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1943 · Marín, Pontevedra

Capítulo Cuarto

Alférez de Navío

Cuando empiezo con la redacción de este capítulo, han pasado casi exactamente cincuenta años de los acaecimientos que voy a relatar. Porque acabo de recibir una circular, escrita por tres compañeros en la que se nos cita para una reunión de los que quedamos de la promoción, en la E.N.M. de Marín, el día 19 de septiembre, fecha en la que nos fueron entregados los despachos de Alférez de Navío, en un solemne acto, presidido por el General Franco, con el que se declaró inaugurada la nueva Escuela.

Bien es verdad que, consultando mi Hoja de Servicios, la fecha aludida no figura en ella y sí la del 15 de agosto de 1943. De la citada Hoja de Servicios, copio literalmente:

.......... "El 15 de Agosto le fue entregado su nombramiento, renovando "su juramento de fidelidad a la Bandera Nacional.

Este acto, al que ya he calificado de solemne, fue precedido por una borrascosa noche de Marín en la que los viejos camaradas de cuatro años de la vieja Escuela de San Fernando, nos corrimos una monumental juerga, a consecuencia de la cual nuestra condición física en la mañana del día 15 era bastante menos marcial de lo que convenía a las circunstancias.

Yo recuerdo el enorme trabajo que me costó el mantener los ojos abiertos durante la formación, que a fin de cuentas era relativamente fácil por aquello de estar de pie. Lo que ya no recuerdo es si pude mantener el estado de vigilia durante la comida que siguió al aperitivo. La mesa en la que me había correspondido sentarme, en el Comedor de Alumnos, estaba situada justamente frente a la tarima en la que se alzaba la presidencia, en la que se sentaba el Generalísimo. Los bandazos que di en aquella ocasión y los esfuerzos realizados para no rendirme al sueño fueron épicos. Realmente no podría decir si permanecí despierto todo el tiempo que duró la comida.

No he precisado el hecho de que esa mañana habíamos llegado a la Escuela con el tiempo justo de ducharnos y cambiarnos de uniforme. Recuerdo que, por la tarde de ese día se había hablado de ir a la playa de Portocello y al pasar lista echamos en falta a uno, cuyo nombre omito, pero que nunca se había distinguido por su afición al vino. Buscando, buscando, fuimos a encontrarle en uno de los retretes, sentado, con los calzones bajos, dormido... y todo vomitado a su alrededor. Todo un espectáculo...

Así comenzó este periodo de mi vida, en el que pasé de ser un joven adolescente sin más responsabilidad que aprobar los cursos de la carrera, a asumir los deberes de un Oficial, embarcado en una unidad de nuestra Marina, aún en construcción, con un montón de hombres a mi cargo, una batería de dos cañones y una sección del barco que me correspondían mantener y utilizar. Allí y entonces empecé a hacerme hombre y a aprender lo importante que es el tener bajo tus órdenes a un puñado de hombres —en aquella época poco más jóvenes que yo mismo— que te miran cuando no saben qué hacer en circunstancias anómalas, esperando del Oficial un destello de sabiduría y la adopción de una adecuada decisión.

Esa actitud y la confianza que de ella se desprende por parte de los subordinados hacia su Jefe inmediato, es el abc de la relación entre el Mando y sus colaboradores, independientemente del grado o rango que ostenten las dos partes y de la situación en que esa relación se produce. Dar la orden de abrir el cierre de un cañón cuyo tiro ha fallado es para un comandante de batería, como lo era yo entonces, tan importante como para un comandante de buque decidir entrar en puerto ante circunstancias adversas. En ambos casos, en los mil que se darán a lo largo de la vida profesional de un Oficial de la Armada, éste se sabe observado por sus subordinados quienes, sin querer y probablemente sin ellos mismos saberlo, están evaluando al Jefe en momentos complicados.

Volviendo al tema que nos ocupa, habíamos quedado en el capítulo anterior en el momento en que, al terminar el curso, fuimos promovidos a Alféreces de Navío y enviados a casa con el permiso reglamentario y nuestro flamante uniforme de oficial.

Como siempre, el viaje del correo de Canarias fue enormemente grato y a lo largo de las tres singladuras que duraba fuimos Tomás Clavijo y yo objeto de la envidia de los demás compañeros canarios que aún no habían conseguido el galón de Oficial. Tomás y yo habíamos dejado encargado a otro compañero (uno de los que primero causaron baja por fallecimiento, José Antonio Vázquez de Castro), que nos pusiera un telegrama cuando salieran nuestros destinos en el Diario Oficial del Ministerio de Marina. Tal vez no nos fiábamos demasiado de la burocracia ministerial y en nuestro interior nos temíamos que no nos dieran las oportunas órdenes de embarco.

El caso es que, al recibir el telegrama de Vázquez de Castro, Tomás y yo nos pusimos nuestros flamantes uniformes y con el telegrama en el bolsillo, nos presentamos en el despacho del Jefe del Estado Mayor de la Base Naval de Canarias, en aquel entonces el C.F. Don Fernando Meléndez y Bojart, Jefe de gran prestigio, de peligrosos prontos y gran sentido del humor.

Don Fernando nos miró de arriba abajo y tras un tiempo que a nosotros se nos antojó horas, nos preguntó que a qué debía el gusto de nuestra visita. Tomás, por ser el más antiguo, tomó la palabra y le explicó que, por el telegrama de nuestro compañero, ya teníamos conocimiento de nuestros destinos respectivos y que íbamos a que nos dieran el pasaporte y la orden de embarco para trasladarnos a El Ferrol del Caudillo (así se llamaba entonces).

Afortunadamente para nosotros, en aquel momento predominaba el sentido del humor sobre el pronto peligroso por lo que el Jefe del E. Mayor decidió tomarnos el pelo antes de despacharnos con cajas destempladas de su presencia, no sin antes asegurarnos que podíamos dormir tranquilos pues con toda seguridad, su sección de Personal no fallaría en redactar los oportunos documentos, tan pronto llegase a su mesa de trabajo el Diario Oficial en el que nuestros destinos venían reseñados.

Más corridos que monas, salimos de la Comandancia General Tomás y yo, habiendo aprendido una provechosa lección.

En su debido momento y no menos debidamente documentados, embarcamos para El Ferrol, presentándonos en nuestros respectivos destinos. Tomás embarcó en el "Galatea", buque escuela de maniobra con aparejo de fragata, y yo lo hice en el minador "Tritón", en construcción muy avanzada, en la factoría de la E.N. Bazán de El Ferrol donde ya se encontraban tres compañeros de promoción.

La dotación del "Tritón", cuando se produjo mi embarco, era enormemente reducida. Se componía del Comandante, un Capitán de Corbeta, el Segundo Comandante, Teniente de Navío, el Jefe de Máquinas y el Habilitado, además de los cuatro Alféreces de Navío ya mencionados.

Esa circunstancia me resolvió un antiguo problema que yo tenía y que era el temor a entrar en una cámara de Oficiales en la que hubiese muchos y antiguos, lo que me producía un tremendo complejo de inferioridad. Para nosotros, los alumnos recién salidos de la Escuela, un Teniente de Navío era un semidiós al que había que tratar de Ud. y de Don. Por eso respiré tranquilo al embarcar en una cámara en la que solo estaba el Segundo Comandante que, además, vivía en tierra pues acababa de casarse. En las mismas circunstancias estaban el Habilitado y el Jefe de Máquinas, así es que solo nosotros vivíamos a bordo.

Para el servicio de este exiguo plantel, había un reducido grupo de marineros de oficio —un lavandero, un peluquero y varios reposteros que atendían la cámara y los camarotes—, quienes colaboraban con el mayordomo en la importante misión de alimentarnos.

Recuerdo con gran nitidez aquellos primeros días en el "Tritón", la emoción que me producía el ser Oficial y el entusiasmo con el que nos entregamos los cuatro a nuestros respectivos quehaceres.

Como además de los destinos, me correspondía el manejo y la administración de la brigada de marinería de la Sección de Proa, tal vez por la obligación de escribir todos los meses los nombres y se me ha dado el caso de encontrar a alguno de ellos, varios años después de la época en que estuvimos juntos y al decirme su nombre y primer apellido yo le suelto el segundo ante la estupefacción del interesado. Bien es cierto que esto solo me ha ocurrido en aquella ocasión.

La llegada de un elevado número de oficiales recién salidos de la Escuela Naval es siempre en las capitales de las Zonas Marítimas un acontecimiento de gran relevancia, en especial para la juventud femenina que ve en ellos un posible marido. En el caso de mi promoción tan numerosa accedían a Ferroliño, como cariñosamente llamábamos a El Ferrol todos los que entonces vivíamos allí.

Los paseos por la calle Real, las meriendas en "Sakuska", los bailes del Tennis, las excursiones en bicicleta, etc., iban cimentando amistades que, poco a poco, pero inexorablemente, acababan en unas relaciones más íntimas de las que era muy difícil escapar. De esos primeros meses de vida de solteros, con paga de oficiales en el bolsillo, juventud a chorros y ganas de divertirse, han surgido no pocos de los matrimonios de mis compañeros. Cierto que hay que añadir, y creo ya lo consigné anteriormente, que la belleza y simpatía de las niñas ferrolanas, las hacían tremendamente peligrosas para los que pretendíamos gozar de libertad ilimitada durante un cierto número de años. Aún así, puedo asegurar que muchos renunciaron a esa libertad y lo hicieron con gran satisfacción. Yo, como cada quisque, también me encontré vacilando entre mis deseos liberales y el de quemar mis alas como ofrenda a una encantadora damita. También creo haber dicho que me salvó la campana. Quiero decir que el destino de mi barco a Cádiz actuó de amortiguador y analgésico para mis insensatos deseos de sometimiento a una, no por voluntaria menos absorbente, esclavitud.

¡Qué época aquella tan maravillosa! Siempre que me he referido a ella la menciono como una afortunada mezcla de alegría, generosidad, optimismo, deseo de aprender y disposición para el amor. Todo ello se puede condensar en dos palabras: vivir con ilusión.

Porque eso era lo que predominaba sobre todo lo demás. Estábamos llenos de ilusión. Ilusión por poder ayudar económicamente a mis padres, tan necesitados a la sazón. Ilusión por conocer nuevas gentes de las que tanto podría aprender.

Ilusión por colaborar en la creación de una nueva España, nacida de la guerra civil en la que creíamos haber disipado para siempre el germen de la ancestral división de nuestra patria. Y por qué no decirlo: ilusión por el triunfo de lo que entonces considerábamos el ideal de los pueblos. El nuevo orden surgido del concepto nazi, producto de una Alemania aún no manchada por los crímenes de guerra, aireados por el juicio de Nuremberg.

Afortunadamente el devenir de la II Guerra Mundial liberó a la humanidad de lo que pudo ser una gran tragedia; la victoria del régimen racista de Hitler.

Creo haber mencionado el hecho de que los hombres bajo mi directo mando eran poco más jóvenes que yo. Ello es cierto solo si nos fijamos en los marineros de la quinta. Pero no ocurre lo mismo con los Cabos y los Suboficiales. Especialmente estos últimos eran bastante mayores que yo y por supuesto, con una experiencia en sus respectivos destinos de la que yo carecía por completo.

En aquel "Tritón" había una plantilla de Suboficiales de lo más heterogénea pues, al lado de magníficos profesionales, por regla general, los Suboficiales de Cargo, había un grupo de otros, muy dados al vino y a los que había que atar corto.

Pero volviendo a los experimentos, recuerdo un día en que estábamos recorriendo los alerones de un paraván (artilugio remolcable para evitar el impacto con las minas fondeadas), y el Suboficial de Cargo estaba luchando con un determinado problema cuando se me ocurrió sugerirle la utilización de una llave inglesa. Me miró de una forma indescriptible y con un expresivo gesto de sus manos, absolutamente impregnadas de grasa, me dijo algo que nunca he podido olvidar:

—Don Tomás, en estos menesteres, herramientas tales como lapiceros y palillos de dientes, son absolutamente inútiles.

Desde aquel momento me dije: zapatero a tus zapatos. Pocas veces se puede encontrar profesionales más celosos que los que tuve la suerte de encontrar desde mis primeros días como Oficial de la Armada.

Andando el tiempo, siendo Capitán de Corbeta, destinado como Tercer Comandante del crucero "Miguel de Cervantes", conocí al Contramaestre de Cargo, cuyo nombre era Don Vidal, que manejaba a toda la gente que tenía maniobra en el castillo en situación de Babor y Estribor de Guardia, situación en la que me correspondía la dirección de la maniobra de proa. Ver a Don Vidal manejar los grilletes y eslabones Kenter de las enormes anclas del crucero, era todo un espectáculo.

La tremenda mandarria en sus manos adquiría caracteres de instrumento de precisión y el cuidado que ponía para desmontar un grillete era solo comparable al que dispensa un joyero al reparar un complicado montaje de precioso brillante.

Pero volvamos al "Tritón".

También en aquel buque me correspondía la maniobra de proa, con el Contramaestre de Cargo y un Subteniente mecánico, gallego, de nombre Don Ramón, el cual era del grupo de los aficionados al "morapio", cuya misión era el manejo de la máquina de levar y los tambores para las estachas. No sé cómo se las arreglaba, pero D. Ramón estaba siempre a medios pelos, tanto si estaba de guardia como si no. Era digno de ver su comportamiento al frente de los mandos de la máquina de levar. Cuando procedía a manejar las estachas, sin cambiar la situación del ancla, me pedía permiso para desembragar la segunda con una frase que se ha hecho célebre entre mis familiares, por la de veces que la he utilizado yo. Llegado el momento, D. Ramón me miraba y con voz algo estropajosa y su cerrado acento gallego, me decía:

—¿Desenconeto, D. Tomás?

Y yo le contestaba:

—Desenconete, D. Ramón.

Parece mentira que cosas tan triviales permanezcan de forma tan nítida en mi recuerdo. Sin embargo, podría asegurar que a lo largo de mi vida activa ha habido momentos de mucha mayor trascendencia que han pasado a engrosar el archivo de las cosas olvidadas.

Cierto es que ese archivo, al conjuro de las actuales técnicas de conservación de los recuerdos, puede volver a dar útiles y sabrosos frutos. Tal ocurre cuando se vuelve a contemplar un álbum de fotografías o se visa una antigua película de las que tomábamos en nuestros años juveniles con aquellos inefables tomavistas de ocho milímetros, o se disfruta —¿o se sufre?— proyectando diapositivas que han permanecido durante decenas de años envasadas en sus correspondientes chasis.

Aunque compañeros de promoción, entre Evaristo Díaz y yo no había existido anteriormente una estrecha amistad aunque sí una mutua simpatía. Cuando vino, posteriormente a nuestro primer destino, a cubrir la vacante de Pascual O'Dogherty, que había sido nombrado para el curso de Hidrografía, aquella simpatía se transformó en profunda y verdadera amistad, de las que dejan honda huella. Evaristo era un superdotado. Su clara inteligencia y sus espléndidas condiciones físicas, le proporcionaron un destacado puesto en la promoción, mientras que su simpatía y amenidad lo hacían ser buscado cuando de divertirse se trataba.

Estamos viviendo el segundo semestre de 1944, en plena efervescencia de la Segunda Guerra Mundial, una de cuyas secuelas fue la escasez, por no decir carencia, de combustible. Naturalmente, los que más notábamos esa escasez éramos los que dependíamos de unas calderas para poner en marcha todo cuanto se relacionaba con nuestra profesión. Debido a ello, aquel semestre lo pasamos íntegramente atracados en el muelle de Portugalete, sin más calefacción que unas pequeñas estufas eléctricas portátiles y la que nos proporcionaba la ingestión de coñac, bebida que consumíamos en generosas dosis. Nuestro Comandante, natural de San Fernando, hombre de exquisita educación, se nos unía desde la hora de retirada de trabajos, descendiendo a la Cámara de Oficiales con su guitarra y colaborando con su presencia humana a atemperar el tremendo frío que aquel invierno nos azotó. Recuerdo, y no resisto la tentación de transcribirla, una canción que, con música de tanguillo de Cádiz, solía cantar el Comandante. Decía así:

"Un hombre llevó a su novia a comer caracoles en pepitoria. Cuando llegó a su casa, dijo a su mare: Cuarenta pares de cuernos tengo en un sitio que nadie sabe. Y su mare le contesta, con muchísimo salero: Más cuernos tenía tu pare y se los tapaba con el sombrero."

No puede nadie extrañarse, pues, de que calefaccionados de aquella manera, Evaristo y yo saliésemos de paseo por Portugalete en un estado de optimismo contagioso, que nos hizo verdaderamente populares. Teníamos amigos por todas partes, en bares, cafés, trenes de línea Santurce-Bilbao, y hasta el cobrador del Puente colgante que une Portugalete con Las Arenas, la noche de fin de año, después de tomar unas copas con nosotros a bordo de su artefacto, nos hizo regalo del importe del trayecto, sacando los billetes del talonario y rompiéndolos en nuestra presencia.

Cuando prolongábamos nuestra salida hasta Bilbao, recibíamos muestras de amistad de los revisores del tren y cuando entrábamos en el Café Nervión, donde actuaba un trío musical, en más de una ocasión interrumpían la interpretación de la pieza de turno y atacaban con gran brío el pasodoble "Islas Canarias", mientras nosotros nos preparábamos para hacer el numerito del "Hale hop". Este número consistía en que, tras separarnos unos cinco metros, yo disponía mis brazos para recibir en ellos a Evaristo, quien arrancaba a correr, con sus buenos setenta quilos y al grito del hale hop, saltaba sobre mí. Se suponía que yo debía aguantar su embate, y mostrarlo al público que aplaudía entusiasmado.

No siempre ocurrió así.

Fue Evaristo el que me indujo a pedir el curso de Tiro Naval, que tanta trascendencia tendría en mi vida, así es que, desde aquí quiero hacer patente mi agradecimiento pues fue, gracias a él, que conocí a la que había de ser mi compañera ideal, mi esposa querida y la madre de mis hijos.

¡Gracias, Evaristo! Tú que ya estás gozando de la Presencia de Dios, recibe este modesto homenaje de amistad y agradecimiento y ruega por mí.

Para cerrar este capítulo, que cierra también mi vida de hombre absolutamente libre de vínculos sentimentales, me queda por traer a la superficie a un grupo de amigos, bilbaínos y civiles ellos, que compartieron con nosotros lo bueno y lo malo de aquella época.

Como ya he expresado más arriba, el semestre julio-diciembre de 1944 lo pasamos íntegramente amarrados en el puerto de Portugalete. Por eso el "Tritón" era un punto ideal para reunirnos con nuestros amigos de Bilbao, un pequeño grupo de chicos y chicas que nos visitaban con frecuencia y con el que llegamos a intimar con la facilidad que da la juventud... y el vino, claro está.

Con aquellos amigos hice yo mis primeros pinitos en el deporte del sky en una ocasión en que fuimos a pasar un fin de semana en el valle de Urkabustaiz, en un pueblo de la provincia de Álava llamado Izarra. Recuerdo estos pormenores porque uno de mis amigos, de nombre Emilio Padró Constantino, muy buen dibujante y no menos buen caricaturista, me hizo una caricatura, subido a mis skies, que hasta no hace mucho tiempo la he visto por casa. Seguro que debe andar por algún libro, traspapelada. En esa caricatura estoy yo como figura principal, pero también pueden verse el autor y una de las chicas, luchando contra la gravedad, mientras recorríamos el tramo que nos separaba del punto en el que iniciábamos el descenso.

¿Cuántas veces subimos aquel repecho? No lo podría decir, pero fueron incontables, pues allí no había teleférico que nos subiera y había de hacer la escalada por el procedimiento de doblar el tobillo hacia fuera y caminar con la cara interna del pie y el canto del sky. Todo un alarde de habilidad, del que no estaba ausente un buen número de caídas y correspondientes moleduras. Pero de verdad, la experiencia fue de lo más grata.

De Emilio aprendí a bailar ballet. Bueno, ya me comprenderéis lo que quiero decir. Cuando el sopor del vino había invadido el espíritu de Emilio, bastaba con iniciar unos compases de cualquier música, apta para ser coreografiada, para que éste se pusiera en pie, como movido por un resorte e iniciara una serie de pasos de ballet, cosa que hacía con verdadera gracia. Aquello era como si se hubiese recargado una batería cuyos efectos duraban un buen rato en el que Emilio nos obsequiaba con saltos, reverencias, inclinaciones y toda clase de iniciativas, más o menos ortodoxas, desde el punto de vista de una clásica danza. Poco a poco, la actividad iba dando paso al cansancio y al sueño hasta que ambos enemigos de la vitalidad le rendían. Yo trataba de imitarle y en cierta forma, llegué a interpretar mis propias danzas, lo que he mantenido hasta muchos años después de los hechos que estoy refiriendo.

También de aquella época arranca mi afición a escribir versos, afición nacida de mi amistad con mi amigo Pancho Suárez-Llanos, compañero de promoción con el que conservo, quizás más íntimos, los lazos que desde la Escuela Naval nos unieron.

Aquellas poesías eran, por llamarlas de alguna forma, de corte surrealista.

Todo empezó cuando el destructor "Almirante Antequera", de la flotilla de El Ferrol del Caudillo, amarró en Portugalete, donde nosotros seguíamos amarrados. A su bordo, como oficial de sección, venía Pancho con el que, como queda dicho, me unía una mutua simpatía, que no la estrecha amistad de hoy. Sin embargo, por algún motivo que ya no recuerdo decidimos cierta tarde que sería muy divertido escribir en estrecha colaboración, dando rienda suelta a nuestras respectivas inspiraciones. Sin pensárnoslo dos veces, encargamos una botella de coñac y provistos de papel, lápiz y vasos, nos encerramos en un camarote del "Tritón" —tal vez por ser algo más amplios que los del "Antequera"— y después de brindar por "tu vate" y por "tu musa", nos enfrascamos en la redacción de sendos cuartetos.

Cada vez que conseguíamos dar fin a una estrofa, volvíamos a efectuar los consabidos brindis y a dar lectura a lo recién concebido.

Al final, lo que de verdad habíamos concebido era una enorme trompa que nos hacía ver la vida de color de rosa y sentirnos integrados en el número de los artistas del vocablo y malabaristas de la rima.

Fue maravilloso, mientras duró.

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