1946 · Las Palmas, Madrid
Capítulo Sexto
El Marte y el noviazgo
Mi regreso al hogar paterno, tras aquellas vacaciones en Madrid, fue un acontecimiento familiar, pues todos querían saber quién era la que me había metido en el bote, qué intenciones eran las mías, si era o no guapa y de buena familia y tantas y tantas preguntas que yo respondía con verdadera satisfacción pues, como queda dicho, Vivi era la mujer más bonita del mundo y a su belleza innegable unía todo un caudal de virtudes y cualidades que la hacían única a mis ojos.
Como, por otra parte, mi afición al buen vino y sus derivados constituían una permanente preocupación para mis queridos progenitores, el hecho de que yo hubiera sentado la cabeza y pensara en casarme les llenaba de satisfacción, sentimiento que compensaría, en parte, la frustración que indudablemente les produciría el hecho de que mi futura esposa no fuese canaria. Estoy seguro de que alguna idea al respecto albergarían sus mentes.
¿Qué padres no han soñado con la boda de sus hijos, preparándoles una pareja a su gusto? Los míos no fueron la excepción de la regla.
Mientras tanto, la burocracia militar seguía funcionando y una orden ministerial de los primeros días del año de gracia de 1946 me destina al Minador "Marte", con base en Las Palmas de Gran Canaria, destino al que me incorporo con gran ilusión, para desempeñar la especialidad que acababa de obtener.
Hoy día, cuarenta y ocho años después, me parece estar viviendo aquellas mañanas en las que llevábamos a cabo los ejercicios de artillería con el "Marte" atracado en el muelle del Arsenal, tomando como blanco el primer buque que estuviese a la vista, entrando o saliendo del puerto, mientras el sol, invariablemente próximo a la vertical del supuesto "enemigo", hacía reverberar las aguas en mi periscopio de la dirección de tiro. Ese mismo cabrilleo es el que veo hoy, al asomarme al balcón de mi casa, para contemplar el raudo paso del "jetfoil" que ha sustituido a los entrañables correíllos negros de la Trasmediterránea que, con su cansino paso, se dirigían al confortable atraque que les brindaba el muelle de Santa Catalina, tras una noche de ajetreada navegación entre islas.
No puedo olvidar la felicidad que me embargaba por aquellas fechas. Por lo que a mí respecta, todo era positivo. El entorno familiar me envolvía amorosamente incorporándome a una colectividad tan numerosa como sana.
Yo no recuerdo que nadie estuviese enfermo a pesar de que, según dicen hoy aquellos que se autotitulaban demócratas de toda la vida, en España vivíamos malísimamente, sin libertad, sin preocupaciones por la cultura, comiendo escasa y malamente y continuamente perseguidos por la policía y la censura del Régimen.
No sé cómo pudimos sobrevivir...
Tal vez nos ayudó el hecho de que mi tío Eduardo Benítez fuese el Cronista Oficial de la Ciudad, que mi tío Cástor daba clases de piano a media ciudad de Las Palmas, que mi padre fotografiaba a la otra mitad, que Pacota Mesa y su marido llevaban al escenario del teatro Pérez Galdós a lo más florido de nuestra juventud, recreando números musicales de éxito mundial a escala local, que mis tíos Antonio y Juan abastecían de chocolate a los pobladores de la isla... y tantas otras cosas que, de alguna manera, debieron contribuir a mitigar la, según ellos, nefasta situación en que la dictadura nos había sumido.
Era la época de Jorge Negrete e Irma Vila, cantando a grito pelado las excelencias del México lindo y querido y la gracia de la Malagueña salerosa y del Soldado de levita, de Juanito Valderrama y Miguel Ligero, de Lola Flores y Manolo Caracol, de Manolete y Arruza, de Bobby Deglané y Raúl Matas, del Premio Nadal y Carmen Laforet, del deportivo "Pegaso" y la mini moto "Soriano", etc., etc.
¿De verdad, éramos tan desgraciados?
Volviendo a mi modesta persona, he de consignar que entonces empezó para mí una nueva forma de vivir, sujeto a una severa correspondencia epistolar en la que he de reconocer que siempre llevé la mejor parte, toda vez que Vivi escribía más y más frecuentemente que yo.
Cada vez que llegaba el cartero del "Marte" y me entregaba una carta, me parecía estar a las puertas del paraíso terrenal y me apresuraba a meterme en mi camarote para saborearla a plenitud.
Tal vez el hecho de haber llegado a los veinticinco años sin otra correspondencia que la ya mencionada, sostenida con mi madrina de guerra varios años atrás, añadía un incentivo más al asunto.
Después de nuestra formalización y pensando en los preparativos para la boda, Vivi había solicitado y obtenido destino a los Servicios Centrales del Ministerio de Agricultura, con lo que se trasladó a la casa de su madre, en la calle de Apodaca, en la que permaneció hasta el día en que nos casamos, aunque durante los meses de verano se trasladaban a Redondela, adonde iba yo a verla cuando tenía permiso.
El resto del tiempo, es decir, los once meses del año en que estábamos separados, lo pasábamos lo mejor posible, tanto ella como yo.
Y diré por qué.
Teniendo en cuenta que nuestras relaciones iban a ser relativamente prolongadas y que estaríamos muy separados en el tiempo y en la distancia, de mutuo acuerdo decidimos que haríamos vida de personas sin compromiso, concediéndonos autorización para salir con otras amistades, bailar, hacer excursiones, etc., no teniendo más limitaciones que aquellas que nos imponía nuestro buen criterio y el respeto debido a la otra parte. Así pues, como nuestra misión en las aguas canarias nos obligaba a navegar entre islas y efectuar frecuentes misiones a Sidi Ifni y a las plazas del África Occidental Española, Villa Cisneros, Cabo Juby y la Güera, no había tiempo para aburrirse y en todas partes nos recibían nuestras amistades con programas más o menos intensos, en los que se incluían recepciones a bordo que resultaban siempre extraordinariamente gratas.
De entonces datan firmes amistades que deben sus orígenes a alguna fiesta en las que la bebida más solicitada era el coñac estilo wisky.
De wisky auténtico no había ni rastro.
Esto me recuerda la conveniencia de presentar a algunos de los compañeros de a bordo, entre los que estaba un Alférez de Navío más moderno que yo, que se llamaba Ricardo Sobrino, al que yo inicié en el consumo del mencionado trago largo.
El Comandante, Capitán de Fragata D. Marcial Gamboa, había sido profesor de Arquitectura Naval en la E.N.M. y, andando el tiempo, llegó a ser Almirante, Capitán General de Cartagena, en cuya situación asistió como testigo a la boda de mi hija, veinticuatro años más tarde.
El grupo de Oficiales, a excepción del T. de N. Solinís, ya fallecido, estaba soltero, aunque ya se iban madurando próximas bodas pues todos estábamos comprometidos. De entre ellos haré especial mención de Pepín Bernal, Antonio Guillém y Luis de Diego, con cuyas respectivas esposas mantuvimos Vivi y yo estrecha amistad, que duró de por vida. Es de esa época, concretamente del año 1946, el retrato que me hizo mi padre, con uniforme de gala y galones de T. de N., aunque recuerdo que aún no había ascendido a ese empleo.
Consultando mi Hoja de Servicios leo:
"Por O.M. de 14 de Septiembre (D.O. nº 209), es promovido a Teniente de Navío (A), con antigüedad de 01-10-1946".
Y ya, con mis galones nuevecitos y reglamentariamente ostentados, salí dos veces en muy corto espacio de tiempo en el NODO, dándole a Vivi la satisfacción de verme en el cine. La primera vez fue con ocasión de un desfile militar durante el acto de la inauguración de la Plaza de España de Santa Cruz de Tenerife, en el cual yo mandaba una compañía de marinería.
Recientemente ese acto y desfile ha sido recogido y difundido por Televisión Española en Canarias.
La otra ocasión fue con motivo del traslado a Cádiz de los restos de D. Manuel de Falla.
El Maestro Falla, como es sabido, vivía en Buenos Aires desde Octubre de 1939, ciudad en la que falleció el 14 de Noviembre de 1946.
Vencidos los trámites burocráticos, sus restos mortales, acompañados por una hermana del gran compositor y perfectamente embalados, llegaron a Santa Cruz de Tenerife a bordo de un trasatlántico español.
El "Marte" recibió la orden de recoger el cadáver y su acompañante y trasladarlos a Cádiz, su ciudad natal, donde iban a ser definitivamente radicados.
En cumplimiento de esa misión salimos para Tenerife el día 6 de Enero, donde recogimos el enorme cajón que contenía el féretro y lo estibamos en el sollado de minas, mientras que el Comandante cedía su camarote a la hermana del Maestro. Y salimos a la mar...
De la duración del viaje —llegamos a Cádiz el día 9— infiero que el tiempo no debía ser demasiado bueno, y los que han navegado en los minadores saben de sus espléndidas condiciones marineras.
Esto quiere decir que el barco se movía bastante, lo que influyó de forma muy negativa en la ilustre pasajera, que no cesaba de pedir al Comandante que parase el barco. ¿Qué se imaginaría aquella mujer? Cuando atracamos en la Tacita de Plata, el féretro estaba liberado de su envoltura y fue descendido al muelle, escena recogida por el NODO y difundida por toda España, maniobra dirigida por mí que me permitió nuevamente saludar a mi novia desde las pantallas de cine.
Como anécdota relacionada con la mencionada misión, diré que, a partir de entonces y por un buen espacio de tiempo, todos los trabajos que requiriesen el empleo de tablas se hizo a bordo con lo que se conoció como madera de Falla. Excelente calidad, de verdad.
Aquella era la época en que la juventud, a la que por derecho propio pertenecíamos los oficiales del Minador "Marte", solíamos reunirnos en el bar del Hotel Parque, el Frontón, situado en la calle de León y Castillo, muy próximo al Parque de San Telmo, el café Bentayga, en plena calle de Triana y, más raramente, en la zona de las Canteras, donde estaba un bar, Las Cuevas, en el que tocaba el piano un gran pianista melódico que se llamaba Pepe Pérez, que hacía las delicias de la siempre numerosa concurrencia.
Una tarde del verano del año 46 —quizás mejor diría de la primavera—, estábamos tomando una copa en la barra del Hotel Parque, cuando un Capitán de Aviación, amigo nuestro, sevillano de rancia familia, Diego Vigueras Murube, comentó que estaba buscando un patrón para una balandra que tenía la Zona Aérea de Canarias.
Cuando me enteré de que se trataba de asistir a una regata de vela que se estaba organizando por primera vez, entre los puertos de Las Palmas y Arrecife de Lanzarote, le dije que yo me ofrecía para ese puesto y el Teniente de Intendencia Luis de Diego, nuestro Habilitado y gran amigo mío, allí presente, se ofreció como tripulante.
Se trataba de la primera edición de la célebre regata de San Ginés que desde aquel año no ha dejado de celebrarse ni una sola vez. Tras celebrar con unas copas la "leva" que había hecho Diego Vigueras y obtenida la aprobación del propietario de la embarcación, la Zona Aérea de Canarias, por boca de su General, y con las bendiciones del Comandante del "Marte", iniciamos los preparativos para la gran regata.
Llegado a este punto, he de hacer una pequeña digresión, para hablar del Comandante que, a la sazón, era el C. de Fragata D. Victoriano Sánchez-Barcáiztegui, un gran marino y al que yo considero mi maestro en todo lo relacionado con la profesión, tanto en la parte técnica como en la humana.
Cuando se hizo cargo del mando, D. Tanano (nombre por el que se le conocía en la Marina) trajo con él una embarcación típica de Mugardos, aparejada de balandro, con la que Luis de Diego y yo salíamos frecuentemente a bañarnos y navegar por el puerto, con lo que nos encontrábamos algo entrenadillos en los menesteres de la vela.
Como esta era una de las grandes aficiones del Comandante, no hubo la menor dificultad para que nos autorizase a tomar parte en la regata. Más bien habría que decir que nos animó y ayudó extraordinariamente con su inestimable experiencia.
Quedamos en que Diego Vigueras, su Luis, como él llamaba a Luis de Diego, y yo, en unión del marinero de la Base de Hidros que iba a acompañarnos a la regata, salimos casi todas las tardes a prepararnos para la gran ocasión.
Para ello, metíamos a bordo unas cuantas botellas de vino, unas tapitas preparadas en el "Marte" y a un grupo de chicas, amigas nuestras, que nos animaban notablemente. Si no hacían como las "majorettes" que acompañan a los equipos norteamericanos en sus desplazamientos, al menos colaboraban eficazmente en la tarea de elevar nuestro ya optimista espíritu con su mera presencia, su parloteo y su alegría.
Bien es verdad que aquello tenía más de crucero de placer que de dura regata, como era la que nos esperaba, pero a nosotros eso no nos preocupaba y seguíamos merendando a bordo y paseando a las niñas, convencidos de estar curtiendo nuestros cuerpos y fortaleciendo nuestros espíritus con vistas a San Ginés.
La regata había despertado una gran actividad entre los dueños de los grandes balandros que había en la flota del Club Náutico, entre los que destacaba, por sus dimensiones y fama, el "Tirma", cuya elegante estampa puede hoy contemplarse en la explanada de acceso al Real Club Náutico.
No creo exagerar si digo que fueron una veintena los barcos que se apuntaron para la regata, todos ellos finos, esbeltos y con grandes palos que les permitían arbolar un aparejo de muchos metros cuadrados de vela. A su lado, la pobre balandra parecía un rechoncho tonel, muy mangudo y con dos palos de muy pobre guinda que, naturalmente, era menos velero que cualquiera de sus futuros contrincantes.
Y llegó el día de la partida.
Con gran ceremonia, con asistencia de autoridades presididas por el Comandante de Marina, a mediodía de un xx de Agosto, largamos velas desde el antiguo edificio del Club Náutico, en el fondo del Puerto de La Luz, con una suave brisa del norte que permitió a todos los participantes arrancar airosamente, mientras que nosotros quedábamos rezagados con nuestro escaso andar. Para mayor desgracia, ya en la bocana del puerto, un enorme carguero nos obligó a maniobrar con el consiguiente aumento de distancia entre el grupo de participantes y nosotros. A decir verdad, con la altura de olas que había fuera del puerto, ya era muy difícil verles.
A medida que iba avanzando la tarde iba aumentando el viento y la mar que, al llegar la noche, era ya considerablemente gruesa. Todos estábamos calados hasta los huesos y ya no había modo de cambiarse de ropa, ni de comer. Los dos Diegos estaban bastante averiados y se acogieron al abrigo de la camareta, mientras que el marinero, Pedro se llamaba, y yo nos turnábamos en el manejo de la caña del timón, las escotas de las velas... y el achicador, para echar fuera la mayor cantidad posible de la muchísima agua que embarcábamos. Hay que tener en cuenta que íbamos arrumbados al estrecho de la Bocana y el viento era el clásico brisote, del nordeste y fresco. Lo único que pudimos comer aquella noche fue alguna manzana que, despistada, navegaba por el plan del barco, llevada y traída por el movimiento de la balandra.
El frío lo combatíamos Pedro y yo con frecuentes tragos de coñac de una botella que, previsoramente, teníamos.
La balandra corría que se las pelaba y yo pensaba que los otros volarían y que estarían ya llegando a Arrecife cuando yo alcancé a avistar la Bocana, donde me sorprendió una tremenda calma, lo que contribuyó a ensombrecer más aún mis pesimistas previsiones.
Y así, a ratos encalmados y otros empujados por rachas perdidas, trascurrió todo el día, avistando el puerto de Arrecife ya de noche, entrando en él al filo de la medianoche y dirigiéndonos al lugar que teníamos asignado.
Cuando pregunté por los otros barcos me dijeron:
—Es usted el primero que llega.
Para qué contar la alegría que nos entró a los cuatro tripulantes de la humilde balandra.
Dos horas después llegó el temido "Tirma", varias horas más tarde lo hizo el otro balandro y veinticuatro horas después arribó el cuarto y último de los participantes que terminaron el crucero. Los demás fueron abandonando, unos por averías y otros por imposibilidad de superar las circunstancias meteorológicas.
Comentando las causas que determinaron el extraño orden de llegada, me enteré de que todos los finos y elegantes veleros tuvieron que tomar rizos a sus velas y acogerse al relativo socaire de la costa, mientras que nuestro "tonel" navegaba alegremente con todo su aparejo al viento, cruzando airosamente por el sobre las incómodas olas.
Cosas de la mar...
La estancia en Arrecife fue épica.
Los tres o cuatro días que permanecimos amarrados en la capital de Lanzarote los recuerdo entre brumas. La generosa hospitalidad que nos dispensó el Club Náutico de Arrecife no se entiende si no está regada con numerosos cuartillos de ron y aquella oportunidad fue especialmente celebrada por tratarse de la primera vez que se corría la Regata de San Ginés, patrón de Arrecife.
Hubo discursos, entre ellos unas palabras mías con ocasión de la despedida, que afortunadamente no fueron grabadas.
La balandra ha repetido varias veces la participación en este acontecimiento, pero nunca más con el éxito de la primera.
Aquel verano, haciendo uso del pasaporte anual que el Estado concedía a sus empleados destinados en las islas Canarias, fui a Redondela a pasar el permiso con Vivi y empezar a conocer a su familia.
Previendo la cuantía de los gastos y de mi modesto sueldo de Alférez de Navío, había estado ahorrando todo lo posible, pues si bien los viajes eran por cuenta del Estado, no ocurría lo mismo con los gastos personales, a los que había que sumar los inevitables producidos por la compañía de Vivi.
En consecuencia, las calderillas que encontraba en mi bolsillo al regresar a bordo por las noches eran introducidas en una especie de hucha en la que se produjo el prodigio de totalizar una serie de cientos que me permitieron comprar a un indio un reloj de pulsera, muy bonito, marca "Medana", que tuvo gran éxito al ser entregado como regalo de la llegada a Redondela. No creo que su valor fuera muy superior a las doscientas pesetas, pero eran precios de 1947.
Las vacaciones trascurrieron totalmente en Redondela, donde me alojé en el Hotel España. Los gastos estaban perfectamente controlados para atender a mis necesidades hasta el momento en que la Compañía Trasmediterránea se volviera a hacer cargo de mi manutención y alojamiento, a bordo de su buque "Isla de Tenerife", que tenía prevista su salida del puerto de Vigo en viaje a Las Palmas, con una entrada en Cádiz.
Recuerdo que hice un trato con la directora del hotel, a la cual propuse cambiarle la cena por una copa de coñac y creo recordar que me daba una nécora, escueta colación que consumía mientras Vivi y sus hermanos cenaban en casa de sus familiares.
Luego continuaba el pelado de la pava hasta medianoche, más o menos.
Allí conocí a mis cuñados Pichi y Carmen, con los que congenié inmediatamente, entablando unas relaciones cordialísimas que perduran cuando esto escribo.
Ya en la víspera de mi regreso a Las Palmas, entramos en la tasca de un señor al que llamaban Triscallo, el cual, al enterarse de que era inmediata mi marcha, se empeñó en que lo celebrásemos convenientemente y me propuso sacar unas botellas de una reserva especial. Yo creí que era una especie de invitación en atención al dinero que me había dejado en su establecimiento y naturalmente acepté.
Cuando Triscallo me pasó la cuenta me dejó tambaleando mis finanzas.
De todos modos, pagué y con grandes dificultades pude, igualmente, saldar mi cuenta con el hotel.
Lo verdaderamente malo empezó al día siguiente, en Vigo, cuando me dijeron en la oficina de la Trasmediterránea que el "Isla de Tenerife" no llegaba hasta el día siguiente.
Horrible situación.
Sin dinero, con mi novia en Vigo, acompañándome y sin tener donde pasar la noche.
Después de comernos diez pesetas de camarones —eso lo recuerdo muy bien—, nos sentamos en un bar de la calle de Príncipe, para ver si pasaba alguien conocido.
Nuestra confianza en mi buena estrella no nos defraudó y al cabo de un rato acertó a pasar por allí un Alférez de Navío, bastante más moderno que yo y al que apenas conocía de la Escuela Naval. Me imagino su sorpresa al recibir el más efusivo saludo que nadie le ha dirigido a lo largo de su vida, saludo seguido de un sablazo con el que intentaba resolver la situación y que resultó fallido pues tampoco mi colega tenía un céntimo.
A la vista de las dificultades que presentaba el plan, "encontrar a algún conocido", decidí que lo mejor era coger el toro por los cuernos.
En consecuencia, me dirigí a la Comandancia de Marina, donde me di a conocer y pedí al habilitado un préstamo que me permitiera llegar a Las Palmas airosamente. El aludido oficial me adelantó el dinero solicitado y ya, con el ánimo notablemente elevado, pasamos una magnífica tarde, con cena y todo, me alojé en una pensión y a la mañana siguiente me acerqué al Puerto donde, ¡oh visión maravillosa!, se encontraba atracado el correo de Canarias.
El viaje hasta Cádiz fue bueno pero lento. No se le pueden pedir peras al olmo y el "Isla" no era lo que se llama una centella. Esto quiere decir que, entre el aburrimiento normal en aquellos buques que hacían la línea del Norte de España, la sed inextinguible que me aquejaba y los precios del bar, a la llegada a Cádiz estaba, más o menos, como cuando llegué a Vigo, es decir, sin blanca y con viaje de tres días y medio hasta Las Palmas, por la proa.
Afortunadamente, en San Fernando seguía de Director del Observatorio de Marina don Wenceslao Benítez, al que fui a visitar, tanto por el afecto que siempre le profesé como por la necesidad de pedirle auxilio financiero para terminar el viaje.
Naturalmente salí de su casa notablemente más alegre de lo que estaba al entrar y con la casi certeza de que mis problemas económicos habían tocado a su fin.
¡Sí, sí! ¡Que te crees tú eso...!
De nuevo la lentitud del buque, la sed y los precios hicieron de las suyas y, a la llegada a Las Palmas, cuando estábamos atracando en el Puerto de La Luz, un incauto paisano se me acercó para compartir conmigo las alegrías del feliz regreso al hogar.
—¿Qué, paisano? Ya en casita. Por cierto, ¿no tendría Ud. cuarenta durillos a mano?
Esa era la cantidad que debía en la barra del bar y que aún no había encontrado procedimiento para saldarla.
Total, que mi extrovertido y canario amigo cargó con la cuenta del bar aunque, en honor de la verdad, he de decir que mi deuda con él fue pagada al día siguiente por el cartero del "Marte".
De esta forma acabó mi primer viaje a Redondela, para visitar a mi novia.
El segundo tuvo lugar el verano de 1947, ocasión en que conocí a Tío Diego San José, casado con la Tía Lola, hermana de mi suegra y que vivió en Redondela toda su vida, después de la Guerra Civil.
Por cierto, que le causé una excelente impresión al hablarle de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós, que por aquellos días estaba releyendo. Tío Diego había sido Cronista de Madrid y era un gran admirador de D. Benito, por lo que mi conversación sobre el insigne paisano le hizo tomar muy en cuenta mi nivel cultural. También contribuyó a ello el hecho de oírme tocar el piano una polonesa arreglada de Chopin, un nocturno del mismo compositor y el andante de la sonata "Claro de Luna" de Beethoven, repertorio trabajosamente adquirido en casa de mis padres y que de alguna manera recordaban las partituras que aquellos genios escribieron en su día.
Tal vez sea llegado el momento de hablar algo de la familia de Vivi que, como queda dicho, vivía en Madrid, en la calle de Apodaca, nº 7, domicilio al que se trasladaron mis suegros con ánimo de esperar una pequeña temporada a que les entregasen un chalet en la Colonia del Viso. El proyecto se frustró al fallecer mi suegro de forma inesperada como consecuencia de una pulmonía traumática, sobrevenida a una operación quirúrgica a la que tuvo que someterse tras un accidente automovilista que le ocurrió en su Galicia natal.
Mi suegro era el compositor Reveriano Soutullo, nacido en Puenteareas, provincia de Pontevedra, autor de numerosas zarzuelas de gran éxito y que yo no llegué a conocer pues falleció en el año de 1932, circunstancia que determinó la trasformación en definitiva de lo que iba a ser una residencia transitoria: la casa de la calle de Apodaca, en la que tantos momentos felices vivimos.
Mi suegra, Victoria Sanemeterio, procedía de una familia segoviana y era una mujer de un enorme corazón y una generosidad sin límites. Su casa estaba siempre a disposición de quien quisiese alojarse en ella. La cosa más fácil del mundo para ella era sacar una cama de donde fuese para brindársela al que tuviera menester de ella. Su cocina (hay que decir que fue una gran cocinera) siempre podía alimentar a cualquiera que pasara por su casa a la hora de comer y no tuviera donde ir.
Mi suegra no hacía visitas, pero recibía a un enorme número de amigas que le demostraban una amistad incondicional y hacían de su trato un verdadero culto.
¡Y para qué hablar del cariño que le profesábamos sus tres yernos!
Por una rara coincidencia, las tres hermanas Soutullo se casaron con tres representantes de los tres Ejércitos.
La mayor, Carmen, lo hizo con un Teniente de Artillería, Luis Arija, natural de Carrión de los Condes y que andando el tiempo se retiraría de Coronel, fijando su residencia en Madrid, mientras que la menor, María Rosa, lo haría con el Teniente Enrique Polanco, del Ejército del Aire, natural de lo que más adelante se llamaría Cantabria. Entonces era Santander, a secas.
El pobre Enrique tuvo una vida más corta. Murió recién ascendido a Coronel a consecuencia de una infección hospitalaria, adquirida en el Hospital del Aire, donde se había operado de una afección coronaria, habiendo tenido once hijos en un feliz matrimonio.
La sección masculina de mis cuñados estaba compuesta por dos hermanos tremendamente distintos: Reveriano, más conocido por Pichi, y José Luis, el más pequeño.
Hubo también otro cuñado, al que yo no conocí, hijo del primer matrimonio de mi suegro, que se llamaba Paco y que murió poco tiempo antes de conocer a Vivi, la que, por cierto, vestía de luto cuando nos encontramos en Pontevedra.
Mis tres cuñados se casaron así: Paco con Perfecta Carreño, Pichi con Socorro Burcet y José Luis con su prima Nélida Soutullo, matrimonios que subsisten a excepción del primero, ya fallecidos ambos. Con esto creo queda suficientemente presentada mi familia política, por lo que se puede continuar con el relato de mis andanzas por este mundo, al que habíamos dejado en suspenso en el verano del año de 1947, con mi regreso a Las Palmas tras las vacaciones en Redondela.
Pero creo que lo que viene ahora debe constituir otro capítulo por la importancia de los hechos que vienen a continuación.