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1948 – 1949 · Las Palmas, Palma de Mallorca, Cartagena

Capítulo Octavo

Una familia y un destructor

Ya había nacido nuestra hija. Ya éramos una familia. Ya estábamos juntos los tres y ya no teníamos casa. Por vez primera íbamos a emprender el éxodo, pues a finales de septiembre, unos días después del nacimiento de Nena, el Ministerio de Marina consideró absolutamente imprescindible el trasladarme a Cartagena, a la División Naval del Mediterráneo. Obediente y disciplinado, el día 1 de noviembre me presenté en Palma de Mallorca para incorporarme al destructor “Churruca”, a la sazón allí destacado y al mando de un señor de reconocida fama de malas pulgas, por decirlo de una forma suave.

En Las Palmas se quedaron mis dos mujercitas, las que, dicho sea de paso, se hicieron dueñas del cariño de toda mi familia. Siempre se ha recordado la exclamación de sorpresa de Papá cuando, al mirar a Nena, viéndola tan espabilada y con sus ojos abiertos, exclamó con aquella forma tan particularmente suya de decirlo:

—¡Avvve María!

Mis intenciones eran buscar una casa en Cartagena y hacerlas venir una vez el “Churruca” hubiera regresado a su base, evento que se produjo a finales del mes en curso, fecha para la cual ya había yo tomado contacto con el temido Sr. Comandante.

El destructor Císcar, gemelo de clase del Churruca, en 1931. De la misma serie y silueta que el buque en que sirvió. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Recuerdo que el día que embarqué estaba de guardia un compañero de promoción, hombre reposado y de buen talante, al que yo le pregunté por sus relaciones con el Comandante.

—Bueno. Es un hombre especial, al que hay que entender. No es tan fiero como lo presentan, puedes creerme.

Yo empezaba a recuperarme de mi aprensión cuando se oyó la voz del centinela del portalón que gritaba: “¡Sr. Comandante!”, dando a continuación cuatro pitadas con el silbato.

Ni siquiera en las películas de dibujos animados he visto desplegar mayor rapidez en sus movimientos a un ser viviente que la exhibida por mi compañero en la consecución de su triple objetivo:

A.- Recuperar la pistola.

El destructor Churruca en Cartagena. Fotografía: Todoavante.es.

B.- Encasquetarse la gorra.

C.- Subir la escala que conducía a la cubierta y plantarse ante el portalón.

Unos cientos de metros separaban aún la moto del Comandante del pie de la plancha y ya el Oficial de Guardia estaba como estatua, aguardando la llegada del Amo después de Dios.

Porque hay que decir que el Comandante era admirador de las motos, solterón y, por lo tanto, maniático y caprichoso al par que un gran profesional, profundamente temido por sus inferiores y poco deseado por sus superiores. Todo un panorama para mi futuro.

Hombre inteligente, se daba cuenta de todo ello y gozaba cuando podía colocar a alguien al que desease poner en evidencia en situación incómoda.

Yo recuerdo un día, estando el barco atracado en Sóller, que mientras se preparaba para subir a la moto —una BSA de cinco caballos— nos miraba como tratando de penetrar nuestros pensamientos al tiempo que se calzaba los guantes.

Nuestros pensamientos estaban claros. Todos deseábamos que se estrellase con su moto al pasar el coll de Sóller en su viaje a Palma o a su regreso.

No se me olvidará nunca el tono de su voz y su gesto semiburlón al decirnos al salir del barco: “No se preocupen ustedes. No pienso correr”.

Este era el hombre a cuyas órdenes iba yo a estar los próximos dieciséis meses.

Volviendo al tema familiar, a nuestro regreso a Cartagena continué la búsqueda de casa, búsqueda que culminó con el arreglo hecho con una señora, viuda de alguien de la Armada, la cual nos tomó como si fuésemos familia suya, atribuyéndose al mismo tiempo las funciones de aya, cocinera y señora de la limpieza.

Como no podía menos de ocurrir, la simpatía de mis dos mujeres y la bondad de D.ª Carmen fueron la base de un magnífico entendimiento que duró mientras vivió nuestra arrendataria. Ella se autotitulaba “la tata” y Nena la adoraba.

La casa estaba situada en una zona llamada “Las Casas Baratas”, donde se habían edificado un gran número de chalets de renta baja y que, por razones que desconozco, tenían un problema con el constructor, lo que obligaba a los propietarios a depositar el importe de la amortización y gastos en el Ayuntamiento o en un banco.

En aquella época, Cartagena era una ciudad encantadora, pequeña y limpia, alegre y, sobre todo, baratísima, lo que convenía a nuestros bolsillos y economía. El clima mediterráneo y su alegre cielo azul contribuyeron enormemente a aumentar la sensación de felicidad que nos embargaba, mitigando de pasada la preocupación que mi Comandante me producía.

Unos días después de mi embarco, se unió a la dotación del “Churruca” un nuevo Teniente de Navío, Jaime de Manuel y Piniés, también casado y con un niño de la misma edad que nuestra hija, a cuya familia ayudamos a encontrar casa en las mismas condiciones que la nuestra y muy cerca de aquella.

La amistad que unió a Vivi y Concha Piniés fue instantánea y perdurable. Aún hoy considero a los Piniés como unos de mis mejores amigos, amistad que une también a nuestros respectivos hijos.

Como la distancia entre nuestras casas y el muelle del Club de Regatas era bastante grande, el trayecto lo recorríamos en bicicleta —yo usaba una de Vivi— y Jaime me llamaba, al pasar por delante de nuestra casa, con su timbre, que tenía un canto especial.

Juntos íbamos hacia el barco y juntos regresábamos a casa, cuando no estaba de guardia alguno de los dos, lo cual ocurría un día de cada tres. El tercero en el turno de guardias era otro gran amigo llamado Antonio Gómez Millán, con el que, a causa de la coincidencia de apellidos, decidimos hacernos primos. Desde entonces así nos llamamos, manteniendo este título familiar.

También vivía en el “Churruca” una pareja muy digna de descripción por lo especial de sus caracteres. Uno era un Capitán de Máquinas, solterón y melómano, gallego de Pontevedra y miembro del coro local “Toxos e Froles”, reservado y maniático, que tenía un horario particular, bastante aparte del oficialmente establecido. Ello le acarreó un sinfín de problemas con el Comandante, de los cuales salía inevitablemente “empitonado”. Yo le recuerdo, en los días que estaba yo de guardia, o cuando estábamos de maniobras, sentado en la Cámara de Oficiales, a altas horas de la madrugada, dialogando airadamente con alguna de las enormes ratas que habían tomado a nuestro destructor como su permanente vivienda, mientras se tomaba alguna bebida y escuchaba, a través del receptor de radio de la Cámara, piezas musicales de los clásicos, a los que era muy aficionado.

El otro Oficial de la pareja aludida era un Capitán Médico, igualmente melómano y persona totalmente opuesta al Jefe de Máquinas. Ramón Carreras era la expresión de la alegría de vivir: alegre, ocurrente, culto, casado y enormemente popular entre todos los compañeros de la Flotilla de Destructores, de la que era el único médico.

Ramón Carreras era conocido como “el Profesor” por todos cuantos le tratábamos, fuésemos o no de la Armada, apelativo debido a las ya aludidas características de su personalidad y a su capacidad de asumir el papel de abogado del diablo en cualquier discusión que se organizase, con independencia del tema a tratar.

En un conocido bar de la calle de Santa Florentina, el Bar Matías, había una jarra de cerveza con un letrero que decía: “El Profesor”.

¿Cabe mayor popularidad?

He mencionado a un tercer Teniente de Navío, aquel a quien yo llamaba mi primo, y que embarcó en el “Churruca” a raíz de uno de mis encontronazos con el Comandante, pero ello requiere hablar previamente del Segundo Comandante.

Este era un Capitán de Corbeta, casado en Cartagena, hombre habilísimo en quitarse de en medio en cuanto atracábamos en el muelle del Club de Regatas. Naturalmente, sus deberes recaían sobre mis espaldas al ser yo el más antiguo de los Oficiales del Cuerpo General, y fue en calidad de una de aquellas substituciones cuando el Comandante me metió un arresto por un fallo mío en calidad de Segundo Comandante. Recuerdo que me llamó a su camarote y, a guisa de saludo, me dijo:

—Es usted una calamidad. Ayer le ordené (lo que fuese) y usted no lo ha cumplido.

Yo, entonces, cargadísimo de razón e indignación, le contesté:

—No, mi Comandante. No soy una calamidad. Lo que ocurre es que Ud. tiene un Segundo, Capitán de Corbeta y por lo tanto con más experiencia que yo, y que es solamente su Segundo, mientras que yo soy su oficial de Derrota, su secretario, su director de Tiro, llevo una sección y una brigada. No le extrañe que alguna vez falle.

Salí del camarote con un arresto de veinticuatro horas, pero al día siguiente embarcó mi primo, que se hizo cargo de la secretaría y la Derrota.

Este incidente me recuerda al repostero del Comandante, del que hablaremos a continuación. Este individuo se parecía enormemente al famoso matador de toros Manolete, por lo cual entre los Oficiales era conocido por ese nombre. Al igual que su doble taurino, Manolete era de semblante serio y triste, poco expresivo y parco en palabras. No es fácil saber si sus características fueron las que decidieron al Comandante para elegirle como repostero suyo o si fue el tiempo que permaneció en aquel destino el que le marcó de por vida. De cualquier manera, cada vez que venía a la Cámara de Oficiales se producía un profundo silencio entre los presentes, silencio que recordaba al que debiera reinar cuando se leían las listas de “sacas” de presos que iban a ser asesinados en la zona republicana.

Manolete nunca entraba en la Cámara; asomaba la cabeza, tras pedir permiso, paseaba su mirada por entre los circunstantes, buscando al que tenía que comparecer ante el Comandante, y cuando lo encontraba, mirándole fijamente, levantaba ambas cejas acompañando el gesto con un significativo movimiento de cabeza indicando al “condenado” la dirección del camarote del Amo después de Dios.

Yo recibí el golpe de cejas y movimiento de cabeza varias veces y nunca fue para felicitarme por algo que hubiera hecho o para interesarse por mis problemas familiares, que por entonces empezaron y lograron amargar nuestra felicidad, hasta aquella temporada, inmensa y completa.

De este tema hablaré en el próximo capítulo, cerrando este con el relato de mis cuatro cornadas, cuatro, recibidas a lo largo de los dieciséis meses y cuatro días que permanecí en el “Churruca”.

El primer encontronazo queda relatado más arriba, por lo que no insistiré en ello.

El segundo tuvo lugar en Palma de Mallorca con ocasión de unas salidas a la mar para efectuar ejercicios de tiro real. Yo había salido a tierra para telefonear a Madrid, a casa de mi suegra, donde estaba Vivi, embarazada de muy poco tiempo y con signos de principios de aborto. El año 1949, para hablar con cualquier punto del territorio nacional que no fuese la localidad en la que uno se encontraba, había que ir a una central telefónica, pedir una conferencia y armarse de paciencia hasta que te llamaban por el número del papelito que te daban como resguardo.

Aquel malhadado día, la demora con Madrid era de varias horas. Yo esperé pacientemente hasta que ya me pareció que era la hora de regresar a bordo, dado que salíamos a la mar para un tiro nocturno y había que estar de regreso a bordo media hora antes del toque de Babor y Estribor de guardia. Así pues, me dirigí a la señorita de la centralita y le pedí me anulase la conferencia. Ella, al ver mi cara de preocupación, me dijo:

—No se marche. Voy a tratar de conseguirle su conferencia.

Ante aquella invitación y tras exponerle mi prisa por regresar al barco, esperé unos minutos que fueron los necesarios y suficientes para poder hablar con mi suegra y enterarme del satisfactorio estado de Vivi.

Pero también fueron los necesarios y suficientes para llegar tarde al barco.

Consiguientemente, el Comandante me impuso veinticuatro horas de arresto, sin importarle un pito el motivo de mi retraso. Nunca se interesó por nada relacionado con las familias de sus oficiales.

En mi tercera cornada tuvo una parte importante la manera de ser del Segundo.

Estábamos de maniobras y este me llamó a su camarote para decirme que el Comandante había dispuesto que todos los oficiales del Cuerpo General le presentasen los cálculos astronómicos que él nos hubiese mandado efectuar. Hasta aquí, todo muy normal. Pero, además, el Comandante quería que dichos cálculos le fuesen presentados en una libreta, como si fuésemos guardiamarinas en viaje de prácticas de navegación.

Como yo era el Jefe de Cámara, por ser el más antiguo, el Segundo me encargó que se lo comunicara a los interesados, a lo que yo, justamente indignado, contesté que lo comunicaría, pero que lo consideraba humillante y, personalmente, me negaba a llevar la libreta de cálculos de la situación. El Segundo me dijo:

—Ya eres mayorcito y sabrás lo que haces. Yo me limito a trasmitir una orden del Comandante.

Personalmente, creo que no hizo nada por hacer desistir al Comandante de aquella humillación.

Y, naturalmente, en cuanto salimos a la mar fui encargado de obtener la situación por observaciones astronómicas, cuyos cálculos realicé utilizando el reverso de un impreso del parte de relevo. Cuando el Comandante me pidió mi situación, le entregué el papel como la situación obtenida por un procedimiento nuevo, en el que no estaba impuesto aquel. Me preguntó al respecto y le di las explicaciones oportunas, que parecieron agradarle. Y de pronto desfogó el chubasco. Al darse cuenta de que lo que tenía en la mano era un impreso, palideció y, con la voz temblándole por la ira contenida, me preguntó:

—¿Dónde está el cuadernito?

En aquel instante se inició la desbandada de todo bicho viviente que se encontraba en el puente. El Segundo se marchó al alerón opuesto, el Oficial de Derrota se inclinó sobre el taxímetro más lejano, profundamente inmerso en obtener la más perfecta situación instantánea del buque, y el Oficial de Guardia trepó por la escala de tojinos al puente alto, lo más lejos posible de los dos intérpretes de la tragedia que se avecinaba.

—¿Qué cuadernito, mi Comandante? —fue mi ingenua pregunta, respondiendo a la suya.

—¿No le habían trasmitido mi orden? —volvió a preguntarme, ya casi sin poder hablar.

—¡Ah, sí! El cuadernito. Verá Ud., mi Comandante. He pensado en guardar todos esos papeles y, al terminar las maniobras, los coseré con un clip y ¡ya está!

Aquella respuesta mía le dejó sin habla. Salió al alerón y durante unos minutos estuvo jadeando, tratando de recuperar el habla, lo que al fin consiguió para decirme:

—Es usted un rebelde. Estaba seguro de que haría algo por el estilo. Tiene usted veinticuatro horas de arresto.

Aquel arresto saldó el asunto y, según creo recordar, nunca se volvió a hablar del tema del cuadernito de observaciones astronómicas, aunque a mí me dejó la impresión de que mi actitud había convencido al mando de lo inadecuado de la medida.

Estoy tratando de recordar el motivo del cuarto arresto y no quiere salir a superficie. Lo que sí recuerdo es que me lo anotó en mi hoja de servicios y tuve que invalidarlo con dos años de observación de conducta y petición al respecto.

Cosas del servicio.

Sin embargo, aquella intransigencia del Comandante hizo que, entre sus Oficiales, se creara un espíritu de solidaridad y camaradería que nos permitió no solo soportar aquel clima de aplicación literal del código y reglamentos, sino que llegamos incluso a disfrutar con el relato de los múltiples incidentes, a veces de carácter francamente cómico, que nos había tocado en suerte interpretar o presenciar. Más adelante contaré alguno, a guisa de muestra.

De todos aquellos arrestos, el Comandante nos pedía que firmásemos el enterado en una libreta que, al respecto, llevaba. No recuerdo quién fue, pero uno de nosotros, en un arranque de chulería, dijo que él no firmaría si le llegaba el caso. Y el caso llegó.

Y en el camarote del Comandante, este, después de notificar el arresto al interfecto, le dijo que firmase en la famosa libreta, a lo que el Oficial se negó.

Preguntado por las razones de su negativa, contestó que es que no tenía a mano un bolígrafo.

Hasta allí llegó su heroica resistencia.

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