.

“¡Dame Ud. un cigarrito!”. Esta frase precedía siempre al contacto visual con uno de los personajes más famosos de La Isla. Me estoy refiriendo a un limpiabotas —por clasificarle de entre algún oficio— llamado “El Gorrión”, indiscutible jefe de un grupito de compañeros de profesión, entre los que sobresalían “El Mudo” y “El Longaniza”, con los cuales había que contar para cualquier actividad que incluyese el lustre del calzado, la compra de cuarterones de picadura o el trasporte de baúles y maletas entre la E.N.M. y la estación del ferrocarril o la carterilla.

En realidad, la petición de un cigarrito, más que establecer una relación de donante y receptor, lo que había era elevar la categoría del donante a algo similar a la que disfrutan aquellos que pueden inscribir en sus etiquetas, “Provisionista de la Real Casa”. Tal era la dignidad con que el Gorrión te distinguía.

A continuación te contaba una historia, siempre larga y prolija, en la que tenía algún papel importante “La Gorriona”, persona a la que nadie jamás conoció si bien nunca se dudó de su existencia.

Una copita de vino de Chiclana y dos pesetas por los servicios prestados ponían fin a la ocasional relación establecida.

Más complicado era requerir los servicios de “El Mudo”, pues este, como su nombre indica, carecía del don de la palabra, pero ello no era obstáculo para que experimentase vivísimos deseos de comunicarse con el cliente de turno. Como para ello se valía de sus manos y gestos, es fácil calcular lo que tardaría en limpiar un par de botas, de las que usábamos en nuestro uniforme, mientras trataba de informarte de los últimos acontecimientos locales. Casi siempre se refería a su jefe, “El Gorrión”, al que aludía aleteando con sus brazos, mientras te miraba fijamente a los ojos. Era un muchacho simpático y servicial que profesaba al Gorrión un gran cariño.

Pasados varios años, durante una visita que hice a La Isla, fue él quien me dio la noticia de la muerte del Gorrión haciendo primero el gesto del aleteo y luego, juntando sus manos y cerrando los ojos, inclinaba la cabeza en una inequívoca representación de la muerte.

Quiero también recordar en este capítulo al entonces Capitán General del Departamento Marítimo de Cádiz, Almirante Agacino y a su esposa, popularmente querida por su enorme simpatía y carácter alegre.

Doña Anuncia y el Almirante, recibían todos los domingos por la tarde, obsequiando a los asistentes con una copa de Chiclana y croquetas de Dios sabe qué componentes, pero que desaparecían a una velocidad superior a su aparición en los salones de Capitanía.

Como ya he tenido ocasión de hacer notar, vivíamos unos años de auténtica hambre y el contacto con las croquetas de Doña Anuncia era tan esperado como bien recibido. Yo no fallaba ni una sola tarde, siempre que ello fuese factible. Y conmigo, mis inseparables amigos y compañeros de penas, fatigas... y gazuza.

Aún me parece estar viendo a un grupito de señoras de mediana edad que, en manifiesta inferioridad física con los “caballeros” (así se nos conocía en La Isla), pretendían acceder a la mesa donde se colocaban las fuentes de las susodichas croquetas, mientras reclamaban sus derechos murmurando frases tales como “Por favor, los que hayan comido que se retiren” y otras por el estilo. La verdad es que los caballeros no hacíamos demasiado honor a nuestro título. Ya se sabe que el comer es tan serio que incluso hay un refrán que dice que con las cosas de comer no se juega.

El número fuerte de estas reuniones era ver a Doña Anuncia bailando con el Teniente Ríos, ayudante de su marido, el popularísimo pasodoble “La Gallina papanatas”. Ambos eran bajitos y más bien rellenitos lo cual no era obstáculo para que se marcaran aquella pieza con todo el salero del mundo, que era generosamente premiado con una formidable ovación.

Fue, a iniciativa de esta señora, la creación del Casinillo de San Fernando, institución que empezó a funcionar en un pequeño local de la Plaza del Ayuntamiento con la colaboración, supongo, de las cocinas de Capitanía, pues era allí posible adquirir una ración de las mencionadas croquetas que reforzaban las comidas frías que nos daban a los que decidíamos pasar la jornada dominical navegando en los botes a vela de la E.N.M.

Era esta una manera de disfrutar los días festivos que tenía varias ventajas. La primera y más importante era que no nos costaba nada a los económicamente débiles pues como se decía en la orden de la Escuela, salíamos provistos de “chaquetón al brazo, comida fría y vino correspondiente”. En los caños de La Carraca nos esperaban los botes que variaban desde el modesto chinchorro de dos metros de eslora hasta el majestuoso bote de nueve metros y dos palos con sus velas latinas. Durante toda la jornada diurna, navegábamos entre Matagorda y Puerto Real, gozando del sol y buen clima de Cádiz, regresando a la Escuela al caer la tarde, repletos de vino y de alegría. Sin embargo mi recuerdo más triste de la estancia como alumno en la Escuela, está asociado a los botes y su utilización en jornadas festivas.

Ocurrió un día de Jueves Santo, en el que soplaba un fuerte viento de Levante, que allí son particularmente duros. Como siempre, habíamos salido en los botes y regresamos a la puesta de sol, después de haber soportado rachas muy duras que hacían complicada la navegación por los caños. Pronto empezó a correr la voz de que faltaba un bote por regresar, correspondiente a un grupo de Aspirantes de Primero que eran, como es natural, los que menos práctica tenían en esta actividad.

Se organizó una expedición de rescate y se logró dar con los chavales que habían podido sobrevivir al vuelco del chinchorro en el que navegaban, unos nadando hacia tierra y otro agarrado a una boya de las que balizan los caños. Sin embargo, faltaba uno, al que se encontró poco después, flotando y muerto. Se instaló la capilla ardiente en el Panteón de Marinos Ilustres y se le veló hasta la hora en que su familia se llevó el cadáver. Aquella noche de Jueves Santo la tengo clarísimamente presente pues el silbar del viento, la luna llena y el resplandor de las velas que flanqueaban el ataúd componían un escenario de película de miedo que, desgraciadamente era terriblemente real.

El tiempo de permanencia de mi promoción en la E.N.M. se vio señalado por una trágica circunstancia. El primero de septiembre del año 1939 estallaba la Segunda Guerra Mundial con todo lo que ello significa para un país como el nuestro, que acababa de concluir con una espantosa guerra civil de tres años de duración.

Los ya enormes problemas de abastecimiento de todo tipo que caracterizaron los primeros meses de mi primer curso en la Escuela se vieron incrementados por la imposibilidad de recibir ayuda del extranjero.

Esa carencia de ayuda exterior y el control marítimo impuesto por la Royal Navy y sus aliados, marcaron las limitaciones a que tuvimos que someternos para mantener nuestra condición de país neutral en medio de aquella monstruosa conflagración que sacudió al mundo y de forma muy especial a Europa, por un interminable período de seis años.

Por lo que al control marítimo se refiere, a mi persona le afectó en dos aspectos de gran importancia. Los viajes entre Cádiz y Canarias se vieron aumentados en varias horas al tener que recalar en aguas de Gibraltar para obtener el “navicert” que nos permitiese continuar nuestra ruta. Tanto a la ida como a la vuelta, la estancia en Gibraltar era ineludible, tan ineludible como humillante, a mi modo de ver.

Pero si este requisito significó un recorte en el escaso tiempo de nuestras vacaciones intercursos, aún fue mucho peor el efecto que la guerra tuvo sobre nuestro tradicional viaje en el buque-escuela “Juan Sebastián de Elcano”. Las autoridades navales españolas, ante la posibilidad de un ataque —nunca descartable en tiempos de guerra— decidieron cancelar el viaje por ultramar y nos lo sustituyeron por un pequeño crucero por puertos españoles del Mediterráneo, a bordo de tres destructores, el “Churruca” y los “Huesca” y “Teruel”, afectos a la flotilla de la Escuela.

De aquel crucero mediterráneo datan mis primeros contactos con los puertos de Cartagena, Valencia y Barcelona, así como los de Mahón y Palma de Mallorca que eran, especialmente este último, extraordinariamente baratos y nos permitían, por lo tanto, comer hasta hartarnos por irrisorias cantidades de dinero.

Del acontecimiento que nadie de mi promoción ha podido olvidarse es de la paella que nos ofreció el Comandante de Marina de Valencia, Capitán de Navío López-Cortijo, padre de uno de nuestros compañeros, que ha heredado de aquel el gusto por la cocina y la habilidad como cocinero de postín. La paella fue, como dejo dicho, de las que hacen época, tanto por lo abundante como por lo exquisita. Ni que decir tiene que llegó oportunamente para calmar nuestros exacerbados apetitos.

Otro de mis recuerdos de aquel viaje fue una función de zarzuela en el Teatro El Borme de Palma de Mallorca. Se representaba “Molinos de viento” y la empresa del teatro nos envió entradas gratuitas para la función a la que nos apuntamos unos cuantos.

Pese a lo inspirado de la partitura y a la indudable calidad de los cantantes, recuerdo con espanto el espectáculo de unos Caballeros Aspirantes, correctamente uniformados... y profundamente dormidos. ¿Duraría aún el efecto de la digestión de la paella tomada en Valencia?

En aquel mismo semestre e inmediatamente antes de embarcar para el viaje al que me estoy refiriendo, tuvo lugar uno de los más importantes actos de mi vida militar: la jura de la Bandera. De mi Hoja de Servicios copio literalmente.

“Año de 1940. Segundo Curso. El 12 de octubre prestó solemne juramento de fidelidad a la Bandera Nacional, ante la de la Escuela.”

Al finalizar este segundo curso fuimos promovidos a la categoría de Guardiamarinas, lo cual tenía una enorme importancia porque, además de usar la misma gorra que los oficiales, empezábamos a percibir el sueldo correspondiente de 333,33 Ptas., lo que me independizaba de la dependencia paterna, con el consiguiente alivio que ello representaba para Papá. ¡Buena falta le hacía!

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