1921 – 1939 · Las Palmas, Cádiz, Ceuta, Estrecho de Gibraltar
Capítulo Primero
De Las Canteras a la guerra
Poco hay que contar de mis primeros años transcurridos en la Playa de Las Canteras, donde mis padres vivieron hasta que una bronconeumonía se llevó a mi hermana mayor, Anita María, el mismo día en que cumplía los seis años.
Nos trasladamos a Las Palmas y en el Colegio de los Jesuitas hice mis estudios primarios y el ingreso en el bachillerato. La proclamación de la II República, en abril de 1931, y subsiguiente expulsión de los jesuitas, determinaron mi ingreso en el recién fundado Colegio “Viera y Clavijo”, en el que terminé el bachillerato en junio de 1936, unos días antes de estallar la guerra que, durante tres años, asoló a España. Tras muchas intentonas fallidas, en mayo de 1938 y en unión de un querido amigo del Colegio y de toda la vida, Matías Reina (q.e.p.d.), me alisté como marinero voluntario por la duración de la Campaña, término utilizado por entonces y que, en realidad, para los que tuvieron la mala suerte de empalmar su enganche voluntario con el servicio militar forzoso, fue solo un delicado eufemismo.
Embarcamos en el Puerto de La Luz en la motonave “J.J. Sister” de la Compañía Trasmediterránea, con destino a Cádiz, vía Santa Cruz de Tenerife, y por nuestra actitud parecía que la guerra estaba esperando nuestra colaboración para acabar. Sin embargo, el brisote canario se encargó de reducir a unos términos mucho más humildes nuestras ansias de gloria. Baste decir que, aunque hicimos el viaje en el mismo camarote de primera clase —por especial favor del Capitán del buque al padre de Matías, Práctico del puerto—, no nos vimos hasta llegar a Cádiz, donde reparamos en un especial tono verdoso en nuestras caras, así como en la pérdida de unos kilos en nuestras humanidades. La verdad es que no pensábamos en otra cosa que en el triste papel que íbamos a desempeñar como marineros, una vez fuésemos asignados a la dotación de un buque de la Flota Nacional.
Justo es hacer aquí mención especial de dos personas que, en aquellos momentos en que por primera vez pisábamos tierra peninsular, fueron nuestros padrinos y guías, allanando cuanta dificultad encontrábamos y dando solución a los problemas que se plantean a todo forastero especialmente en tiempo y zona de guerra. Me estoy refiriendo al Almirante D. Wenceslao Benítez Inglott y al entonces Capitán de Artillería de la Armada, don Félix Bordes Martín. El primero, Director del Observatorio de Marina de San Fernando, y el segundo, Jefe de la Batería a/a de la Ardila.
Quede aquí constancia de mi afecto y agradecimiento a ambos prestigiosos Jefes así como a sus esposas que, en cierto modo, reemplazaron con sus cuidados y afecto a nuestras recién abandonadas madres.
Tras unos pocos días en el Arsenal de La Carraca nos destinaron a la dotación del crucero auxiliar “Rey Jaime I”, con base en Ceuta y zona de patrulla el Estrecho de Gibraltar. Recuerdo aquella primera salida a la mar en servicio de vigilancia con nítida claridad. Al miedo al mareo se unió la absoluta falta de práctica en el desempeño de nuestros destinos en la maniobra y el perfecto desconocimiento de la siempre especial y sonora terminología marinera.
—¡Muchacho, entra de esa estacha! —me decía el Contramaestre como la cosa más natural del mundo, mientras yo trataba de averiguar lo que era una estacha y qué había que hacer para “entrar de ella”.
Tengo que reconocer que momentos antes de la hora prevista para la salida del puerto, pensé seriamente que me convenía acostarme para que el movimiento del barco me cogiera en la cama. Se nota que aún tenía resabios de pasajero de primera clase.
El Estrecho fue una zona ideal para hacer de nosotros unos magníficos marinos. Tanto si soplaba el levante como si bramaba el poniente, la mar hacía de nuestro “Rey Jaime I” una coctelera en manos de un experimentado barman.
Nuestro buque era un correo de la Compañía Trasmediterránea que antes de la guerra cubría la línea Barcelona-Palma de Mallorca, que se transformó en buque de guerra por el sencillo procedimiento de instalarle un cañón y dos ametralladoras antiaéreas, una en cada alerón del puente de navegación. Conservaba su tripulación civil, incluido su Capitán, D. Carlos Bruguera, y sus oficiales, a los que la Armada agregó un Capitán de Corbeta, Comandante, D. Luis Lallemand, y una pequeña dotación que incluía a un Teniente de Intendencia, un Teniente Médico, un Capellán, algún Suboficial (el Contramaestre de la incomprensible jerga y un Condestable, entre otros), y unos pocos marineros con tres Cabos, uno de Maniobra, otro de Artillería y otro de Sanidad, que eran, al mismo tiempo, nuestros mandos directos a bordo y nuestros amigos y mentores cuando salíamos francos de servicio en puerto.
De entre todas aquellas interminables y aburridas singladuras que transcurrían entre Punta Almina y Cabo Espartel hay que destacar las noches previas al intento de cruzar el Estrecho hacia Cartagena por parte del destructor de la Escuadra Roja “José Luis Díez”, intento que concluyó con el combate en las proximidades de Punta Europa, al sur de Gibraltar, con el minador de la Flota Nacional “Vulcano”, que obligó al destructor a varar en la Playa de Levante del Peñón y su posterior internamiento en el puerto de Gibraltar, hasta el final de la guerra. Al “Vulcano” le fue concedida, por aquella acción, la Medalla Naval.
Por lo que a mí respecta, tengo que reseñar las dos heridas que sufrí en aquella campaña que transcurrió entre mayo de 1938 y abril de 1939. La primera se originó al quedar mi pie derecho atrapado entre las partes fija y móvil de la boya a la que estaba dado el cabo largo de proa de nuestro buque, en el Arsenal de La Carraca. El giro de la boya alrededor del arganeo al que estaba afirmado el cabo, me sumergió y me retuvo allí, bajo el agua, hasta que, sin saber cómo ni por qué, salí por el otro lado cuando ya estaba a punto de ahogarme. La herida que se me produjo en el empeine del pie tardó varios meses en cerrar. La otra herida fue producida por mi errónea apreciación de la velocidad de un tren y la altura a la que está el estribo sobre la vía. Una noche, con el barco atracado en el barrio de San Severiano, regresábamos Matías y yo de San Fernando en un tren que iba a Cádiz y al pasar por el apeadero de San Severiano yo estimé que no era necesario seguir hasta Cádiz para luego tomar el tranvía de regreso al barco.
Estimé, igualmente, que la velocidad era la adecuada para apearme en marcha y, tras un infructuoso intento de convencer a Matías de que saltase conmigo, puse en práctica los conocimientos adquiridos en Las Palmas, cuando el acceso y salida de las guaguas era por la puerta de popa. Para mi desgracia, aquello no era una guagua, no se salía por la popa y la velocidad y altura del tren sobre la vía eran notablemente mayores que las que yo había manejado en mis anteriores experiencias.
Me coloqué sobre el estribo, flexioné las rodillas, inspiré profundamente... y salté.
¡Para qué les voy a contar la bofetada que me di!
Tras unos desmañados pasos, mejor diría traspiés, di con mis huesos en el áspero suelo donde me dejé bastantes centímetros cuadrados de piel y saqué, a cambio, una tremenda tunda de palos en todo mi cuerpo. Como pude me levanté, sacudí el polvo de mi uniforme azul, recobré mi “lepanto” (así se llama el gorro de marinero), y con un sentimiento entre corrido y avergonzado, me dirigí al barco. Eso sí. Llegué antes que Matías.
Otra experiencia que merece la pena recordar fue la llamada “Noche de los huevos fritos”. No es que a bordo se comiese mal ni poco. No. Pero se nos había antojado darnos un atracón de huevos y patatas fritas y decidimos hacerlo el primer día que estuviésemos de guardia en puerto. Así es que durante todo el tiempo que duró la vigilancia en la mar estuvimos haciendo frecuentes visitas a la cocina y robando patatas, que íbamos almacenando en nuestras taquillas. En nuestro primer día siguiente que nos tocaba de guardia, una vez terminadas las faenas de a bordo, con los francos de paseo ya en tierra, nos dirigimos a la cocina donde pusimos en práctica nuestro plan. Freímos aquel montón de patatas y las coronamos con otro montón de huevos, nos proveímos de pan, que nunca faltaba en la cocina, y nos pusimos a comer con plena dedicación a tan importante faena. Cuando dimos fin a aquella monstruosidad, a mí se me ocurrió que no era del todo improbable que me diese una indigestión y, como consecuencia de ella, tomase una cierta ojeriza a los alimentos causantes de ella, lo que habría sido una tremenda desgracia para mí, que tanto me gustaban los huevos y las patatas. Para prevenir esa desastrosa posibilidad, consideramos la conveniencia de comer alguna cosa a la que nuestros estómagos achacasen la alteración gástrica previsible y ni tontos ni perezosos, nos preparamos un tremendo bocadillo de pan y sobrasada mallorquina, que siguieron la misma suerte que los huevos y las patatas. Tengo que reconocer que la idea funcionó pues, a la descomunal ingestión, sucedió una, no menos descomunal, indigestión que determinó el esperado rechazo a la sobrasada mallorquina por un largo periodo de tiempo.
Los huevos y las papas fritas se habían salvado.
De aquella época datan mi conocimiento del pitillo para liar y del especial léxico de los andaluces. Tengo que reconocer que ambas cosas me produjeron un infinito asombro. Cuando, a mi petición de un pitillo al compañero que montaba guardia de mar conmigo, este contestó ofreciéndome una petaca de picadura y un librito de papel de fumar, tuve que pedirle que me lo liase pues estoy seguro de que habría acabado con toda la picadura sin haber logrado envolver en el papel de fumar “smoking” ni una brizna de tabaco. Muy gentilmente aquel amigo me lió el pitillito y me lo ofreció para que fuese yo el que humedeciera el filo de goma con mi propia saliva. Otra cosa era mal vista. Ni que decir tiene que aprendí a liar pitillos aunque el aprendizaje me costase más de un cuarterón de picadura. Mereció la pena.
Al referirme al léxico de los andaluces lo hago recordando a dos marineros de la Armada, ambos de Huelva, llamados Fraga y Segura, íntimos amigos, que estaban continuamente gastándose bromas de las que se reían de muy buena gana, y yo con ellos.
Pero mi asombro no tuvo límites cuando oí a Fraga que, en el colmo de la apreciación de la broma de la que acababa de ser objeto, dijo, dándole unos golpecitos cariñosos en la espalda a Segura:
—¡Pero qué hijo de la gran puta es mi compadre...!
Yo pensé para mis adentros:
—Ahora se arma la de San Quintín.
Pero para mi asombro, allí no ocurrió nada y continuaron tan amigos como siempre. Para mí llamar a alguien de aquella forma era la máxima ofensa que se puede inferir a un hombre, en nuestra sociedad isleña. Cuestión de latitud.
Por ser Matías y yo los únicos, por entonces, marineros voluntarios, fuimos considerados algo así como los peques de la dotación puesto que el resto era por lo menos tres años mayor que nosotros, lo cual nos daba alguna que otra ventajilla. Por ejemplo, a la hora de la prueba de la comida traían una bandeja al puente para que probasen el Comandante, el Segundo, que era el antiguo capitán Bruguera, y el Oficial de guardia. Cuando en la prueba había un plátano, el Segundo lo cogía y volviéndose hacia el puente alto, donde yo montaba mi guardia de serviola y ayudante del señalero, me decía:
—¡Canario! Tómalo, que es de tu tierra.
Y me lanzaba el plátano que caía de maravilla a aquella hora en la que aún no habíamos comido.
Con el señalero al que yo auxiliaba, un tal Riera, mallorquín por más señas y marinero de reemplazo, aprendí yo el alfabeto Morse y el manejo del proyector de señales. Tengo que reconocer que Riera era un águila recibiendo y que muy pocas veces tuvo que recurrir al repiqueteo de la pantalla para pedir al que transmitía que repitiese la señal por no haberla identificado. Aún me parece estarle viendo, detrás del proyector de señales con el que inquiría:
—What Ship?
A esta pregunta respondió cierta noche un buque llamado “Nicolau” de bandera griega y al que estábamos esperando de acuerdo con la orden de operaciones recibida. El tal “Nicolau” venía repleto de bacalao seco y salado que debía llevar para algún puerto de la España Roja. Fue detenido y obligado a entrar en Ceuta donde, a partir de entonces, tanto en tierra como en los buques afectos a la vigilancia del Estrecho, solo se olía y comía bacalao. ¡Si hubiese sido caviar...!
Tal vez pueda parecer que aquella época de mi vida trascurría sin grandes inquietudes espirituales pues hasta ahora solo he hablado de asuntos relacionados con el cuerpo. Sin embargo no era así. Ya he mencionado el hecho de que en aquel buque había un Capellán de la Armada que se preocupaba de nuestra vida espiritual y siempre trató de ser nuestro amigo para, de esa forma, tener un más fácil acceso a nuestra intimidad.
También es cierto que no había grandes problemas que solventar entre nosotros y eso facilitó enormemente su misión. La escritura y recepción de cartas constituía otro aspecto de nuestras actividades espirituales ya que, casi en su absoluta mayoría, eran dirigidas o procedían de nuestras casas o nuestras madrinas de guerra. Este es otro aspecto del que conviene hacer mención al tratar de rememorar aquel capítulo de mi vida.
A las generaciones actuales les parecerá imposible comprender que viviésemos pendientes del correo ya que hoy no se reciben más cartas que las que proceden de los bancos o de la correspondiente delegación de Hacienda. Sin embargo era uno de los momentos más esperados del día aquel en el que el cartero voceaba los nombres de los agraciados mientras agitaba en el aire un sobre. Y si ese sobre era reconocido como el empleado por la madrina de guerra, entonces la emoción subía de punto hasta alcanzar cotas elevadísimas ya que los que, como Matías y yo, no teníamos novia, el papel de la madrina era como un sucedáneo del de aquella. Creo no exagerar si aseguro que todos los que nos escribíamos con aquellas adorables criaturas que nos alegraban la vida con sus cartas, estábamos en mayor o menor grado enamorados de ellas. A mí, por lo menos, así me ocurrió y recuerdo con gran ternura a aquella mujercita malagueña que contribuyó a endulzar la poco grata vida de un marinero en tiempo de guerra. Ella era hermana de uno de nuestros compañeros de la dotación del “Rey Jaime I” y desempeñaba una plaza como enfermera en el hospital de Málaga. Se llamaba Pilar y unía a la gracia de la mujer andaluza la simpatía de una esmerada educación y un innato sentido del humor que hacía de la lectura de sus cartas un entretenimiento inigualable. Yo no la conocía personalmente aunque ello no fue obstáculo para que mi caso fuera diferente del resto de los que, como yo, se carteaban con una chica. A través de sus cartas llegué a quererla como si fuera mi novia y esperaba sus cartas con auténtica ansiedad, hasta el extremo de posponer la lectura de las que enviaba la familia para después de haber gozado con la de la madrina. Espero que la vida le haya deparado tanta felicidad como yo le deseo.
Tras un permiso que nos permitió pasar la Navidad de 1938 en casa, nos reincorporamos a nuestro buque en una época en la que el final de la guerra era ya palpable. Había caído Barcelona y en Cartagena se había producido un intento de golpe de fuerza que se saldó con un baño de sangre a cargo de la represión. Para los buques de la Escuadra Roja ya estaba claro que tenían que abandonar su base, por lo que, tras los oportunos acuerdos entre gobiernos, se decidió su internamiento en el puerto de Bizerta.
En consecuencia salieron de Cartagena tres cruceros, el “Libertad”, el “Miguel de Cervantes” y el “Méndez Núñez”, junto con diez destructores de la clase “Churruca” y algún submarino, que, previo acuerdo con el gobierno francés, fueron totalmente abandonados por sus dotaciones y fondeados en espera de la llegada de las que habían de recuperarlos para la España Nacional. Para este menester, en Palma de Mallorca se había creado un núcleo de personal compuesto por Jefes, Oficiales, Suboficiales y marinería cuya misión era la de marinar aquellos buques con los puestos necesarios y suficientes para regresar a Cádiz. A este núcleo fuimos incluidos mi inseparable Matías y yo. Nos mandaron a Palma donde embarcamos en el trasatlántico “Marqués de Comillas” que nos trasladaría a Bizerta.
Ya a bordo del “Marqués de Comillas”, fueron constituidas las minidotaciones que se iban a hacer cargo de los buques que, hasta entonces, habían sido nuestros enemigos. Como siempre inseparables, Matías y yo fuimos asignados al destructor “Gravina” al cual fue también destinado un Alférez de Fragata con el que, desde entonces, me une una estrecha amistad, originada por el hecho de que tanto él como yo, estábamos bajo la tutela del Director del Observatorio de San Fernando y ex Comandante Director de la Escuela Naval Militar, Don Wenceslao Benítez, compañero de promoción del padre de Juan Carlos Muñoz Delgado, que este era el nombre del Oficial al que me he referido antes y que, andando el tiempo, llegaría a alcanzar el grado de Almirante.
Del viaje a Bizerta solo recuerdo el asombro que me producía el hecho de que, pese a la fuerte marejada que había en el mar, el “M. de Comillas” apenas se movía con un lento e imperceptible balance. Yo pensaba que con aquellas olas nuestro “Rey Jaime I” estaría bailando como un descosido. Al llegar a la enorme bahía de Bizerta, en la tarde del 31 de marzo, nos trasbordaron a nuestros respectivos destinos y... a trabajar. No hubo oportunidad de echar una triste ojeada a la población de la que solamente veíamos las blancas casas durante el día y el alumbrado durante la noche. La verdad es que trabajo había para dar y tomar. La suciedad invadía todos los compartimentos del “Gravina”, ropa vieja y maloliente, trapos sucios, periódicos y revistas pornográficas a montañas, óxido y falta de pintura por todas partes y para completar este cuadro, los botes salvavidas y la ballenera estaban hundidos y colgando de sus pescantes. Como éramos tan pocos a las tiras de los aparejos, el esfuerzo que nos costó izarlos fue tremendo.
El día 27, previamente a nuestra llegada, había fondeado en Bizerta el destructor “Ciscar”, con el Contralmirante D. Salvador Moreno y un delegado del Ministerio de Asuntos Exteriores que gestionaron la recepción de los buques con el mando de la base.
En el viaje desde Palma de Mallorca al puerto tunecino, la mar se llevó a un marinero de la cubierta del “Ciscar”. Este detalle me fue dado a conocer, años más tarde, por un compañero de promoción, Andrés Pintó, fallecido de accidente de aviación, cuando hacía el curso de Observador Naval, en 1948.
Se izaron las banderas en todos los buques y, levando anclas, empezamos a salir a la mar, primero los buques más pequeños y por último, los tres cruceros. Era la tarde del día 2 de abril de 1939, primer día después de la total rendición del Ejército Rojo a las tropas de Franco, que marcó el final de la guerra.
Una estampa que tengo grabada en mi recuerdo es la visión del “Méndez” humeando por sus tres chimeneas de forma exagerada debido a que quemaba carbón y al lamentable estado de sus calderas y máquinas, lo que originó frecuentes averías.
Al llegar a la altura del Cabo de Palos, en la zona donde se hundió el “Baleares” en combate con unidades que hoy conducíamos a casa, se arrojó a la mar una corona de flores y se rezó un responso por las almas de los 788 hombres que, haciendo honor a lo que tantas veces cantaron al entonar el himno, allí encontraron la gloria y la muerte. El himno decía en una de sus estrofas... “que por España tenemos —con la muerte o con la gloria— una cita en alta mar”. Sin más incidencias, en la noche del día 5 entramos en Cádiz y, como consecuencia de un reajuste de personal, fuimos trasladados al destructor “Almirante Valdés”, que mandaba el C. de Fragata D. Pedro Fernández, en el que permanecimos hasta que la convocatoria para la Escuela Naval nos “obligó” a volver a Las Palmas a fin de prepararnos convenientemente para la oposición. Así pues, a finales de abril, primeros de mayo, regresamos a casa, donde un profesor de Educación Física y otro de Matemáticas, se hicieron cargo de nuestro cuerpo y nuestra mente para mejor afrontar el duro trance del examen que, si bien no era muy difícil, era durísimo por el número de opositores en proporción a las plazas convocadas.
Recuerdo que nuestra preparación física iba dirigida a superar las pruebas programadas de las que, a nuestro juicio, la más importante era una marcha de tres mil metros. Las otras tenían menos relevancia por lo que nos dedicamos más intensamente a prepararnos para la marcha. Nos levantábamos muy tempranito y como vivíamos casi juntos, en la calle de Canalejas, nos íbamos caminando hacia la playa de Las Alcaravaneras donde nuestro profesor de gimnasia nos hacía sudar de lo lindo para mejorar nuestro físico.
Después de la gimnasia dedicábamos algún tiempo a la resolución de varios problemas de matemáticas elementales y por la tarde salíamos de paseo con nuestras amistades, de cuya actividad conservo bastantes fotografías tomadas en el Parque de San Telmo.
A propósito de fotografías, he observado mirando las de aquella época que los pocos meses trascurridos desde mi ingreso en la Armada, hasta nuestro desembarco del “Almirante Valdés”, habían dejado una muy perceptible huella en mi físico, transformándome de un joven adolescente, con carita de niñato, en un robusto marinero que ya necesitaba afeitarse todos los días. Desde antes soy un convencido de las excelencias del servicio militar y de su beneficiosa influencia en la formación de la personalidad del individuo.
A mediados del mes de junio nos presentamos en San Fernando para tomar parte en las pruebas para el ingreso en la Escuela Naval Militar de las que pasamos sin dificultad el reconocimiento médico y las de aptitud física. Bueno, esta segunda prueba requiere un más detenido examen por mi parte ya que, según me enteré más tarde, estuve a punto de ser rechazado por el excesivo número de pulsaciones que me apreciaron al terminar el último ejercicio. Y eso que los tres kilómetros me los recorrí casi de paseo pues aún no había oído hablar de la marcha atlética y lo que hice fue... pues eso. Un paseo.
Recuerdo que había otro compañero de la dotación del “Rey Jaime I”, precisamente el hermano de mi madrina de guerra, que sí fue entrenado en esa práctica y el tío trotaba como un caballo. No sabría decir cuántas veces me adelantó en las diez o doce vueltas que teníamos que dar al campo de fútbol en el que tenían lugar los ejercicios, pero aún resuenan en mis oídos el sordo rumor de sus zapatillas, aproximándose por mi popa y la cuchufleta que me dedicaba en cada uno de los adelantamientos.
¡Volaba!
Superadas estas dos pruebas iniciales, pasamos a la que, para nosotros era la más difícil: la resolución de varios problemas de Aritmética, Geometría, Álgebra y Trigonometría, donde tengo que reconocer nuestra precaria preparación. A trancas y a barrancas, tras muchos sudores y meritorios intentos, entregamos nuestro trabajo y nos reunimos con el resto de los que habían pasado por los mismos tormentos que nosotros dos. Para mi asombro, todos ellos estaban seguros de haberlos “clavado”, frase que significaba la exactitud de los resultados obtenidos.
Yo, desde luego, no había clavado ninguno, pero sí había trabajado como un negro, buscando soluciones a aquellos, para mí, incomprensibles acertijos. Tal vez fue la buena voluntad demostrada lo que determinó mi aceptación posterior.
Habida cuenta de que, entre los opositores estaban los que se habían presentado en las últimas oposiciones normales, en junio de 1936, es natural que aquellos problemas les resultasen extremadamente sencillos. No era mi caso.
Y la prueba de lo que digo es que cuando se publicó la relación de los cien afortunados mortales que iban a constituir la tercera promoción de después de la guerra, ni Matías ni yo figurábamos en ella, por lo que, de acuerdo con las normas de la convocatoria, debíamos presentarnos en las oficinas del Detalle de la Escuela Naval, para que nos refrendasen nuestros pasaportes de regreso a Las Palmas, donde deberíamos esperar la segunda oportunidad que teníamos para intentar el ingreso en la Escuela.
Tras el oportuno y cariacontecido informe de nuestra desafortunada actuación a D. Wenceslao y D. Félix, embarcamos en Cádiz en el correo “Ciudad de Melilla” que, a su velocidad sostenida de ocho nudos, nos trasladó a Las Palmas, donde recalamos una hermosa mañana de principios del verano.
Allí, en el muelle de Santa Catalina, esperándonos, estaban nuestros padres, lo que me hizo sentir un poco abochornado al pensar en las inevitables explicaciones que tendría que dar, en especial a Papá, quien nunca entendió muy bien que yo pudiese ser suspendido en mis estudios.
Para mi sorpresa, la actitud de Papá no era la que yo me esperaba. Me hizo una señal, pasándose el índice por el cuello, en clara actitud degollatoria, que terminó con el resto de moral que me quedaba.
Pero la sonrisa que adornaba su cara no encajaba con la idea de un padre atormentado por el deshonor. Yo traté de componer una figura que me presentase como víctima de las circunstancias, pero me desconcertaba la incomprensible alegría que resplandecía en el rostro de mi padre. Desde la cubierta del “Ciudad de Melilla”, intentaba hacerle comprender que mi fracaso se debía más a la mala suerte que a mi falta de preparación. Tal vez mis gestos no fueron adecuadamente interpretados o, quizás, trataba de hacerme menos dolorosos los primeros instantes de la reunión; lo cierto es que allí estaba mi padre incomprensiblemente risueño cuando yo me estaba preparando para una larga perorata recriminatoria.
Cuando acabó la maniobra de atraque, con nuestros sacos de marinero al hombro, descendimos Matías y yo al muelle y nos acercamos a nuestras respectivas familias para darles el abrazo de saludo. Fue entonces cuando me dijo Papá que se había recibido un telegrama de la Escuela Naval en el que se me notificaba que “por ampliación de plazas ingresaba en la Escuela y que debía incorporarme inmediatamente”.
Según me han contado mis padres, creo que di un salto tan fenomenal que el saco salió despedido a varios metros de distancia y lancé un enorme alarido de alegría. ¡Al fin mi sueño se había hecho realidad!
En el mismo barco y ya sin el que hasta entonces había sido mi compañero inseparable, regresé a Cádiz y me presenté en Capitanía General.
De mi Hoja de Servicios copio lo que sigue:
AÑO 1939. “Como resultado de los exámenes verificados al efecto en la Escuela Naval Militar, fue admitido su ingreso en la misma, en las condiciones señaladas por la citada Orden de Convocatoria. El 5 de julio del año marginal, por disposición de la S.A. del Departamento Marítimo de Cádiz, ingresa en esta Escuela como Alumno del Curso Preparatorio para ingreso en el Cuerpo General de la Armada, causando baja por tal motivo en el destructor “Almirante Valdés”. Por Orden de 19 del mismo mes (B.O. nº 202) se confirma su admisión en la Escuela Naval Militar”.
Antes de cerrar este capítulo de mis memorias, debo hacer constar la extremadamente mala situación financiera por la que atravesaban mis padres cuyo “modus vivendi”, que era la fábrica de cervezas “La Tropical” y chocolates “El Escudo”, se habían perdido al hacerse cargo de ellas el grupo de acreedores, por una cantidad irrisoria.
Mis padres con sus siete hijos restantes, entre los 16 y 3 años, tuvieron que abandonar la casa donde habían vivido por varios años, perdieron toda clase de ingresos pecuniarios y alquilaron una casa en la calle Domingo J. Navarro. Allí Papá dedicó su tiempo a lo único para lo que se había preparado cuando joven; a la fotografía y a la pintura, artes ambas en las que llegó a tener una bien merecida fama de gran artista.
Desde aquí un emocionado homenaje a él y a mi madre, su valiente compañera en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza...
¡Dios le habrá reunido nuevamente allí donde la felicidad no acaba!