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1941 – 1943 · San Fernando, Cádiz

Capítulo Tercero

Guardiamarina

El ascenso a Guardiamarina de Segunda tenía una enorme importancia para nosotros pues nos ligaba, de una manera prácticamente definitiva, a la Escuela Naval Militar. Baste hacer notar que, si bien en el Curso Preparatorio habíamos ingresado unos cien, a los que se nos unieron otros cincuenta procedentes de los cursos anteriores, al de Aspirantes de Primero solo pasamos unos cien, de los que quedaron rezagados a lo largo de dos semestres, cerca de cincuenta.

Por ello, este ascenso era recibido con enorme alegría y auténtico alivio por todos los que tuvimos la satisfacción de adornar nuestras hombreras con el emblema de las dos anclas cruzadas bajo la corona imperial.

Al mismo tiempo, el desfase de mi escasa preparación al ingreso iba siendo cada vez menos importante al entrar de lleno en el estudio de materias igualmente nuevas para todos nosotros. Así pues, mi puesto en la promoción fue paulatinamente subiendo hasta colocarme en una zona templada en la que permanecí el resto de mi permanencia en la E.N.M.

Si bien yo pertenecía a la zona templada de la promoción, no ocurría lo mismo con mis amigos más íntimos, los cuales formaron parte de la cabeza desde su ingreso hasta la salida de la Escuela. Para mí era muy cómodo el ser uno del montón pues, como es natural, cuando hace falta lucirse, el profesor implicado en el lucimiento echa mano de los sabios y si tiene ganas de colocar un "pelote" a alguien, sabe que los de la cola son perfectos candidatos a ello. La agradable zona templada solo se ve alterada en contadas ocasiones en las que, eso sí, hay que mantener el tipo para seguir disfrutando de su encanto.

Sin embargo había algo en lo que, a pesar de mis esfuerzos, el Comandante de Brigada me hacía figurar más de lo que yo quería. Me estoy refiriendo a los ya aludidos saltos de trampolín y a los ejercicios físicos y marineros, en los que me integraba invariablemente, haciéndome sudar tinta, especialmente en las regatas de botes a remo. Aquellos botes pesaban increíblemente y los remos no estaban proyectados para ser utilizados en competiciones deportivas. Pesaban toneladas y en muchas ocasiones no tenían la rectitud que sería de desear sino que presentaban una curvatura que hacía aún más penoso su manejo.

Tirar de un remo en los campeonatos de cursos era una experiencia difícil de olvidar.

Lo mismo ocurría cuando se celebraban las competiciones intercursos de patrullas militares en las que yo estaba siempre integrado.

La pista militar, con el armamento completo, donde había que escalar muros, reptar por zonas de alambradas espinosas, saltar parapetos, nadar, etc., era una experiencia inolvidable... y una demostración de envidiable salud si la acababas dentro del plazo y en aceptables condiciones físicas.

Bien es verdad que el integrar estos equipos representativos de la promoción tenía una compensación en la nota correspondiente, lo que en mi caso era muy interesante pues tiraba un poquito hacia arriba, dentro de la mediocridad de mis notas de estudios. También hay que hacer constar, para ser absolutamente imparcial, que en ninguna ocasión fui suspendido en ninguna asignatura. Recuerden, la zona templada.

En estos primeros años de la década de los cuarenta, el plantel de alumnos alcanzó proporciones nunca antes conocidas en la Escuela. Esta circunstancia, unida al natural espíritu de euforia que la victoria en nuestra guerra había insuflado a los mandos de la Armada, fueron determinantes de la idea de una escuela más en consonancia con las necesidades del momento. Fue entonces cuando empezó a fraguarse la construcción de la actual Escuela, aprovechando las instalaciones que la Armada tenía en Marín donde se ubicaba la Escuela de Tiro Naval "Janer".

La mera contemplación de los proyectos, llenos de edificios amplios, muelles donde se amarraban enormes cantidades de buques, campos de deportes, balandros, traineras, etc., nos hacía soñar con el paraíso terrenal. Todos pensábamos que en un corto espacio de tiempo tendríamos una nueva escuela en la que olvidaríamos las estrecheces y limitaciones de la de San Fernando, pero sí, sí. El tiempo seguía fluyendo, un curso sucedía a otro, y la vieja escuela seguía albergándonos, sin esperanza de un futuro mejor.

Ya, desde entonces, se podía observar la tendencia de nuestra Armada a construir sus edificios en terrenos que aún eran... mar. Hubo que rellenar zonas en las inmediaciones de la escuela de Tiro, para lo cual se recurrió a desmontar pequeñas colinas cercanas, lo cual, llevados de nuestro natural sentido del humor, nos hacía decir cosas tales como que la respuesta de un alumno que, al examinarse de geografía española, fuese preguntado por la orografía nacional, tendría que empezar diciendo: "En tiempos anteriores al Glorioso Movimiento Nacional, existían en España las siguientes cordilleras..."

Esto será broma, naturalmente, pero no es menos cierto que, siendo yo Vicealmirante, Jefe del Arsenal de Ferrol, la construcción de la Escuela de Máquinas se hizo sobre unos terrenos ganados al mar en la zona anexa a la Factoría de la Empresa Nacional Bazán. Y para qué hablar del Arsenal de Las Palmas, todo él edificado en rellenos cuya realización me correspondió en buena medida. Genio y figura...

En resumen, la Escuela Naval de Marín no pasó de ser un dulce sueño, por lo que a mi promoción se refiere, pues con nuestra salida de la Escuela con grado de Alférez de Navío, se cerró definitivamente las antiguas instalaciones de San Fernando.

Entre enero de 1941 y junio de 1943 fuimos pasando curso tras curso con los cortos periodos de vacaciones en los meses finales de los semestres. Lo más destacado de aquella época fue el curso en el que estuvimos embarcados en el minador "Neptuno", a bordo del cual recorrimos la práctica totalidad de los puertos nacionales y recuerdo de una forma muy especial los del norte pues fue mi primera visita a aquella parte de España, tan diferente a lo ya conocido. También influye en este especial recuerdo el encanto de la mujer gallega, con su meloso acento y su seductora simpatía, para cuyas cualidades yo me encontraba absolutamente desprovisto de defensas. Naturalmente, de la primera visita a El Ferrol (que entonces se llamaba del Caudillo), salí profundamente enamorado y solo gracias a la brevedad de la estancia en puerto pude librarme de caer en la tentación de declarar mi amor a una encantadora damita.

Más adelante volveré sobre este tema.

Ya he comentado lo mucho que nos agradaba el viaje en el correo de Canarias, al final de cada semestre. Con el paso del tiempo habían ingresado en la E.N.M. algunos canarios más que, igualmente, hacían con nosotros el viaje entre Cádiz y Canarias. Esto me trae a la memoria un acontecimiento que, visto desde esta distancia, no deja de tener gracia.

Ocurrió un día, en el comedor de la primera clase del "Ernesto Anastasio", en el que viajábamos hacia Canarias, los tres de siempre, más un joven aspirante, de Tenerife, cuyas cualidades marineras no habían sido aún suficientemente mejoradas. El barco se movía un poco a la hora del almuerzo, lo cual no nos impidió el estar, como clavos, en nuestra mesa a la hora de comer. Sentados y uniformados con nuestros blancos uniformes, ofrecíamos un perfecto blanco a las miradas de todos los comensales. El primer plato consistía en una sopa que al aspirante no pareció sentarle demasiado bien pues al rato de haberla ingerido se le apreciaba una notable disminución del color así como una sudoración, a todas luces injustificada, síntomas ambos de un principio de mal de mar. En efecto, el tercer síntoma no se hizo esperar. Llevándose la mano a la boca produjo cuatro surtidores que en menos de lo que se tarda en decirlo, volvió a llenar el plato, como si no lo hubiese tocado.

Llenos de santa indignación, el trío de los antiguos decidió arrestar al novato que tan bajo dejara al pabellón de la Armada. Y así se hizo. Le quitamos las palas de las hombreras y las guardamos hasta la terminación del viaje, para que no pudiese volver a dar un espectáculo como el descrito. Todo lo que se le ocurrió decir fue: "Cuidado con las palas que ya están dobladitas. No me las estropeéis". Lamentable.

Aquellas vacaciones que nos correspondían cada semestre, venían a ser como una carga de baterías para aguantar el siguiente semestre, igualmente duro en lo que se refiere a actividades físicas y al esfuerzo intelectual que se nos exigía. No hay que olvidar que urgía la formación de los nuevos oficiales que ocupasen las vacantes producidas por la guerra. Los dos tercios del escalafón del Cuerpo General de la Armada habían sido barridos, parte por bajas de guerra y otra, mucho menor, por supuesto, por oficiales que perdieron la carrera al caer en la otra zona. Así pues, nos exigían un rendimiento exagerado en cada curso, lo que hacía que llegásemos a las vacaciones con unas enormes ganas de divertirnos. Y lo hacíamos.

Recuerdo con enorme satisfacción y nostalgia las fiestas de Las Palmas, tanto en verano como en Navidad, en las que se ponía a prueba mi resistencia al encanto femenino. Creo no exagerar si digo que en todas y cada una de las ocasiones en que traté a alguna de las chicas canarias, una parte de mi capacidad amatoria se adhería a ellas.

Todas mis compañeras del bachillerato, las amigas de mis hermanas, las niñas que paseaban por la calle de Triana, las que representaban las revistas musicales que organizaba Pacota Mesa, etc., fueron en alguna medida, dueñas de mi corazón... por unos días.

Sin embargo, jamás caí en la tentación de hacerme novio de ninguna pues, si bien ello me hubiese llenado el corazón, la frialdad de mis ideas me impedían claudicar en ese aspecto. Mi libertad me era muy cara. Tal como ocurrió en mi primer viaje a El Ferrol, la brevedad de los periodos vacacionales actuaban como la campana salvadora para el boxeador "groggy".

Como ya he mencionado en el capítulo anterior, la Segunda Guerra Mundial estalló al mes de ingresar mi promoción en la Escuela Naval, condicionando de forma total y absoluta nuestra actividad. Una de las más lamentables consecuencias, desde el punto de vista del Guardiamarina que era yo, fue la cancelación del viaje a bordo del buque escuela "Juan Sebastián Elcano", punto culminante en la formación marinera del futuro oficial. Aquellos exóticos puertos del Pacífico o las cálidas bienvenidas caribeñas; las elegantes recepciones anglosajonas y las cordialísimas confraternizaciones en los puertos hispanoamericanos fueron sustituidos, a escala nacional, por el calor y la alegría de nuestra propia gente, que nos recibían con la hidalguía y generosidad proverbial en el pueblo español.

Lamentablemente, los que tenían conocimientos de idiomas extranjeros no pudieron lucirse en aquel viaje.

Lo más parecido a ello era hablar en catalán, vasco o euskera. Pero no tenía la gracia del inglés o el franchute... ¡Qué le vamos a hacer!

También el barco perdió categoría pues, en lugar de la elegante silueta del "J.S. Elcano", la llegada del buque-escuela al puerto correspondiente, se anunciaba en la prensa local, publicando una foto del viejo minador "Neptuno", en el que viajábamos como sardinas en conserva. Todo muy prosaico.

Pero nuestro optimismo no reconocía límites. Era digno de consignar nuestro comportamiento en los guateques con que nos obsequiaban las autoridades del puerto visitado. Siempre había algunas visitas a lugares interesantes —arte, historia o instalaciones militares— que llenaban las horas de la mañana. Estas visitas terminaban, invariablemente, en un vino de honor, ofrecido por la Diputación provincial o el Ayuntamiento, o la Capitanía General, o el Gobierno Civil.

El momento de entrar al Salón de honor, en el que estaba preparado el acto, era verdaderamente interesante. Una rápida mirada a las mesas, nos permitía elegir la situación más favorable para nuestros gustos. Recuerdo la frase de uno de mis compañeros que solía decir: "Lo más importante al entrar en un guateque, es la localización de la croqueta".

Ya situados convenientemente, aguardábamos pacientes y disciplinados a que la autoridad que ofrecía el ágape, hiciera el ofrecimiento del mismo con la brillante dialéctica en boga. Pronunciados los vivas de rigor fervorosamente contestados por nuestros famélicos e impacientes corazones, nos lanzábamos sobre aquella tentadora formación de sandwiches, mediasnoches, chorizos, tortillas españolas, patatas fritas, etc., todo ello abundantemente regado con vino tinto, cerveza o agua mineral.

Si el puerto era andaluz, la bebida más abundante era el vino de Chiclana o la manzanilla. Entonces no llegaban a España las Cocas, Fantas o Mirindas. Para qué hablar de los whiskies o ginebras de importación. Eso era tabú.

Puedo asegurar que, tanto las viandas presentes como las que incesantemente aportaban los diligentes camareros, eran trasegadas con enorme velocidad, al igual que las bebidas. Nada era suficiente para aplacar nuestro apetito ni nuestra sed.

La palabra desolación retrata, con bastante exactitud, la situación musical de los bailes con que se nos obsequiaba. Esa prolongación corría a cargo de José María Moreu y mía. Moreu tocaba el violín bastante mejor que yo lo hacía con el piano. Ninguno de los dos era, lo que se dice, un virtuoso, pero nuestros compañeros nos requerían para suplir a los músicos cuando éstos se despedían o, simplemente, tomaban un merecido descanso.

Nuestro repertorio era más bien escaso y se concretaba a las canciones de moda y a los imperecederos tangos. El número fuerte era siempre "La cumparsita". No creo que nos lo mejorase ningún conjunto musical de aquel entonces.

Nuestras actuaciones tenían lugar, tanto en los bailes antedichos, como en las "boites" de Barcelona, Palma de Mallorca o Bilbao. Tanto daba el lugar. Lo único imprescindible era un violín y un piano, ociosos por la ausencia del correspondiente maestro.

Las navegaciones de aquel curso eran exclusivamente por aguas y puertos españoles, aprovechando los viajes entre la Península y Canarias, para hacer prácticas de navegación de altura. Entonces observábamos tres estrellas del crepúsculo matutino, una altura de sol en circunstancias favorables, la altura meridiana de sol, otra recta de altura por la tarde y las consabidas tres estrellas para la situación al crepúsculo vespertino. Los cálculos de aquellas observaciones había que reflejarlos en el Diario de Navegación que cada alumno debía llevar personalmente. La picaresca consubstancial con el alumno, hacía que una gran parte de éstos no utilizasen ni el sextante ni el cronómetro, cuyas indicaciones, obtenidas a base de las de algún compañero, utilizaban para establecer la situación o, en su caso, la recta de altura, resolviendo el problema al revés. Es decir, partiendo de la situación calculada por el vecino de mesa, rellenar todo el cálculo que había que presentar.

¡Lo que idea el hombre para no trabajar...!

Aquel curso embarcado en el "Neptuno" nos dejó un gran sabor de boca, a pesar de ser solo un mal sucedáneo del viaje en el "Elcano".

A nuestro regreso a la Escuela nos esperaba una triste noticia. La epidemia de tifus exantemático, también llamada "el piojo verde", había entrado en nuestra casa solariega y causado dos bajas entre los alumnos de los cursos que no habían salido de viaje. Aparte de los dos fallecidos, en el Hospital de Marina estaban internados un elevado número de compañeros que, afortunadamente, se recuperaron totalmente. De nuevo la muerte hizo su aparición entre nosotros que, tras haber sobrevivido a la guerra, nos considerábamos poco menos que inmortales.

Antes de concluir con mis recuerdos de la Escuela, me gustaría plasmar una extraña sensación relacionada con la salida, como Oficiales del Cuerpo General, de los componentes de la primera promoción, ingresados un año justo antes que la mía, tercera en orden cronológico, tras la terminación de la terrible Guerra Civil que asoló a España durante tres interminables años. 18 de julio de 1936 al 1 de abril de 1939.

Pues ocurría que semestre tras semestre, nos íbamos de vacaciones y regresábamos los mismos. Únicamente variaba el número de Alumnos porque cada semestre ingresaba una nueva promoción. Pero allí no se iba nadie.

Únicamente, los Oficiales procedentes de los cuadros de Provisionales, que habían ingresado en Infantería de Marina, conservando sus estrellas, recibían sus despachos como tenientes del Cuerpo, a los dieciocho meses de permanencia en la Escuela Naval. Pero ellos eran, al fin de cuentas, oficiales que pasaban una pequeña temporada entre nosotros.

Por eso, cuando en el mes de junio de 1942, aquella primera promoción de guardiamarinas cambió su uniforme por el de oficiales, nos pareció, a mí al menos, estar asistiendo a una obra de teatro, en la que los personajes se cambiaban de vestuario por requerimientos del guión. No me lo podía creer. Era verdad. Aquellos compañeros habían acabado sus estudios y se incorporaban a la vida activa, como flamantes oficiales de la Armada.

El galón de Alférez de Navío en la bocamanga de mis compañeros más antiguos de la Escuela Naval actuó como despertador de aquellos sueños que, desde mis primeros años infantiles, condujeron mis ideales hacia la carrera que estaba a punto de concluir. Hoy como entonces, pienso en la serie de circunstancias que determinaron el feliz logro de mis más caras aspiraciones. ¡Qué verdad es que nunca llueve a gusto de todos!

La Guerra Civil, que tantas vidas y vocaciones arruinó, tuvo una decisiva influencia en mi caso. La preparación para el ingreso en la Escuela era enormemente cara y fuera del alcance de la precaria economía de mi padre, a la sazón atravesando una época extremadamente dura por haber sido expropiada la fábrica de cervezas "La Tropical" de la que vivía toda la familia. El título de bachiller, obtenido el verano de 1936, la participación en la guerra como marinero voluntario durante un año, la necesidad de reemplazar a los numerosísimos oficiales muertos en los buques de la Armada que quedaron en manos de los rojos y por qué no decirlo, el espíritu de euforia tras la victoria alcanzada, que hacía prever un futuro imperial, fueron las circunstancias que, confluyendo felizmente en mayo de 1939, me proporcionaron la posibilidad de participar en una oposición para ingreso en el Curso Preparatorio, previo a la obtención del título de Aspirante.

Y he aquí que ahora, cuatro años más tarde, estaba ya a dos pasos de ver, a mi vez, en mi propio uniforme, el galón con la ansiada coca, insignia del Cuerpo General de la Armada.

Una afamada sastrería de Cádiz era la que tenía la contrata con la Escuela tanto para el arreglo como para la confección de los uniformes de los alumnos. Por consiguiente, el cortador de dicha sastrería era el que, ya en las postrimerías del último curso, venía a probarnos el uniforme azul ya que el blanco era el mismo que el usado de guardiamarina. Ni que decir tiene la enorme ilusión con que el tal cortador era esperado por todos nosotros. Tal como creo recordarlo, era un hombre pequeñito y delgado, el típico "cañailla", ocurrente y charlatán, que mientras nos probaba no cesaba de contar chistes o hacerlos a nuestra costa. La sastrería me parece recordar que era la de unos parientes de nuestro compañero Manolo Lahera, y estaba situada en la calle Columela.

De allí salieron el noventa por ciento de los uniformes ya que había algunos compañeros que tenían "su" sastre propio, como por ejemplo, Ignacio Caicoya, de rancio abolengo, que consideraba casi un insulto el utilizar los servicios comunales de la Sastrería Lahera y se encargó su uniforme cómo se cortaba un uniforme de Oficial de la Armada y le envió una preciosidad de traje, con botones en las mangas, como los trajes civiles y unas solapas totalmente fuera de medida, sin hablar de la colocación del galón. No paramos de reírnos del pobre Caicoya y de su operetístico uniforme.

Durante el primer semestre del año 1943, coincidiendo con el tercer aniversario de la victoriosa terminación de la Guerra, tuvo lugar en Madrid un espectacular desfile, llamado Desfile de la Victoria, en el que tomamos parte las tres Academias Militares junto a una representación de todas las fuerzas que tomaron parte en la contienda, en total seríamos unos cinco mil hombres los que desfilamos en impecable formación delante del Generalísimo, su Gobierno del Estado y sus mandos militares.

Pero de esto tengo que hablar algo más, pues fue mi primera visita a la capital de España.

Ya, en los primeros días del año, se nos anunció la feliz nueva del desfile, para el que empezamos a prepararnos sin demora. Se intensificó la instrucción militar de orden cerrado y creo que las "orejas" del brigada Otto Reise, debieron producirle enormes hemorragias de satisfacción pues el interés que todos poníamos en la ejecución de los ejercicios era solo comparable a la ilusión que nos hacía el viaje a Madrid. El que más y el que menos se dejaba las manos pegadas a la culata del mosquetón y la hacía sonar como un instrumento musical, a base de golpes secos, perfectamente calculados. Creo que debía ser todo un espectáculo el presenciar cualquiera de los entrenamientos que tenían lugar en el Patio Norte, las fechas anteriores a la marcha a Madrid. Todo se nos iba en proyectos, especialmente a aquellos que tenían en la Capital a sus novias o familiares.

A los que íbamos por primera vez, la emoción nos impedía pensar en otra cosa que no fuera la visita a la casi recién liberada Capital cuya dependencia de las fuerzas enemigas a lo largo de toda la guerra la hacía aparecer ante nuestros ojos como una ciudad mística por su martirio y consiguiente sufrimiento.

Así pues, entre estudios, ejercicios y paseos dominicales en botes a vela, transcurrieron los tres primeros meses de 1943 y llegó el anhelado día de la marcha a Madrid.

Ahora, con el tren de Gran Velocidad el trayecto Madrid-Sevilla se cubre en poco menos de tres horas. Entonces, con trenes movidos por locomotoras a carbón, a través de vías destrozadas por la guerra, con una red deficientemente estudiada, con trenes de mercancías que ocupaban espacios y tiempos increíbles, la duración del viaje era absolutamente imprevisible. Yo no recuerdo cuánto tiempo nos ocupó, pero lo que sí tengo presente es la interminable noche, tendidos en los pasillos de los vagones, abrazados a nuestros mosquetones, después de dar cuenta del rancho frío que nos entregaron al salir de la Escuela. Entre pitillos, traqueteos, carbonillas en los ojos y chistes pasaron no sé cuántas horas y con ellas los seiscientos kilómetros de vía férrea que nos separaban —¿o unían?— a Madrid.

Nos alojamos en el Ministerio de Marina y tras el inevitable aseo personal se nos permitió la salida de francos de paseo. No se me olvidará nunca la primera impresión que me produjo el Madrid de aquella época, limpio, alegre y con patentes huellas de los pasados bombardeos. Tengo permanentemente presente el olor a ozono que despedía el metropolitano en el que hice mis primeras correrías madrileñas. También recuerdo a mi cicerone de entonces, Manolo Hernández del Toro, estudiante de la oposición de ingreso a la Escuela Especial de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, viejo amigo del Colegio "Viera y Clavijo", y al que me une una fraternal amistad. A la sazón vivía en la calle Recoletos, lo que nos resultaba muy cómodo por la proximidad con nuestro Ministerio.

Lamentablemente tengo que establecer la odiada comparación entre aquel Madrid y el actual. De un ambiente amable, alegre y repito, limpio como los chorros del oro, hay que pasar a esta enorme y descontrolada urbe, llena de detritus y restos de botellas vacías, jeringuillas hipodérmicas y gente malhumorada cuando no mal encarada, que por menos de un pitillo te saca una navaja y te desvalija ante la pasividad de los ocasionales espectadores que no se dan por aludidos "porque no va con ellos".

El día 18 de abril nos encontró tremendamente motivados.

Todos los alumnos de la E.N.M. estábamos decididos a ser los mejores en aquella competencia "sui generis" que consistía en impactar al pueblo madrileño que, desde las primeras horas de la mañana, llenaba los arcenes de la Castellana para presenciar el magno desfile.

Así pues, nos acicalamos con más esmero del acostumbrado, sacamos brillo a nuestro armamento y lustre a nuestras botas y botones y tomamos posiciones en la zona de la cual teníamos que partir que era, creo recordar, de la calle de Goya, para enfilar el paseo de la Castellana.

Por ser la Armada la Academia Militar más antigua, desfilamos los primeros, tras el paso del Jefe de línea, (que no recuerdo quién era), y de la escuadra de gastadores.

Nuestra formación era muy cerrada y desfilábamos a un ritmo inferior al de la Academia General, lo que nos proporcionaba una espectacularidad de la que aquella carecía. Las blancas gorras, en contraste con los uniformes azules con dos filas de botones, el fusil casi vertical y el braceo hasta el cinturón del correaje, unido a un impecable mantenimiento de la alineación, que se ponía de manifiesto por el acompasado movimiento de los blancos guantes, componían un conjunto que hizo estallar al pueblo madrileño en una enorme ovación, redoblada al paso de la Bandera de la Escuela. Nosotros, conscientes del fervor despertado a nuestro paso, nos creíamos héroes mitológicos marchando con el pecho erguido y porte marcial.

No nos hubiésemos cambiado por nadie en aquellos momentos.

Naturalmente, no vimos el paso del resto de los participantes en el apoteósico primer Desfile de la Victoria, pero lo que es auténticamente cierto es que en la tarde de aquel día, mientras paseábamos por las céntricas calles de Madrid, los chavalillos se nos acercaban y nos decían que habíamos sido los mejores.

Como puede comprenderse, aquello nos llenaba de orgullo y satisfacción. Como quiera que fuese, el General Franco hizo llegar a la Dirección de la Escuela Naval su personal felicitación por el extraordinario comportamiento y brillante participación de los Caballeros Alumnos de la E.N.M. en el ya tantas veces citado Desfile de la Victoria.

Aunque posteriormente ha habido otros desfiles, si se quiere aún más formidables, por la participación de armas tales como carros y artillería mecanizada, los que tuvimos el honor de participar en aquel primer acontecimiento no podremos jamás olvidar el calor que se desprendía de los fervorosos aplausos de aquel pueblo madrileño, sediento de dar rienda suelta a sus sentimientos patrióticos, tantas veces reprimidos durante el dominio rojo.

No creo que se haya vuelto a repetir una tan unánime manifestación de adhesión al Caudillo y a las Fuerzas Armadas de España, representadas por las unidades participantes.

Con las mieles del triunfo en los labios, emprendimos el viaje de vuelta a casa, donde nos esperaba la rutina de los estudios, ejercicios y al terminar el semestre, tras los temidos y deseados exámenes, el anhelado galón de Alférez de Navío.

Para terminar este capítulo, copio literalmente lo que dice mi hoja de servicios, al respecto.

Año 1943 Séptimo Curso .......... "Tomó parte con el Batallón de Alumnos de la Escuela en el "desfile de la Victoria que tuvo lugar en Madrid el 1º de abril. .......... "Examinado de las asignaturas expresadas, fue aprobado. "En 6 de Junio empieza a disfrutar licencia de fin de Curso. "Por O.M. de 19 de Junio de 1943 (D.O. nº 137) es promovido "al empleo de Alférez de Navío, con antigüedad de 20 del "mismo mes y año. ..........

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