1944 – 1945 · Portugalete, Marín
Capítulo Quinto
La Escuela de Tiro Naval
Pasé las Navidades y Año Nuevo en Portugalete. Aquel año fue especialmente frío ya que, inusitadamente, nevó en todo el litoral de las provincias vascongadas. Como, por otra parte, el barco permanecía apagado por la tremenda escasez de combustible, se puede uno imaginar el frío que pasábamos con toda la cubierta llena de nieve y solo una resistencia eléctrica por toda calefacción. Sin embargo, el recuerdo que de esas fechas tengo no puede ser más grato, como ya he dejado en el anterior capítulo.
De mi Hoja de Servicios copio literalmente:
1945. Empieza el año en las mismas condiciones hasta el día 29 de Enero en que desembarca para la Escuela de Tiro Naval, a efectuar dicho curso.
La siguiente anotación de la mencionada Hoja refiere que el día 5 de Febrero me presenté en el Curso. No puedo recordar cómo hice el viaje desde Portugalete a Marín. Lo más probable es que tomara un barco de la Trasmediterránea, de los que hacían la línea Canarias-Norte de España, que hacían escala en Santander, Gijón, Coruña, Vigo y Cádiz. Posiblemente Evaristo y yo empleamos la vía marítima, por otra parte infinitamente más cómoda que la terrestre, pues aquellas personas que tuvieron que utilizar el tren de los años cuarenta jamás podrán olvidarlo. Se sabía cuándo se salía, pero la llegada era incógnita. Sin mencionar el lamentable aspecto que se ofrecía después de veinticuatro horas metido en un tren tirado por locomotora de carbón.
Los componentes del Curso eran, en su gran mayoría, compañeros de mi promoción, con la excepción de dos Tenientes de Navío, con los que hicimos excelentes migas. Entre los participantes estaba también Pancho Suárez-Llanos que, en unión de José María Zumalacárregui, Quico Fernández-Aceytuno y yo, integramos el cuarteto que compartía la misma camareta, formada por literas y taquillas metálicas, dispuestas en una de las enormes naves del Hospital de la Escuela Naval, donde fuimos alojados por el tiempo que durase el curso, al no disponer la Escuela aún del simpático hotel del que hoy disfruta. En aquella camareta nacieron las mejores poesías que Pancho y yo escribimos para la posteridad... si se hubiesen conservado.
Lamentablemente, los originales, casi ilegibles por el trazo inseguro tanto como por las frecuentes salpicaduras de coñac, han desaparecido sin dejar rastro. Tal vez sea mejor así, pues no eran fácilmente asimilables para el público no iniciado.
El ritual era ligeramente diferente del empleado cuando escribíamos en Portugalete, pues al disponer de más espacio, adornábamos el recinto con colgaduras tales como vistosas toallas, amén de albornoces de alegre colorido que causaban una enorme envidia a Teté Fontenla, un Teniente de Navío destinado en la Escuela Naval, cuya máxima aspiración por entonces era ser autorizado para tomar parte en aquellas juergas literarias. No siempre le admitíamos, pero alguna vez que se nos unió, la trompa que agarró fue épica... No ha podido olvidarlo. Ni nosotros tampoco.
Mientras, el resto de los compañeros se iban a Pontevedra, donde pasaban felices momentos con las chicas en el Casino o en los bares de moda, de los cuales recuerdo con especial nitidez el llamado Urquín, en el cual, por aquellos días, cantaba Antonio Machín, un simpático morenito cubano, cuyas canciones han marcado toda una época, siendo objeto de reiteradas interpretaciones por modernos cantantes. A guisa de muestra, ¿quién no ha oído "Angelitos Negros", "Tres Palabras", "Madrecita", etc., etc.?
Entonces conocí a Vivi.
Me parece recordar que fue en la playa de Portocello, durante la primavera, aunque ella, al tratar de rememorar nuestro primer encuentro, solía asegurar que este tuvo lugar en el Casino de Pontevedra. Sea como fuere, lo que sí recuerdo perfectamente es que cierto día, tumbados en la arena de la playa, estaba yo silbando el intermedio de la Leyenda del Beso, cuando ella me preguntó si yo sabía quién era el autor de aquella melodía. A partir de entonces mis recuerdos se hacen más firmes y claros.
Vivi y su inseparable amiga, María Esther Pardo, eran "Las Ratitas" para Evaristo y para mí. Muchas tardes salíamos con ellas, para lo cual íbamos a recogerlas a la pensión donde vivían, pues ambas eran funcionarias de la Diputación Provincial de Pontevedra, y Vivi trabajaba en la Dirección General del Patrimonio Forestal. Como ella solía decir, no podía cortarse un árbol en la provincia sin su autorización y siempre procediéndose a su repoblación. Eran otros tiempos. Hoy es una pena contemplar los montes gallegos, antaño cubiertos de árboles y en la actualidad pelados como los que más, cuando no reducidos a cenizas por los continuos incendios forestales que todos los veranos asolan aquella hermosa y querida región española.
Bien, el caso es que, como iba diciendo, con mucha frecuencia salíamos juntos Evaristo y yo con María Esther y Vivi, con lo que nuestra amistad se hizo más estrecha, dando paso a una simpatía mutua que, por mi parte, muy rápidamente se trasformó en amor.
Como una parte del juego que nos traíamos entre los dos, Vivi y yo nos llamábamos esposo y esposa, y esta denominación era usada por nuestras amistades, que solían informarnos diciendo "He visto a su esposa en la Peregrina" o "Tu esposo te espera en el casino".
Para que el juego fuese más real y para que el dinero me durase más, yo le entregaba gran parte de mi sobre, que ella me administraba con la eficacia que luego demostró en esos menesteres. Estaba claro que esta tercera visita a Galicia iba a resultar decisiva para mí, que ya había escapado dos veces a las dulces galleguiñas. Como muy bien dice el refrán, a la tercera va la vencida y yo, por otra parte, no tenía ninguna gana de resistirme a aquella mujer que tanto me gustaba. Más difícil me resultó el convencerla de la seriedad de mis intenciones... pero no adelantemos a los acontecimientos, que todo se andará, Dios mediante.
Muchos fines de semana los pasábamos en Vigo aprovechando el viaje que uno de los destructores afectos a la E.N.M. hacía para llevar a los alumnos que quisieran ir a aquella ciudad. Vigo tenía entonces un magnífico Club Náutico en el que los Caballeros Alumnos de la E.N.M. eran agasajados y mimados por las niñas viguesas con miras a un posible noviazgo.
No fue precisamente un Caballero Alumno sino nuestro compañero, el Alférez de Navío Federico Fernández-Aceytuno, el primero que cayó. Me parece estar repitiendo la escena de aquella noche de sábado, en la terraza del Club Náutico de Vigo, cuando aún tembloroso por la reciente emoción, nos dijo a los otros tres componentes de la Camareta: "Felicitadnos porque ya somos novios desde ahora mismo". También desde aquel momento, Piluca Sanjurjo entró en el círculo de mis amistades y quiera Dios conservarles muchos años más tan unidos como están hoy, cincuenta años después de la referida escena.
El curso continuaba su ídem, haciendo salidas a la mar, algún que otro viaje a Mallorca y colaboraciones con la Flota para controlar sus ejercicios de tiro real.
Es curioso que algo tan importante como el cese de la Segunda Guerra Mundial no figure en mi Hoja de Servicios, aunque no sea más que como un simple comentario. Porque aquel año de 1945, los 4.500 kgs. de una bomba atómica salieron del bombardero "Enola Gay" llevando en sus entrañas la muerte y desolación para la ciudad mártir de Hiroshima.
Eran las 08:15 del 6 de Agosto.
El 15 de Agosto el Emperador Hiro Hito se dirigió por radio a su pueblo anunciando el fin de la guerra. El Almirante Onishi, a la cabeza de aviadores, oficiales y jefes de la Marina Imperial, congregados ante el palacio del emperador, se hicieron el harakiri.
El 2 de Septiembre, a las 09:00, a bordo del "Missouri", fondeado en la bahía de Tokio, fue firmada la capitulación y con ella el cese de las hostilidades que habían durado seis años y un día.
Tras esta rememoración del final de la guerra, vuelvo al curso de Tiro donde lo habíamos dejado. Decía que hicimos algún que otro viaje a Mallorca, Barcelona, Ferrol del Caudillo (entonces se llamaba así), como complemento del curso. Hoy, al comparar los viajes de estudio del mismo curso que yo hice, no puedo menos que sonreír. Los alumnos del curso de Tiro visitan las más renombradas factorías de Europa relacionadas con las armas, sensores y computadoras en las que se integran todos los elementos que hoy componen una instalación de control de tiro de una moderna unidad.
No recuerdo exactamente el mes, pero fue en el primer semestre, después de haber conocido a Vivi, cuando me atacó un virus que me produjo una hepatitis con una tremenda ictericia que me redujo al triste estado del enfermo hospitalizado. Tanto los médicos como las monjitas del hospital me cuidaron con gran cariño y se empeñaron en que comiese. Siempre he sido gran tenedor, pero la simple visión de la comida en aquel estado me producía náuseas y asco incontenible.
Recuerdo la satisfacción con que recibía los recados de mi "esposa" que me llegaban por los compañeros del curso. Tal vez dichos recados tuvieran un beneficioso efecto en la evolución de mi enfermedad que, tras un par de semanas de convalecencia, curó para siempre jamás.
También ocurrió a finales del primer semestre lo que voy a contar, relacionado con el auxilio que prestábamos en los ejercicios de tiro real.
Estábamos en el día 20 de Junio cuando fui designado, junto con Evaristo y Zumalacárregui, observadores del tiro de la flota, para lo cual embarcamos en el remolcador "RR 19", cuya misión era remolcar el blanco sobre el cual había que tirar. Naturalmente, si el primer ejercicio se calculaba iniciar a las ocho de la mañana, como el área utilizada estaba a veinte millas al W de la isla de Ons, el remolcador tenía que salir a medianoche para encontrarse en su punto inicial, con el remolque de mil metros tendido, navegando al Oeste a la máxima velocidad compatible con la seguridad del blanco y los medios de observación preparados.
Los cruceros y destructores alcanzaban su punto inicial con un par de horas de navegación, despachaban su ejercicio y regresaban a Marín en otro rato de plácida navegación, mientras comentaban las incidencias del ejercicio apurando unas copas de pink gin.
Pero el ejercicio no se despachaba en un par de horas. La flota estaba compuesta por tres o cuatro cruceros y unos doce o quince destructores que, uno tras otro, habían de descargar sus cañones sobre el blanco.
Como el rumbo del blanco era siempre, más o menos, al oeste, al terminar el último buque su última salva, el "RR 19" estaba llegando a las Antillas, donde había de dar la vuelta, recoger el remolque y regresar a Marín.
Nunca logramos, durante los seis días que duró el tiro, llegar a puerto antes de las diez de la noche, con tiempo casi justo para preparar la salida del día siguiente.
Varias emociones se pueden experimentar remolcando un blanco para un ejercicio de tiro real, pero todas empalidecen ante la visión de los ocho enormes cañones de los cruceros, cuando estos, tras izar la bandera indicadora de su condición de alistamiento, hacen girar a aquellos, concentrándolos sobre el blanco. Como la distancia del ejercicio es, más o menos, alrededor de los veinte mil metros, la impresión que producen los cañones es la de estar apuntando directamente al puente de mando del remolcador.
Con secas gargantas y forzadas sonrisas se aguarda el temido momento del fuego, ocultando el miedo tras los prismáticos graduados para la observación mientras, sin saber por qué, uno no cesa de repetirse una frase muy taurina: "Ocho hermosos cañones, ocho".
Por fin se produce la orden de fuego y, desde el remolcador, una oración se eleva al cielo para que el Director de Tiro ejecutante se lleve la ansiada diana, preciada distinción al buque que mejor quede en la competición. Porque el tremendo fogonazo de las ocho bocas de 120 mm es el anuncio de que otros tantos proyectiles vuelan a increíble velocidad hacia tu cabeza. Si los cálculos están bien hechos, los "boniatos" caerán en las proximidades del blanco y nosotros, desde el puente, anotaremos con gran satisfacción la dispersión de la salva. Pero no siempre ocurre así y, aunque parezca mentira, más de una columna de agua, a pocos metros del remolcador, avisa que algo no funciona correctamente. Y según los métodos de tiro en vigor por aquellas épocas, tres salvas más vienen por el aire sin que el Director de Tiro pueda introducir corrección alguna.
Para los curiosos añadiré que una trayectoria de veinte mil metros dura más de medio minuto, tiempo que permite al atribulado observador pensar en muchísimas cosas, a cual más sombría.
De todas maneras, es una gloria contemplar a un buque del porte de nuestro Crucero "Canarias", navegando a gran velocidad, con un airoso penacho de humo coronando sus chimeneas y sus bocas de fuego vomitando ídem.
Uno de aquellos días, al tratar de recoger el remolque para regresar a Marín, se produjo una avería a bordo del blanco que obligó al Comandante, el Teniente de Navío Saturnino Suanzes, igualmente alumno del curso, a atracarse a aquel para dejar a un Cabo de Maniobra y un marinero que tratasen de solventar el problema que, a medida que pasaba el tiempo, se iba enconando. Pero, ahora que lo pienso, creo que lo mejor es hacer un resumen, con las mismas palabras estampadas en el expediente que con aquel motivo se instruyó. Así pues, a partir de ahora copiaré literalmente, aunque saltando sobre lo que no interese.
"...Esta maniobra duró aproximadamente dos horas durante las cuales, debido a la marejada gruesa del S.W. y viento del mismo cuadrante, de fuerza seis, ambos hombres trabajaron constantemente barridos por los golpes de mar. Para recogerlos se intentó atracar de popa, lo que resultó imposible, escorándose el blanco y viniéndose abajo la pantalla. En este momento ambos hombres se arrojaron al agua para venir palmeándose por el remolque, haciéndolo rápidamente el marinero, no así el Cabo Osorio el cual, al llegar a la mitad del recorrido, a unos cuarenta metros de la popa, pidió auxilio, arrojándose al agua en su ayuda el marinero Rosique, completamente vestido, llevando un salvavidas cuya guía se enganchó en el cable de remolque. Al ver esto, el A. de Navío D. Tomás Gómez Arroyo se lanzó al agua con otro salvavidas que consiguieron colocar al Cabo Osorio entre los dos. No se arrió un bote por las condiciones de mar, lo que dará idea del peligro que suponía arrojarse al agua".
El expediente concluye con un escrito de la Junta de Clasificación y Recompensas en el que se dice:
"...Por unanimidad se acuerda se conceda a dicho Oficial la Cruz de 1ª Clase del Mérito Naval con distintivo rojo, y la de Plata de la misma Orden y pensionada con doce pesetas cincuenta céntimos mensuales, mientras permanezca en servicio activo o hasta su ascenso a Suboficial, al Marinero de 2ª José Rosique".
Ignoro lo que habrá hecho el Marinero Rosique con el dinero que tan generosamente le proporcionó su acto heroico, pero seguramente no le habrá llegado para un chalet en las afueras de Cartagena, lugar del que, sin duda a juzgar por su apellido, es su familia.
De todas maneras, el recuerdo de aquel episodio le habrá llenado de satisfacción, como me ocurre a mí.
Lo que no se cuenta en el expediente es el frío que pasamos, pues las aguas del Atlántico Norte, aun en latitudes de los 40 grados, no pasan de una temperatura de 18º centígrados y, entre pitos y flautas, nos pasamos nuestra buena media hora en el agua. Mientras pudimos llegar a la altura de la popa por donde pudieron, al fin, izar al pobre Cabo Osorio, al marinero y a mí.
Tampoco cuenta el expediente el miedo que se siente cuando uno piensa que tiene que tirarse al agua, en medio de aquellas olas, y a tratar de ayudar a un tío que no sabe nadar y que tratará, como un desesperado, de agarrarse a tu cuello.
Todo aquello pasó por mi imaginación cuando vi a José María Zumalacárregui, que casi no sabía nadar, despojándose del chaquetón para tirarse al agua. A mi pregunta de qué iba a hacer me contestó algo así como "aquí hay que tirarse al agua", lo cual me decidió a hacerlo yo y disminuir de esa manera el número de náufragos a salvar.
Una vez tomada la resolución y despojado a mi vez del chaquetón, tomé carrerilla y, casi sin tocar la regala para evitar la ocasión de volverme atrás, me lancé en elegante zambullida a por Osorio.
No sé si fue broma o no, pero alguien afirmó que, mientras estábamos en el agua, pasó por las cercanías del "RR 19" un pez enorme. Lo único que nos faltaba era tener un encuentro con algún maldito habitante de las heladas aguas gallegas. Afortunadamente no nos enteramos hasta estar a bordo y a salvo.
Otro día de los que comprendieron los ejercicios de tiro a los que me estoy refiriendo, nos ocurrió otro incidente que paso a referir.
Ya habían terminado los tiros de todos los buques y habíamos recibido la orden de regresar a puerto cuando se nos presentó en el puente de mando el Suboficial Mayor que hacía de jefe de máquinas, con el rostro algo alterado, y con una sonrisa forzada informó a Ninón Suanzes que teníamos una "ligera emergencia en la caldera".
Instado a ser algo más preciso, el jefe de máquinas nos dijo que el cielo del horno de la caldera estaba a punto de ceder y romperse. Como encima del cielo del horno había una masa de cuarenta toneladas de agua, el asunto se presentaba feo, por lo que decidimos bajar y ver con nuestros propios ojos lo que había, y puedo asegurar que el espectáculo ponía los pelos de punta. Una enorme panza era lo que unas horas antes podríamos definir como una elegante bóveda.
De lo más bajo de la panza se desprendía una incipiente gotera que hacía pensar en una posible rotura y la consiguiente catarata de agua hirviendo sobre el hogar, con el inevitable peligro de la evaporación rápida que habría trasformado la caldera en una bomba de mortíferas consecuencias. Así lo estimó el Comandante de Máquinas que asesoraba al Almirante de la Flota, al paso que le aconsejaba no se acercase demasiado al "RR 19", por si acaso...
Nosotros apagamos los fuegos y esperamos a que nos remolcaran a puerto, haciendo nuestra entrada en Marín entre la expectación de todos los buques a los que habíamos servido de blanco. Allí acabó el episodio de los ejercicios de primavera de la Flota y con ellos una semana maravillosa de salidas a la mar y observaciones de tiro real.
Como es natural, la aventura del remolque y los incidentes ocurridos durante los ejercicios de tiro fueron la comidilla de nuestro grupo de amigos y amigas, grupo que se iba cimentando con el paso del tiempo y con el concurso de las fiestas de la Peregrina, los bailes del casino, las excursiones a los alrededores de Pontevedra y los días de playa en Portocello y Mogor, donde había que hacer verdaderas heroicidades para meterse en el agua, fría como el hielo.
Ya para entonces, Vivi me gustaba como jamás ninguna chica me había gustado y yo empezaba a plantearme la conveniencia de formalizar unas relaciones que, de momento, no tenían nada de formales. A decir la verdad, siempre había una gran cantidad de vino en mi haber que impedía la aludida formalización, a la que, por otra parte, yo me resistía como gato panza arriba. Todo el segundo semestre del curso fue una continua lucha entre mi cariño por Vivi y mi temor a perder la libertad que tan cara me era.
La influencia que ella ejercía sobre mí era tan notoria que todos nuestros amigos daban por sentado que nuestra amistad terminaría en noviazgo, a lo que yo no oponía ningún reparo... de momento, pero dejando pasar el tiempo y aplazando la decisión hasta el final del curso.
La familia de Vivi había veraneado siempre en Redondela, donde tenían parientes y amigos que aún hoy continúan viviendo allí, si no ellos, sí sus hijos y descendientes. Así pues, con mucha frecuencia los fines de semana se marchaba Vivi a reunirse con ellos en Redondela y yo me quedaba en Marín con mi amigo Pancho, dando rienda suelta a nuestra inspiración versificadora, lamentablemente perdida como ya he dicho anteriormente.
Sin embargo, tal vez por haberlo repetido muchas veces a lo largo de los cuarenta y tantos años de entrañable amistad, hay unos versos que aún recuerdo y me parece natural incluir aquí.
Fue con ocasión de una de las tantas veces que Vivi se iba a pasar el fin de semana con sus primos y amigos choqueiros (así se conoce a los naturales de Redondela), que Pancho y yo decidimos escribir unas poesías.
Más o menos, una de las estrofas decía así:
"¿Por quién mi corazón se apura? ¿A quién mi ser ansioso anhela? Es a aquella que con gran premura se apresura a marchar a Redondela."
Y terminaba aquella maravilla de rima diciendo:
"Y en prueba de amor eterno e ídem de eterna amistad firman Panchito el primero y Tomasito detrás."
Y aquella promesa de amor y amistad, rubricadas con el humo que se escapaba de la chimenea de una locomotora, dibujada con mejor voluntad que acierto, constituyeron dos constantes en nuestras vidas. Yo no he dejado de amarla. Creo que hoy, tres años después de su muerte, sigo pensando en ella como si estuviese a mi lado y, a veces, me sorprendo hablando como si estuviese junto a mí. Es posible que hoy mi amor sea más grande que lo fue cuando estábamos juntos aquí, en este mundo, y cuando veo alguna foto suya o algún detalle de la casa que me la recuerda de una forma particular, le dirijo una frase cariñosa y un piropo que me sale del alma.
Por lo que se refiere a Pancho, también su amistad es imperecedera, tanto como lo es la que me inspiró su mujer, Isabel Galán, fallecida unos años antes que Vivi.
Proféticas, de verdad, aquellas frases escritas entre los vapores del alcohol y la semiinconsciencia de la juventud.
Pero volvamos a los acontecimientos que marcaron aquel año de 1945, decisivo para los cuatro componentes del curso de Tiro que compartíamos la camareta del hospital de la Escuela Naval. Al final del primer semestre nos dieron un mes de vacaciones y cada uno marchó a su casa o a donde su familia veranease. Así pues, Pancho conoció a Isabel, y José María Zumalacárregui a Ana María Luxán, a lo largo de aquellas cortas vacaciones, pero lo suficientemente largas para determinar las respectivas uniones.
Aún me parece estar viendo las caras, entre sonrientes y ruborosas, de mis dos amigos cuando nos informaban de sus compromisos.
A lo largo del segundo semestre, Evaristo y yo continuamos saliendo con las Ratitas y disfrutando de la activa vida social del verano pontevedrés, hasta que el otoño nos obligó a refugiarnos en el café Urquín o en el casino, cuando no íbamos al cine. Recuerdo una sala que me era particularmente simpática por su nombre. Se llamaba el Cinema Victoria.
Ya muy avanzado el otoño, según consta en mi Hoja de Servicios, hicimos el viaje de estudios de final de curso.
Como ya he avanzado, nuestra economía nacional no permitía muchos dispendios, por lo que el rimbombante viaje se redujo a ir a Madrid, donde visitamos el entonces llamado LTIEMA (siglas de Laboratorios y Talleres de Investigación del Estado Mayor de la Armada), situado en Aranjuez y que hoy se ha transformado en el INISEL que, honradamente hablando, solo sé que es el Instituto Nacional de Investigaciones y algo más. Recuerdo que para entonces estaba en construcción la serie de cañoneros, más tarde llamados fragatas tipo "Pizarro", buques muy bonitos de estampa y de magníficas condiciones marineras, pero que en su armamento llevaban impreso el sello del total aislamiento que nos había impuesto la O.N.U. como castigo a nuestro régimen de gobierno y a la amistad y ayuda que, en su día, recibimos de los países fascistas, Alemania e Italia, y que posteriormente devolvimos con la División Azul.
Este "tremendo pecado" fue sancionado con la retirada de todos los embajadores acreditados en Madrid, con la única y valiente excepción de la República Argentina, a quien nunca pagaremos el inestimable favor que nos hizo al rellenar nuestro granero de trigo y nuestros frigoríficos de carne.
Aquella retirada de embajadores nos sumió en la mayor de las penurias, pues venía a colmar la desgracia de una nación destrozada por tres años de una terrible y cruenta guerra civil a la que siguió un aterrador período de seis años de conflagración mundial en el que lo único positivo que sacamos los españoles fue el no haber participado activamente en ella, pese a los continuos intentos de involucrarnos por parte de los dos bandos beligerantes. Pero no voy a profundizar en este tema y retomo el hilo de mi relato donde lo había dejado: en las fragatas tipo "Pizarro".
El prototipo de la serie se hizo famoso entre nosotros debido a que llevaba instalado, ¡nada menos!, que un radar de navegación, único entonces en nuestra Marina y que no podía ser manipulado nada más que por el Comandante o el Oficial de Derrota. Lo exhibían como algo perteneciente a otra galaxia. Era el no-va-más.
Para aquellos barcos tan modernos no había direcciones de tiro, a pesar de llevar seis cañones de 120 mm, lo que constituía un nada despreciable armamento artillero. Además sus cañones, de hispánico diseño, eran de tiro rápido y carga simultánea que simplificaba notablemente las operaciones de carga y disparo.
En el ya mencionado LTIEMA se estaba estudiando el dotar a la serie completa de algo que permitiese utilizar su artillería con un mínimo de garantía pero, pese a los buenos deseos y sobrada capacidad técnica de todos cuantos trabajaban allí, las disponibilidades económicas no permitieron pasar más allá de la puntería local y unos trasmisores paso a paso, que accionaban los anteojos de los apuntadores en función de la ley de variación, obtenida por procedimientos ya en vigor en la Primera Guerra Mundial.
Estos "logros" y otras actividades en el campo de la óptica, tales como la fabricación de periscopios para los submarinos y los sextantes tipo "Guardiamarina", fueron el meollo de nuestro viaje de estudios.
Las actividades docentes acaban, indefectiblemente, en un modesto pero suculento guateque de cerveza, vino tinto y gaseosas, con la sabrosísima tortilla de patatas y las no menos sabrosas aceitunas sevillanas, con algún trozo de queso y las riquísimas croquetas.
No me he referido al viaje propiamente dicho, es decir, al sistema de movilización desde Pontevedra a Madrid. Hoy viajan en avión o en lujosos autobuses con aire acondicionado, por flamantes carreteras; en ultraveloces trenes que circulan a trescientos kilómetros por hora, o si así conviene a los alumnos del Curso, en sus propios automóviles.
Todo esto era impensable en el otoño de 1945. Entonces no había otro sistema de locomoción que el tren con locomotora de carbón. Las vías estaban deterioradas y los vehículos lo estaban aún más. Ello determinaba una restricción de la velocidad del tren que, a veces, tenía que detenerse en alguna estación en espera de algún cruce.
Hoy parece un chiste, pero es rigurosamente cierto que el viaje entre las capitales mencionadas no se hacía nunca en menos de veinte horas, al término de las cuales los sufridos pasajeros parecíamos la encarnación del desaliño, cuando no teníamos algún ojo inflamado por la acción de las inevitables carbonillas que entraban por las ventanas.
Todo esto lo reseño para dar una idea de cómo estaba nuestra querida España el año en que terminó la Segunda Guerra Mundial y nos dejaron huérfanos de la ayuda internacional.
Por eso, cuando alguien habla del milagro alemán, refiriéndose a su espectacular recuperación tras la derrota sufrida a manos de los aliados, yo siempre arguyo que, para milagro, el español.
A Alemania la ayudaron a salir de su situación, tanto sus antiguos enemigos como los restos de su inmensa industria de guerra y la riqueza de su tierra, sin despreciar las características de laboriosidad y disciplina de sus gentes.
A España no la ayudó nadie, con la excepción ya aludida de la República Argentina. Solos tuvimos que hacer frente al empobrecimiento de nuestro país y solos fuimos subiendo, escalón tras escalón, en la tarea de rehacer nuestra agricultura, nuestra industria y nuestra convivencia con la otra mitad de los españoles.
Famosa se hizo la frase, pintada en cientos de pancartas desplegadas en la Plaza de Oriente, ante el General Franco, en multitudinaria manifestación (se ha dicho que había un millón de personas), con ocasión de la retirada de los embajadores a petición de la UN, siglas que en la versión inglesa se lee UNO. Las pancartas rezaban: "Si ellos tienen UNO, nosotros tenemos DOS".
Cuando regresamos a Marín estábamos ya a 8 de Diciembre y una semana más tarde acabamos el curso con la entrega de los correspondientes certificados de estudio y la consiguiente marcha a nuestros respectivos domicilios en espera del destino que se nos otorgase. Ello significaba para mí la separación de Vivi y la casi absoluta certeza de no volver a verla.
Se imponía tomar una decisión de enorme trascendencia.
—¿Debía dejar las cosas como estaban y volver a mi querida libertad?
—¿Debía sacrificar mi libertad y pedirle a Vivi relaciones formales?
Acuciado por la inexorable marcha del tiempo y lo importante de la decisión a adoptar, tras una noche de meditación y de profundas argumentaciones por cada uno de los dos bandos en que estaba dividido mi ser, decidí hablar seriamente con la que aún seguía llamando "esposa".
Aquella tarde nos fuimos a sentar en el Urquín, donde tantas veces habíamos oído las entrañables canciones de Antonio Machín y, más muerto que vivo y con temblorosa voz, supongo, le pedí que me aceptase como novio formal, petición que ella oyó con expresión de absoluta incredulidad.
Lo único que recuerdo con claridad es que, según ella, mi comportamiento había estado siempre influido por una considerable cantidad de alcohol en la sangre, lo que la dificultaba tomar una decisión al respecto.
Como no es el caso relatar la completa entrevista, ni por otra parte soy capaz de recordarla, dejaremos los detalles para concluir en que, de aquella entrevista salimos comprometidos para tratar de entendernos, sabiendo que iba a ser una prueba muy complicada por la casi segura separación que nuestros respectivos destinos nos iban a imponer.
Para empezar, decidí pasar aquellas Navidades en Madrid, en casa de un compañero, Paco Morales Belda, que vivía en las cercanías de la casa de Vivi. Y así lo hice.
Fueron unos días inolvidables, en los que la vida tenía para mí un color absolutamente nuevo.
Los paseos por el Madrid de los años 40, dulce y amable, tranquilo y seguro, terminaban siempre en un bar de la calle de Génova al que, por alguna razón posiblemente relacionada con su color, llamábamos "El cosito blanco", donde yo me tomaba una cerveza y ella un café con leche y un croissant, costumbre que nos duró de por vida.
Recuerdo la enorme emoción con que yo la esperaba en el lugar de la cita, pues aún no entraba en su casa, ni conocía a su familia. Me parece estar viéndola llegar hacia mí, con su esbelta figura y su rostro querido sonriéndome desde la lejanía. Luego nos tomábamos del brazo y... a pasear.
Así trascurrió el año 1945, cuyas Navidades fueron sin duda las que con mayor ilusión he vivido por muchísimas razones, entre las que cabe destacar que acababa de cumplir los veinticinco años, estaba a punto de ascender a Teniente de Navío y tenía a mi lado a la mujer más bonita del mundo entero.
¿Hace falta algo más?