1946 – 1947 · Las Palmas, Madrid
Capítulo Séptimo
La España de aquellos años
Es cierto que, aunque entonces no lo sabíamos, los años que estamos evocando estuvieron llenos de acontecimientos de extraordinario interés. Basta abrir cualquier anuario de la época para darnos cuenta de ello. Así, por ejemplo, nos hemos enterado de que el 12 de abril de 1946 se había establecido en España el Patronato de Apuestas Mutuas Deportivas Benéficas y, con ello, las populares quinielas, que se estrenaron cinco meses más tarde, el 17 de septiembre, con el primer domingo de Liga. El boleto costaba dos pesetas y solo se pronosticaba sobre siete partidos.
Fue también en abril del mismo año, y en fecha casi coincidente con la acabada de reseñar, cuando don Juan de Borbón, padre del actual Rey, hizo público desde su residencia de Estoril su segundo manifiesto, en el que expresa su absoluta disconformidad con el Proyecto de Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado.
Este manifiesto, unido al publicado en Lausanne el 19 de marzo de 1945, fueron dados a conocer al pueblo español, con algunos retoques según el diario “ABC”, en el número correspondiente al 19 de abril, tres días después de la fecha del último.
“ABC”, a pesar de su fidelidad al General Franco, matizó su indudable afecto hacia la casa de Borbón, aunque dijo en su editorial de aquella fecha:
“La sucesión monárquica no puede estar sometida al laudo de un grupo de españoles, por muy meritorios, por muy conspicuos que estos sean”.
La Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado fue sometida a votación popular el 6 de julio de 1947 y, por un porcentaje favorable cercano a la totalidad de los votantes, España se convierte en una “monarquía católica, social y representativa”.
En realidad, el hecho más importante del año 1947, desde el punto de vista de la posición española en el mundo, es el recelo angloamericano hacia los soviéticos, que ya habían ensayado su poder atómico y constituían una innegable amenaza para la hegemonía anglosajona. Roto el entendimiento que hizo posible la victoria militar en la Segunda Guerra Mundial, la posición estratégica de España aconsejaba un cambio de rumbo en las relaciones entre esta y los vencedores occidentales, aunque naturalmente no se iba a proclamar que Franco tuviese razón en sus predicciones ni se ofreciera una total rectificación, pero los préstamos bancarios a título privado comienzan a llegar y vuelven la gasolina y los neumáticos. El horizonte español se despeja poco a poco de los oscuros nubarrones que lo ensombrecían.
La firmeza y la dignidad habían ganado la partida con la ayuda inestimable, ya citada, de la República Argentina y la involuntaria de la Unión Soviética con su actitud.
Cambiando de tercio, según el léxico taurino, nos vamos hacia la Plaza de Toros de Linares donde, en la tarde del 28 de agosto del tantas veces mencionado año de 1947, se torea un miura llamado “Islero”. Era el quinto de la tarde y le correspondía lidiarlo a Manuel Rodríguez “Manolete”, el cual había anunciado su deseo de retirarse aquel mismo año.
Hoy, el Museo de Cera de Madrid exhibe un grupo escultórico representando los últimos momentos del torero, en la enfermería de la Plaza en la que “Islero” acabó con la vida de una de las mayores figuras del toreo de todos los tiempos.
El miura que mató a “Manolete” también figura en el Museo.
Para terminar con los acontecimientos importantes de aquel año habría que mencionar la tremenda explosión que sacudió a Cádiz el 18 de agosto y que sorprendió a sus habitantes a la hora de la cena, lo que motivó que el número de víctimas fuese mayor al quedar los habitantes sepultados entre los escombros de las casas que se derrumbaron. La explosión se había producido en la zona de San Severiano, en la que se ubicaba un almacén de explosivos.
La explosión fue descrita por “ABC” el día 20:
“Eran exactamente las 21:45 del lunes 18 de agosto de 1947, cuando un halo de luz blanca y baja cruzó el cielo de la noche, seguido de una terrible explosión. Trepidó la atmósfera y la ola vibratoria alcanzó muchos kilómetros del lugar de la ocurrencia. Los primeros momentos fueron de pánico”.
A partir de entonces se hizo popular el dicho de que “las murallitas de Cádiz la libraron de la catástrofe”.
Verdaderamente, el barrio de San Severiano, próximo a Cádiz, resultó prácticamente destruido, mientras que Cádiz sufrió unos daños bastante más moderados aunque, de todos modos, muy importantes.
Por lo que a mí respecta, seguía embarcado en el Minador “Marte” y preparándome para la, cada vez más próxima, boda en Madrid.
Mi compañero de penas y fatigas, Luis de Diego, el que me había acompañado en la regata de San Ginés, también se casaba en Madrid con una encantadora muchacha, Mercedes Morejón, hija de un famoso médico. Como las dos bodas se iban a celebrar casi simultáneamente, nos pusimos de acuerdo para tomar en alquiler, conjuntamente, una casa en la zona de Las Canteras y encontramos una en la calle de Nicolás Estévanez, en magníficas condiciones, amueblada y a un precio asequible, que nos apresuramos a tomar.
Se imponía el ahorro para hacer frente a los gastos de la ceremonia y los subsiguientes del breve pero sabroso viaje de luna de miel, que habíamos proyectado pasar en Navacerrada, en el Hotel Arias, donde habíamos reservado habitación, acorde con nuestras posibilidades, siempre exiguas en lo que a dinero se refería.
Precisamente por aquellos días, noviembre de 1947, mi padre estaba celebrando una exposición de sus pinturas en el Salón Dardo de Madrid, por lo que nos reunimos en la capital, mis padres y yo, en la Pensión Delfina, regida por una excelente persona que se llamaba don Generoso, situada en la madrileña Gran Vía.
Y tras las ceremonias de rigor, tales como las presentaciones y petición de mano, acordamos celebrar la boda el día 24, pues la autorización había sido concedida por O. M. de 15-XI-47 (Diario Oficial del Ministerio de Marina, n.º 258).
Porque, aunque parezca extraño, los oficiales de las Fuerzas Armadas que deseasen contraer matrimonio debían obtener el correspondiente permiso de sus Ministerios, previa aprobación de la novia, a la que se supone deberían investigar los servicios de inteligencia respectivos. Algo increíble hoy día, pero en vigor por las fechas aquellas. La parroquia que correspondía a Vivi era la de los Santos Justo y Pastor, situada en las proximidades de la plaza de Dos de Mayo, y a ella nos dirigimos mis padres y yo, vestidos con mi uniforme de gala y lleno de ilusión y alegría, en la tarde del 24 de noviembre del año 1947. El día más feliz de mi vida.
Poco puedo recordar de aquellos momentos, pues las emociones tan fuertes actúan como anestésicos para la memoria, pero lo que sí se quedó grabado en mis recuerdos fue la visión de un grupo de chavales mirándome fijamente y diciéndose unos a otros: “Es un almirante”.
La iglesia, eso sí que puedo recordarlo porque tengo las fotos del acto, estaba preciosa, toda adornada con grandes ramos de blancos claveles, muy a tono con la bellísima novia.
Los padrinos fueron, naturalmente, mi padre y mi suegra, radiante de satisfacción al casar a la segunda de sus tres hijas.
Los testigos por parte del novio fueron “cazados” a lazo la misma mañana del acontecimiento en el Ministerio de Marina. Sus nombres también puedo recordarlos gracias a las fotos, y eran dos capitanes de Infantería de Marina y mi compañero del “Marte”, Luis de Diego, tal que una semana después iba yo a servir de la misma forma en su boda con Mercedes Morejón.
Terminada la ceremonia religiosa se sirvió una copa de champán en la sacristía y de allí regresamos a casa, donde nos quitamos los trapitos de matrimoniar y nos trasformamos en dos vulgares mortales que se van a pasar unos días de asueto en el Hotel Arias de Navacerrada, a la sazón sin más huéspedes que nosotros dos y dos amigos que creo recordar tenían sus negocios en Tánger y manejaban, al parecer, bastante dinero, lo que les convirtió, rápidamente, en entrañables amigos pues, habiéndoles caído muy bien, nos invitaban al aperitivo. No he mencionado aún el, para mí, trascendental hecho de que mis ahorros para aquella ocasión —boda y viaje de luna de miel incluida— se reducían a ¡trece mil pesetas! Difícil de creer, pero tan cierto como los Evangelios.
Por cierto que una de las primeras noches que pasamos en el Hotel nos ocurrió una cosa muy divertida, en la que tomó parte, juntamente con los dos huéspedes mencionados, el propietario del establecimiento, Pepe Arias, simpático chaval con un nombre que ya sonaba en el mundo del deporte de la nieve.
Nosotros habíamos dicho que no éramos recién casados, sino que ya llevábamos varios meses de matrimonio y que estábamos de vacaciones, etc., etc., lo que posiblemente era difícil de creer al ver nuestra juventud y el aspecto de novatos que indudablemente debíamos de presentar, pero así lo hicimos constar con la mayor seriedad y firmeza.
Pues bien, aquella noche a la que me he referido anteriormente, después de habernos retirado a nuestro cuarto, y estando ya en la cama, oímos un ruido como de un papel deslizándose por el suelo con gran fuerza, ruido al que no prestamos más atención.
A la mañana siguiente, cuando nos levantamos, encontramos en medio de la habitación una cartulina de las que emplea el hotel para sus menús, con una fotografía nuestra, de boda, recortada de un diario y con una leyenda escrita a mano que decía: “Nada hay oculto bajo el Sol”, y firmaban los tres autores de la broma. Excuso decir la vergüenza que pasamos cuando nos volvimos a reunir.
El citado documento, en unión de otro, a modo de pergamino, en el que se certifica por un autor desconocido el matrimonio contraído por los reseñados, está aún guardado en algún lugar de mi confuso archivo.
Los días en la nieve trascurrieron como debieran ser todos los restantes de la vida en común: tranquilos y felices, de cuyas circunstancias dan fe las numerosas fotografías que se conservan en el álbum que Vivi hizo con sus propias manos, de tapas bordadas con aquel primor y aquella gracia que caracterizaba toda labor que llevara su firma.
Como queda dicho, el día 8 de diciembre se casaban en Madrid las dos hermanas Morejón, en una doble ceremonia a la que asistí en calidad de testigo, y solo unos días después tuvimos que emprender viaje a Las Palmas, pues el Comandante me había puesto un telegrama requiriendo mi presencia ante la inminencia de un ejercicio de Tiro, viaje que efectuamos tomando un barco que salía de Sevilla, donde pasamos un par de días con mis primas Lolina y Rosarito Gómez Carló.
De aquella estancia en Sevilla hay una colección de fotos en la Plaza de España en las que se ven a Vivi y Rosarito con una enorme cantidad de palomas, circunstancia que hoy no acierto a explicarme dada la enorme aversión que Vivi sentía por toda clase de pájaros, a los que era incapaz de tomar en sus manos.
En el viaje de regreso a Las Palmas, a bordo del “Ciudad de Alicante”, venían también mis padres y solo puedo recordar que la toma de contacto con un buque grande y la mar resultó ligeramente humillante para el amor propio de mi flamante esposa.
Una leyenda en una foto, tomada ya a la vista del puerto de La Luz, escrita de su puño y letra, dice textualmente:
¡Qué mareo! ¡Ofú!
Nuestra toma de contacto con la vida en Las Palmas fue seguida de una tan agradable como corta estancia en nuestra nueva casa, la primera de una larga serie de más de treinta que hubimos de vivir a lo largo de nuestros cuarenta y tres años de feliz vida en común. La casa estaba totalmente amueblada, por lo que lo único que nos pertenecía de su contenido era, aparte de nuestras ropas personales, un receptor de radio que nos había montado mi cuñado Pichi y que nos acompañó durante casi todas nuestras peregrinaciones.
El segundo mueble contabilizado entre nuestras propiedades, si puede llamarse así a algo “sustraído”, fue una silla plegable, de las que se usan en los bares y terrazas, que un compañero del “Marte” afanó cierta noche del bar “Guanche”, popular establecimiento del parque de Santa Catalina.
El ejercicio de tiro al que me referí anteriormente y que determinó nuestro regreso a Las Palmas tuvo lugar el 12 de diciembre en la zona de Maspalomas y fue la última actividad del año, por lo que ya, hasta el 14 de enero, no tuvimos otra causa de separación que las inevitables guardias de puerto, por lo que disfrutamos intensamente de las fiestas de Navidad y Año Nuevo con los otros matrimonios del barco, todos ellos tan recientes como el de los de Diego y nosotros, además de los de mi familia.
Recuerdo, porque lo he visto en el álbum de fotos, que aquel mes de enero, y precisamente antes del día 14, fecha en que salimos para Cádiz y El Ferrol del Caudillo, se casó mi hermano Laureano con Lolita Medina y fueron a pasar la luna de miel a Tafira, a una casa de las que, dieciséis años después, tomaríamos nosotros para disfrutar el reglamentario permiso de seis meses correspondiente a la campaña de Guinea.
Como el motivo del viaje a Ferrol era efectuar obras normales de un periodo previsto de tres meses, Mercedes y Vivi regresaron a Madrid por vía aérea, lo cual no era tan corriente en la época en la que vivíamos, para reunirse con nosotros en Ferrol, a cuyo fin habíamos apalabrado dos habitaciones en una pensión de la calle Real, muy limpia y bien situada, en la que continuamos, por unas pocas semanas, nuestra vida de matrimonio.
No recuerdo cuánto tiempo pasamos allí, pero sí puedo constatar que tras esas pocas semanas ferrolanas ya no volví a ver a Vivi hasta que, tras variadas peripecias que relataré brevemente, entramos en Cádiz el día 19 de julio, encontrándome con una persona totalmente distinta a la que había dejado en Ferrol, pues se había quedado en estado y ya se le notaba este.
Y no era para menos, puesto que nuestra hija nacería en septiembre, casi exactamente, dos meses después.
Las peripecias a las que aludí más arriba fueron unos ejercicios de tiro que realizamos en Marín y la escolta, accidentadísima por cierto, de dos remolcadores de puerto que hubo que escoltar desde Ferrol a Cádiz, tras hacer escala en Marín, Vigo, Cascais y Lisboa, donde entramos con los dos remolcadores a remolque.
Tras las correspondientes reparaciones en los pequeños remolcadores, el día 17 de julio reanudamos el viaje a Cádiz, después de una estancia de cuatro días en la capital lusitana, oportunidad que aproveché para adquirir una vajilla de porcelana de Sacavém que nos ha acompañado por todas partes y que sus restos subsisten repartidos entre nuestros cuatro hijos y mi propia casa.
Ya he comentado que a nuestra llegada a Cádiz me encontré con Vivi, que estaba esperándome en el Hotel de Francia, con su madre y un vientre de siete meses, circunstancia que movió a compasión al Comandante del “Marte”, don Tanano Sánchez Barcáiztegui, el cual me llamó a su camarote y me dijo:
—Mira, Tomás, yo tengo que llevar a Las Palmas a la viuda del Almirante Moreno. A mí lo mismo me da llevar también a tu mujer, si a vosotros no os importa. Háblalo con tu mujer y, si ella quiere, el día 20 salimos para Las Palmas.
Dicho y hecho. Ni corto ni perezoso, tomé la resolución de viajar con mi mujer, a cuyo fin se habilitó una camareta de guardiamarinas que había en el “Spardeck”, y allí alojamos los dos días que duró la travesía hasta el Puerto de La Luz. Nunca se lo podré agradecer suficientemente al Comandante. Gracias a su gesto pudimos estar juntos unos días más, conviviendo en el “palomar”, que tal era el nombre por el que se conocía a la anteriormente citada camareta.
Dado el avanzado estado de Vivi, no había ni que pensar en que se fuese ella sola a vivir a la casa de la calle Nicolás Estévanez, por lo que se decidió que viviría en la casa de mis padres hasta que diese a luz y yo llegara de mi viaje con la Milicia Naval Universitaria, viaje que había comenzado el 1 de agosto y que se iba a alargar extraordinariamente al coincidir aquel mes de septiembre con el séptimo centenario de la Marina de Castilla, para cuyos festejos estaban invitados todos los países iberoamericanos, amén de las naciones amigas que aún mantenían relaciones con España, léase Portugal. Pero no adelantemos los acontecimientos.
Lo primero fue el viaje de la M.N.U. que, como queda dicho, se inició en Cádiz el día 1 de agosto, visitando los puertos de Málaga, Tenerife, Villa Cisneros, Bilbao, puerto al que llegamos el día 18 de agosto, fecha en que se inician los actos de la celebración del VII Centenario de la Fundación de la Marina de Castilla, lo que nos lleva a los puertos de Santander, Laredo y Castro Urdiales.
Un especial relieve tuvo la estancia en Avilés, donde se embarcó la reliquia del Rey San Fernando, reliquia que fue paseada en triunfal procesión por el Almirante Comandante General de la Flota y un enorme séquito que rodeaba y custodiaba el cojín de terciopelo rojo en el que descansaba el dedo incorrupto del Santo.
Nuestro periplo continuó por los puertos de El Ferrol, Marín y Cádiz, donde ocurrió otro acto, por parte de nuestro Comandante, que permanecerá en mi memoria mientras viva.
Ya para entonces, estábamos a 9 de septiembre, el parto de Vivi estaba a punto de producirse. Sin que yo lo insinuase, el Comandante me dio permiso para ir a Las Palmas, aprovechando que había un buque de la Trasmediterránea que salía aquel mismo día. No me hice repetir la “orden” y tres días más tarde estaba atracando al muelle de Las Palmas, donde me estaban esperando mis padres y quizás alguno de mis hermanos. La que, desde luego, no estaba era Vivi, por la que me apresuré a preguntar, contestándome Papá que estaba en casa, resguardada por estar algo resfriada.
Yo no recelé nada y me tragué la justificación de la ausencia, considerándolo natural, dada la inminencia del parto.
De esta suerte llegamos a casa y subí al dormitorio donde estaba Vivi, en cama y bastante pálida, pero con muy buen semblante. Allí, cerca de la cama donde ella estaba, había una cuna de mimbre, con un mosquitero de tul y unos volantes primorosos, a la que no presté ningún interés, de momento, al estar totalmente preocupado por Vivi. Sin embargo, todos los presentes trataban de atraer mi atención hacia la cunita, sin mucho éxito, la verdad sea dicha, pues yo no tenía ojos más que para mi mujer, en aquellos primeros momentos de nuestro reencuentro, tras los accidentados meses iniciales de nuestro matrimonio. Pero al fin la insistencia obtuvo el apetecido resultado y me digné fijar mi atención en la cunita.
Allí, envuelta y arropada por preciosas sábanas y cubrecamas que Vivi había preparado personalmente, estaba, como una maravillosa muñeca recién desempaquetada, con unos vivos y chispeantes ojos fijos en mí, nuestra querida Nena.
La emoción que entonces sentí no puede describirse. Yo no me podía esperar aquel cuadro: la madre, a la que casi no conocía, y la criatura, recién nacida, a la que yo esperaba unos días más tarde.
Inenarrable.
La verdad es que no todo fue tan sencillo. Según me contó Mamá, el parto fue largo y doloroso, aunque sin complicaciones fuera de las naturales en una primípara. Lo peor vino después, cuando una gran hemorragia sobrevino a las veinticuatro horas. Afortunadamente, mi madre se dio cuenta de una anormal palidez y un extraño sopor en Vivi, por lo que levantó la sábana que la cubría y observó la gran hemorragia que se estaba produciendo. Inmediatamente llamaron a mi primo Fermín Martínez, el médico que la había asistido en el parto y que procedió a cortar la pérdida de sangre cuando aún no era en cantidades peligrosas.
En resumen, gracias a Dios, todo terminó como en los cuentos de hadas, menos en lo que a mí se refiere, porque tuve que regresar a Sevilla a los pocos días por causas que no merecen ser recordadas y que tienen mucho que ver con amistades y derechos mal entendidos. Por fin, y tras varias peripecias ocasionadas por la celebración de los actos relativos al VII Centenario de la Marina de Castilla, regresamos a Las Palmas, donde atracamos a mediados de octubre, casi un año después de mi boda.
Antes de cerrar este capítulo en el que se narran tan maravillosas aventuras, quiero dejar constancia de la impresión que me produjo el espíritu y la esplendidez con que se celebró la aludida efeméride, esplendidez tanto más notable cuando estábamos viviendo una época de una tremenda carencia que se hacía patente hasta en los más elementales productos de supervivencia.
Ya he dejado constancia de que todas y cada una de las naciones hispanoamericanas habían enviado un buque para colaborar a la celebración del Centenario y el “Marte” era el buque anfitrión de la corbeta peruana que, como ocurría con casi todos los presentes, eran procedentes de la ayuda norteamericana y, consecuentemente, se parecían uno a otro como dos gotas de agua.
Cuando nuestro Comandante me comisionó para ponerme en contacto con el del buque peruano, yo, ni corto ni perezoso, me encaminé al que me pareció que debía ser el peruano, me planté a bordo del mismo y pedí ser conducido a presencia del Comandante, que en aquellos momentos estaba celebrando un agasajo a alguien en la toldilla.
Aquello me salvó porque, al no poder dirigirme inmediatamente a él, pude darme cuenta de que me encontraba a bordo de la corbeta dominicana, que nada tenía que ver con mi misión y menos aún con el “Marte” y su dotación. Así es que salí del paso como pude, diciendo algo así como que había venido en nombre propio a desearles una feliz estancia en España, me tomé un “pisco” con el Comandante y, más digno que nunca, salí por el portalón en demanda de la corbeta peruana, a la que llegué sin novedad. Nunca he estado más a punto de cometer una pifia de las que hacen época.