1949 – 1952 · Cartagena, Madrid
Capítulo Noveno
Los años difíciles
En este capítulo voy a relatar, como ya había anunciado, los problemas que nos amargaron una buena parte de nuestra vida, precisamente cuando más parecía sonreírnos la felicidad y más ajenos estábamos de la calamidad que nos acechaba.
Ya he dicho que Vivi, embarazada de muy pocos meses, se había ido a Madrid donde pensaba pasar el tiempo que la Flotilla de Destructores de Cartagena había de permanecer de maniobras.
Aquel embarazo se presentaba con enormes náuseas y vómitos, por lo que Jaime Piniés nos comentó que su suegro, médico de Palma de Mallorca, en casos análogos con los embarazos de sus varias hijas les ponía una inyección de suero de la sangre del marido, con lo que se calmaban aquellos síntomas.
Yo consulté el caso con el médico de la Flotilla, que ya no era mi amigo Ramón, el cual me dijo que ya no había tiempo para obtener el suero, pero que a su juicio el mismo efecto haría una inyección de diez centímetros cúbicos de sangre mía, lo que se podía hacer inmediatamente ya que salíamos a la mar aquella misma tarde. Y así lo hicimos.
Nada más llegar a Madrid se le presentaron a Vivi los primeros síntomas de aborto, por lo que le prescribieron reposo absoluto hasta que aquellos desapareciesen, lo que nos condenó a un verano horrible en Madrid. Sin embargo, aquel reposo hizo que el embarazo continuase adelante, llegando el momento del parto sin problemas, lo que se produjo el día dos de enero de 1950.
Como yo había estado de guardia el día antes, cuando llegué a casa, ya había nacido nuestro segundo hijo, un hermoso niño.
Recuerdo la cara de felicidad de Vivi cuando me dijo, aludiendo al sexo del recién nacido:
—¡Qué suerte tienes, un niño!
Y era verdad. Teníamos una preciosa parejita, que se llevaban diez y seis meses y que nos llenaban de felicidad. También estaban felices y compartían nuestra alegría, mi suegra, que había venido de Madrid unos días antes y mi hermana Ana María, casada con un capitán de Artillería destinado en Cartagena, y que vivían con nosotros.
Al día siguiente del parto, el niño empezó a ponerse amarillo y a no querer comer, por lo que llamamos a un pediatra que, después de reconocer al crío, dijo que aquello no tenía importancia, que era la ictericia del recién nacido, etc., etc.
El caso es que el niño estaba cada día más amarillo y más desganado, pero nosotros, confiando en la experiencia del médico, no le dábamos importancia al asunto, llegando incluso a tomarlo a broma. Yo le llamaba, aludiendo a su intensa ictericia, Yamamoto. Ni por asomo se nos podía pasar por la imaginación del final que se avecinaba.
Este llegó el día de Reyes, mientras Vivi trataba de darle el pecho. Lo recuerdo como si fuese ahora mismo. Llamó a su madre y le dijo que cogiera al niño, con una cara de pánico tal que me hizo dar un salto y acercarme a ver qué ocurría.
Lo que ocurría estaba dramáticamente claro: el niño acababa de fallecer. El certero instinto materno había percibido el hecho y la reacción fue inmediata. Vivi jamás pudo soportar la visión de un cadáver y aquel hijo nuestro no fue la excepción de la regla.
Lo que siguió fue sencillamente terrible. Nosotros vivíamos en un chalet de las afueras, del barrio Almarjal, que distaba unos dos kilómetros del centro de Cartagena. Era día de Reyes, festivo, y yo tenía que buscar al médico para que me certificara la defunción y poder enterrar al niño.
Todo aquello andando, de un sitio a otro, hasta que pude localizar al médico en una iglesia, creo recordar que en la calle Mayor, y le dije lo que pasaba. Aún hoy me dura la indignación que me produjo la actitud del pediatra, el cual me dijo que no hacía falta ir a la casa a ver al niño y allí mismo me extendió el certificado de defunción.
El pobre crío se enterró y nosotros quedamos con la idea de que el fallecimiento se debió a la famosa ictericia diagnosticada por el médico, cosa que no tenía por qué repetirse en futuros casos.
Y en esa creencia, llegó el tercer embarazo.
En Mayo de aquel mismo año fui nombrado Comandante del Patrullero “RR 28”, con base en Ceuta, para donde nos dirigimos, desde Cartagena, por vía marítima, los tres componentes de la familia Gómez Soutullo, de nuevo felices ante la perspectiva de mi primer mando de mar y los primeros indicios de un nuevo embarazo que habría de borrar el amargor del anterior fracaso.
Como todo recién llegado a Ceuta en aquella época, y tras unos días en un hotel, nos alojamos en unos pisos de la Plaza de España, magníficamente situados pero con el gravísimo inconveniente de que carecían de agua corriente.
Aquellos pisos eran conocidos como “El desfile del Amor” porque la gente duraba en ellos el tiempo que tardaban en encontrar otro con agua corriente.
Nosotros estuvimos, sin embargo, bastantes meses en aquel porque en uno de ellos estaba alojado un matrimonio muy amigo mío, compuesto por Susana y Santiago Herrera, que tenían una niña de la edad de la nuestra. Susana y Santiago eran de Las Palmas y él trabajaba en una compañía de importación y exportación.
Muy pronto Vivi y Susana intimaron, lo mismo que las niñas, lo que hizo que nos sintiéramos como en casa, si cabe esa expresión.
Santiago se identificó tanto con mi barco que yo le llamaba mi segundo comandante. De hecho navegaron conmigo los componentes de la familia Herrera más de una vez, llegando incluso a hacer una excursión a Algeciras, aprovechando alguna comisión que me surgió de recoger quintos.
Muchos días íbamos a las playas que están al sudeste de Ceuta, para lo que usábamos los botes de los patrulleros, saliendo de Ceuta por el foso que la rodea. Eran unas excursiones de grato recuerdo que afortunadamente han quedado perpetuadas en varias fotos en las que aparecemos todos, padres e hijas.
Pero volvamos al asunto, tema de este capítulo.
El embarazo de Vivi continuó sin novedad, aunque sí tengo que señalar el hecho de que la psoriasis, que padeció de forma muy leve, en aquella época la atacó con furia, llenando su cuerpo de manchas y agrandando de forma muy ostensible una verruga que tenía en la parte posterior del cuello.
Y, de pronto, con mucha antelación, yo diría que más de dos meses, el día diez de noviembre del mismo año se le presentó el parto.
Avisamos a la comadrona que la había visitado desde que llegamos a Ceuta, y Crisanta, que así se llamaba, la atendió en la propia casa, sin que el parto tuviera ninguna complicación.
Sin embargo, la criatura recién nacida no llegó a respirar. Recuerdo a Crisanta salir del cuarto donde se estaba produciendo el alumbramiento y pedirnos un cigarrillo con el que, una vez encendido, se introdujo de nuevo. Luego nos explicó que el cigarrillo lo usó para tratar de provocar en la niñita un golpe de tos que la iniciase en la respiración.
No hubo suerte. La niña murió sin haber llegado a respirar, aunque nació viva.
Y lo mismo que en Cartagena habíamos dejado un recuerdo nuestro en el cementerio, en Ceuta otra pequeñísima sepultura guarda un pedazo de nuestra familia.
Aquella segunda desgracia ya nos hizo pensar que quizás no todo era mala suerte y que podría haber alguna causa que trabajase en contra nuestra.
Fue un primo de Vivi, Juan Otero, quien al enterarse de lo ocurrido nos escribió una carta en la que nos preguntaba si no habíamos hecho una determinación de factor Rh.
Fue aquella la primera vez que yo oí hablar de ese factor de la sangre, que tantos disgustos nos había causado y tantos le quedaban por causar.
Como por aquel entonces, en Ceuta el tema era desconocido, acordamos que lo mejor sería que Vivi y la niña se marcharan a Las Palmas donde, al amparo de la familia y bajo la dirección técnica del Tío Pepe, podríamos acometer el estudio del factor Rh.
Y así lo hicimos. Aprovechando que Ceuta era escala de los buques de Pinillos, una línea frutera que unía Canarias con los puertos del Mediterráneo, en uno de aquellos buques embarcaron mis dos mujercitas con rumbo a Las Palmas, donde el Dr. D. Juan Díaz, analista de reconocido prestigio, se hizo cargo del estudio. Su dictamen fue inexorable. Vivi tenía sangre Rh negativo, fuertemente cargada de anticuerpos contra la sangre Rh positivo que eran la mía y las de mis tres hijos, y según el Dr. Díaz, la sensibilización, causa de la muerte por anemia de nuestros dos hijos, fue debida a la inyección de sangre mía que le fue administrada a Vivi aquella malhadada tarde, horas antes de salir de maniobras la Flotilla de Destructores.
La concentración de anticuerpos era tal que, según Juan Díaz, era sumamente improbable que volviésemos a tener un hijo.
Con tan pesimista diagnóstico regresaron a mi lado Vivi y Nena. Tratamos de superar aquel bache y yo creo que, en parte, lo conseguimos, aunque Vivi siempre guardó un recuerdo de Ceuta, bastante menos grato que el mío, o por lo menos siempre así lo dijo. Claro que mi caso era más fácil de resolver. Yo estaba disfrutando de un maravilloso mando de mar, con unas navegaciones muy gratas, visitando puertos exóticos en toda la costa norte del Protectorado Español en Marruecos, entre ellos Tánger, cuna y nido de contrabandistas cuyas lanchas todos soñábamos con apresar algún día.
También contribuyeron a ayudarnos en la superación de nuestro abatimiento los buenos amigos que allí tuvimos.
Aparte de Santiago y Susana, otra pareja que nos ayudó mucho fue el matrimonio Marichu y Manolo Alonso, él capitán Jurídico del Ejército y ella profesora del Instituto de Segunda Enseñanza, ambos encantadores, y simpáticos y alegres, aunque un poco locos, en el buen sentido de la palabra.
Manolo Alonso era primo de mi cuñado Luis Arija, del que había recibido instrucciones para ir a saludarme a nuestra llegada a Ceuta donde ellos estaban ya destinados. Y Manolo cumplió con lo mandado.
La víspera de mi toma de mando habíamos estado celebrando el acontecimiento en mi casa con Santiago y Susana, celebración que incluyó la degustación de gran número de copas.
La mañana siguiente, cuando me dirigía a mi barco, me sorprendió bajo de forma y con un pulso tembloroso debido a la enorme resaca que me martirizaba, y fue precisamente en aquel momento cuando me abordó un señor desconocido, bajito y vestido de paisano.
—¡Hola! Soy Manolo Alonso, primo de Arija. Vengo a saludarte de su parte. Creo que vais a estar una temporada por aquí. Podemos vernos y si nos resultamos simpáticos, nos hacemos amigos y si no cada cual a su casa. ¿Te parece?
Yo no sé lo que le contesté pero sí conozco la impresión que le produje porque él mismo me lo comentó, más de una vez.
—Me causaste una tremenda impresión cuando te conocí. Te vi tan emocionado que pensé: ¡Hay que ver la emoción que experimenta este hombre al tomar el mando de un buque!
Manolo había confundido la resaca con una honrada emoción profesional producida por la toma de mando.
Marichu y Manolo vivían en un piso de construcción mucho más reciente que los nuestros y además tenían agua corriente, así que cuando quedaron vacantes dos viviendas en aquel edificio, nos mudamos Santiago y yo a ellos.
La trasera de nuestras viviendas daba a un terreno en el que durante el verano se daban películas a las que asistíamos desde nuestras respectivas terrazas, cómodamente sentados y tomando reconfortantes vasos de coñac Terry con sifón, a lo que Manolo resultó ser alérgico, alergia que se manifestaba por una inflamación del labio superior.
Naturalmente Marichu le tenía prohibido que bebiese y de un lado esa prohibición y del otro la permanente penuria pecuniaria que padecían, impedían a Manolo disfrutar del coñac con sifón. Hasta que un día descubrió la fórmula para tomar sus copas. Su piso era el más alto de los tres, después venía el de Santiago y finalmente el mío que era un bajo.
Una tarde, mientras veíamos una película, bajó del piso superior un vaso atado con un cordel y empezó a balancearse ante nuestras narices hasta que caímos en la cuenta de que era Manolo, en demanda de un trago. Tardó mucho Marichu en explicarse cómo lograba Manolo que se le hinchase el labio superior.
Otra pareja, muy amiga nuestra, era la que formaban Pepe y Cita Mollá. Pepe era el que yo relevé como Comandante del “RR 28” y se quedó en Ceuta a la espera de embarcar en una fragata que venía destinada a Ceuta y cuyo Comandante era ¡nada menos! que mi antiguo Comandante del Churruca.
Pepe Mollá era un hombre tranquilo y decidió que a él no iba a hacerle mella D. Enrique Polanco y, contra el consejo de todos cuantos le conocíamos, pidió voluntario el destino de Segundo Comandante.
Efectivamente, lejos de comerle en la mano, llegó un momento en el que la simple visión del Comandante era suficiente para darle fiebre, hasta el extremo de que tuvo que disfrutar de algún permiso para poder continuar en el desempeño de su destino.
Fue una época muy interesante para mí la de Ceuta, pues allí aprendí mucho. De allí datan mis primeros contactos con las autoridades portuarias en el extranjero, mis experiencias como patrón de remolcador y de buque de salvamento.
En aquellos años estaba cerrado el Canal de Suez, por lo que todos los buques que iban hacia el Índico a través de aquel canal habían de dar la vuelta al continente africano, para lo cual se abastecían de combustible en Ceuta.
Entre ellos había una gran cantidad de enormes trasatlánticos a los que había que atracar y desatracar, misiones para las que fue requerido el buque de mi mando, como remolcador auxiliar.
He de hacer constar que cada maniobra me reportaba un sobresueldo de 50 pesetas y una divertida misión a la que invitaba a mis amigos y amigas.
La función de buque de salvamento la aprendí con ocasión de la varada del carguero español “Santiago López” en Punta Lanchones, en la costa sur del estrecho de Gibraltar.
El Capitán del carguero, después de decirme que yo era el único que no había cobrado nada, me regaló una pluma estilográfica “Sheaffer” que me ha acompañado durante muchísimos años.
Fue muy bonito el lograr reflotarlo y entrar con él en Ceuta.
Aquello ocurría en la tarde del 29 de Septiembre de 1951 y una de mis invitadas era mi hermana Sofía.
De mi hoja de servicios copio lo siguiente:
“El 23 de Julio de 1951 se salió para dirigirse a Málaga por dejar de pertenecer a las Fuerzas Navales del Norte de África y quedando de base en dicha ciudad, llegándose a las 17:10 y atracados por Pp. al muelle Guardiaro”.
En ese viaje de Ceuta a Málaga, viajaban todas las familias de los miembros de la dotación, incluida la mía, entre la cual iba también mi hermana Sofía.
En Málaga tomamos un piso en un barrio residencial compuesto por bloques de novísima construcción, llamadas las casas de Cantó, situadas a la orilla del mar y muy cerca de una playa en la que muchas veces nos bañamos aquel verano.
No he mencionado el hecho de que Vivi estaba nuevamente embarazada y que el parto se calculaba para finales de año. Ya esta vez habíamos previsto todo cuanto podía pasar y empezamos a tomar toda clase de precauciones.
Fuimos al mejor médico hematólogo, a la mejor clínica de maternidad y hablamos con el mejor pediatra.
Esta vez no nos cogerían desprevenidos.
Y empezó a pasar el tiempo y nosotros a disfrutar de Málaga, su maravilloso clima y sus deliciosos espetones de pescaditos, mientras paseábamos por sus calles, jardines y ascensiones al Gibralfaro, desde el que se veía toda la ciudad, como una preciosa maqueta.
La misión mía en Málaga era la vigilancia y protección de la pesca, con uno o dos viajes al mes de abastecimiento a la isla de Alborán, misión a la que tenía mucho respeto porque había que hacerla a remos, desde el barco fondeado en rada abierta y con un pequeño chinchorro, de dos remos. Si el tiempo era realmente bueno, la faena podía despacharse en cuatro o cinco horas, pero a veces había que interrumpirla e irse a Melilla a esperar tiempo favorable. Era la clásica misión que nunca se podía prever su duración.
Y tuvo que ser, precisamente en una de esas misiones, mejor dicho, esperando la llamada de la isla dándonos el tiempo favorable, cuando Vivi se puso de parto.
Era el 29 de Diciembre de 1951 y fue entonces cuando se me planteó el más difícil dilema de mi vida.
¿Debía abandonar a Vivi en el sanatorio y marcharme a Alborán a una misión que no se sabía cuándo iba a finalizar?
¿Podía dejar salir al barco sin su Comandante, en manos de un Oficial que no me inspiraba mucha confianza?
Sumido en esta duda y habiendo ya dejado a Vivi en su habitación de la clínica, me dirigí al barco y empecé a mudarme para ponerme la ropa de mar.
Alborán había dado ya “buen tiempo” y el barco estaba listo para salir a la mar, con todo el personal a bordo.
Yo me metí en mi camarote y, como dije antes, empecé a mudarme. De pronto, lo vi claro. Llamé al Jefe de Máquinas, un Capitán de la Reserva Naval, hombre mayor que yo y muy amigo, al que le dije que acababa de decidir quedarme en tierra y que la misión la desempeñara el SEGUNDO; PERO QUE ME HICIERA EL FAVOR DE MANTENERLO BAJO SU MÁS ESTRICTA Y DISCRETA VIGILANCIA.
Y acto seguido llamé al Segundo y le dije lo que acababa de decidir, a lo que me contestó que me quedara tranquilo, que él se ocuparía de todo. Y gracias a Dios, así ocurrió.
Mientras tanto, en la clínica del Dr. Benavente, en El Limonar, las cosas iban trascurriendo normalmente. Durante la noche del 30 al 31 de Diciembre, Vivi dio a luz otro niño, al que inmediatamente se le practicó el análisis Rh, que dio lo que ya nos habíamos temido, por lo que se le practicó una exanguinotransfusión, con resultado al parecer favorable, por lo que todos estábamos muy contentos. Por la noche nos fuimos a casa, ilusionados y alegres, después de haber visto la llegada del “RR 28” y dar a los amigos del barco la buena noticia.
La mañana del primer día del año 1952 nos devolvió al fondo del abismo de pesadumbre y tristeza del que, por unas horas, habíamos salido. Durante la noche, posiblemente por falta de vigilancia, el niño había muerto.
Era ahora Málaga la encargada de albergar para siempre, otro retoño de nuestra familia.
La calamidad, una vez más, había caído sobre nosotros, pero esta vez, tras dejarnos abatidos e inconsolables, se nos llevó todo el poco capital que teníamos y que decidimos invertir en la aventura de conseguir lo que tantas parejas tratan de evitar: un hijo. Como no todo van a ser calamidades y tristezas, también hay algo grato que reseñar y que copio de mi hoja de servicios.
ENERO 1952. “Por O.M. de 9 de Enero de 1952. (D.O. nº 8) es promovido a su inmediato empleo, con antigüedad de 1º del actual”.
Lo que quiere decir que, con 31 años recién cumplidos, acababa de ascender a Capitán de Corbeta, empleo en el que mandé al Patrullero hasta primeros días de marzo en que regresé a Cartagena, para hacerme cargo del destino de Ayudante Mayor del Cuartel de Instrucción de aquella Zona Marítima.
El Comandante de Marina de Málaga fue el primer sorprendido al enterarse de mi edad, alegando que él también había ascendido muy joven a ese empleo. No pareció gustarle demasiado que un cualquiera como yo igualase una de sus brillantes efemérides.
Es curioso, y por eso lo consigno aquí, que el ascender mientras desempeñaba un mando de mar y permanecer en ese mando por algún tiempo, fue una constante a lo largo de toda mi carrera.
De Capitán de Corbeta a Fragata ascendí en Santa Isabel, mientras mandaba en la corbeta “Descubierta”, y permanecí en ese empleo y destino casi unos seis meses.
Vino luego el ascenso a Capitán de Navío, que me sorprendió al mando del destructor “Lepanto”, permaneciendo varios días en el mismo destino.
Finalmente, el ascenso a Vicealmirante se produjo cuando estaba en el Mando de Escoltas, desempeñando una comisión en Burdeos, a bordo de la corbeta “Diana”, donde icé mi insignia de Vicealmirante que mantuve durante un mes como Jefe del Mando de Escoltas.
Como podrá observarse, la regla se rompe en el ascenso a Contralmirante, ascenso que me sorprendió durante el desempeño de la misión de Agregado de Defensa en Santiago de Chile.
Con esta digresión relacionada con mis ascensos, doy por terminado este capítulo, en el que como puede verse, abundan los malos tragos, tal como había anunciado en el anterior.
Afortunadamente, Dios aprieta, pero no ahoga, y finalmente hemos logrado constituir una familia numerosa de la que tanto Vivi como yo nos hemos sentido orgullosos.
Ahora que ella se ha ido, llamada por Dios a Su Presencia, quedo yo para dar fe de lo fundamentado de ese orgullo.